Es difícil aceptar que algo puede realizarse cuando lo hemos rumiado tanto. Porque lo hemos colocado más en el plano mental que el material, precisamente de tanto meditar en cuándo y cómo iba a concretarse.
En poco recupero mi casa, pero no estoy satisfecho ni eufórico. De hecho ya no viviré ahí. Tengo que arreglarlo para arrendarlo después. Y el ingreso no será para mi sino para saldar deudas. Ni siquiera tengo cuenta de banco.
Extrañaré mi soledad, mi gatita, no así el entorno. Desde mi adolescencia odié ese lugar, la interacción con los vecinos. Pánico y agorafobia cada día que tenía que salir. Días y semanas que ni siquiera me atreví a abrir la puerta.
El departamento, un lugar sucio, arruinado sistemáticamente por mi padre y hermano, par de negligentes. Imposible hacerse de bienes materiales y mejorar el lugar, lidiando con dos personas que boicoteaban cada atisbo de progreso.
No reniego del todo de mi vida en ese lugar. Pero, por lo menos los últimos trece años ahí fueron duros. Ahora entiendo que no fueron cualquier cosa. Y si a eso añadimos el pánico, la ansiedad y el permanente "modo supervivencia" a que estaba sometido, quizá lo mejor que me ha pasado es ser forzado a abandonar ese sitio.