lunes, 14 de noviembre de 2016

La bajeza de ofrecer disculpas.

No creo en quien ofrece disculpas. Esas personas que cometen un agravio, acto seguido se disculpan y no corrigen esa conducta nociva por la cual se disculpan, tan solo esperan que el agraviado acepte sus argumentos para que éste dé el asunto por concluido (es decir, que asuma que no se volverá a repetir) y deje así la puerta abierta para ejercer posteriores agravios de los cuales se disculpará cómoda y "honestamente". Justificarse ("no lo hago a propósito", "intento cambiar") es mera estrategia para asegurarse una cercanía a quienes pueda dañar.

Yo no tolero esa conducta rastrera. La única acción efectiva es limitar el contacto con este tipo de gente en medida de lo posible y no darle pié a su miserable proceder. Esa gente pide, muy convenientemente, que le "comprendamos (a veces incluso recurriendo a las lágrimas)" tan solo para continuar su ciclo de mezquindad disimulada. Promete esforzarse en cambiar pero es mentira: el hecho es que no piensa cambiar jamás. ¿Por qué trataría de abolir la conducta que le proporciona la mayor satisfacción de su vida?

De esos seres no puede esperarse nada constructivo. La vida es muy corta y valiosa como para acumular insultos de quien obtiene placer en proferirlos.


domingo, 7 de agosto de 2016

Creepy-pasta.

Ayer me 'sucedió' algo curioso en una red social. Recibí la notificación de un 'like' en una publicación que compartí de otra página. Al revisarla el 'like' ya no estaba. Pero luego revisé la publicación original y el autor del 'like' la comentó: escribió mi nombre.

Quién iba a imaginarse que sería aquella que en su momento casi le rendí culto. Pero esos indicios, lejos de entusiasmarme, más bien me dieron impresión de 'creepy-pasta' raro. Me refiero a que si se pretende originar una posible reanudación de contacto, es preciso ser directo y claro, y no servirse de artilugios ambiguos, dizque misteriosos, que podrían interpretarse mal.

El punto es que, a cuatro años de distancia, esa persona no me interesa para nada.

sábado, 16 de julio de 2016

La dicha según Joseph Campbell.

Leía sin mucho interés un artículo de Joseph Campbell, "Cómo encontrar su dicha. Lo que se necesita para tener una vida plena. Tiene que aprender a reconocer su propia profundidad". Ya tengo poca resistencia a cualquier texto con tufo a superación personal, el peor y más deshonesto género literario. Pero por la reverencia general que goza el autor ahondé vacilante el artículo con el ingenuo propósito de hallar en él una síntesis de su 'filosofía' sin necesidad de leer un libro suyo.

Dice que basta hallar un propósito dichoso y en consecuencia, la vida que deseamos, despuntará. Este es el clásico disparate new age que afirma que basta un acto volitivo para ver cómo germinan nuestros anhelos hasta su cumplimiento. Luego sugiere (esto me agradó) que para descubrir nuestro propósito nos es preciso un 'espacio sagrado', un rincón de soledad meditabunda, "...un lugar para simplemente experimentar y revelar lo que es y podría llegar a ser. Este es un lugar de incubación creativa. Al principio es posible que nada surja. Pero si usted se mantiene en ese lugar sagrado y lo utiliza, eventualmente algo ocurrirá..."

Me constan y son familiares esos estados de lucidez y creatividad que sólo se manifiestan en plena soledad. Pero no pasan de ser brechas lumínicas sin repercusión alguna en el mundo real. La filosofía de Campbell es propia de alguien que ha descollado sin grandes dificultades, que no se le ha nulificado hasta abrazar el determinismo. Es tan confiado que se atreve a extrapolar su feliz e irreal visión del mundo a un plano universal.

Visión que no toma en cuenta a los impedidos, los marginados, aquellos ya incapaces siquiera de contemplar un propósito, a quienes ya su mero planteamiento resulta lastimoso. Que tanto se han internado al páramo con poca posibilidad de volver. Que sienten estar de más en el mundo. Las palabras de Campbell resuenan lejanas e incomprensibles, casi extraterrestres. Su prédica resulta ofensiva y chocante para el que deambula exiliado...

Señor Campbell, no tengo la menor idea de qué esta usted hablando.

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