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jueves, 19 de abril de 2012

Situaciones límite.

[Bajo la etiqueta "Archivo del Foro" rescato algunos textos y respuestas del foro en que participé ocasionalmente por un año y medio.]

Encierro total.

17 de Enero de 2011.


Estuve como tú. Tampoco salía de casa, no hablaba con nadie por días y pasaba mucha angustia ante la idea de salir, o incluso al recibir alguna visita, que se mostraba sorprendida de mi estado desaliñado, lo que me hacía sentir más hundido. Lo que hice fue obligarme a salir. Primero a darle vuelta a la cuadra, resistiendo esa angustia y examinándola al mismo tiempo. Al regresar a casa me daba cuenta de que el temor a salir o ser visto no residía en el hecho en sí, sino en mi propia inseguridad. Pero al día siguiente el temor se había re-implantado en mi mente, y de nuevo me obligaba a salir, recordando la noción a la que había llegado el día anterior. Así fui ganando terreno.

Todavía siento algo de temor a salir, pero éste ya no me frena ni me gobierna. No lo he vencido del todo, pero ya no me siento petrificado al salir o convivir con otras personas. Te recomiendo ese "ejercicio", lo importante es que antes de salir te relajes (así, como Spiderman). No te tenses ni adoptes una actitud defensiva, porque eso incrementa la angustia. Piensa que las personas que te llegues a encontrar no son mejores que tú, son sólo simples mortales.

Sé que se leerá obvio, también te sugiero acudir con un profesional. Y no hagas caso de lo que tu familia dice. Que tu objetivo sea salir adelante. Lo importante es que quieres cambiar tu situación. Así que la voluntad la tienes. Sólo te falta esa pequeña ayuda la cual, la mayoría de las veces no llega sola. Tienes que buscarla. Y también tienes este foro.

Primeras experiencias laborales.

16 de Enero, 2012.


Las primeras experiencias laborales no fueron muy gratas. Para empezar, mi búsqueda de empleo fue bastante penosa. El temor me obstaculizaba siempre. Me ponía nervioso de sólo pensar en tocar una puerta o entrar a un local y solicitar empleo. Simplemente no lo soportaba. Muchas veces el miedo a hablar con otras personas era tal, que pasaba de largo frente a los locales donde solicitaban gente. Así perdí varias oportunidades. También, era constantemente rechazado por no llevar algún documento (CURP, una carta de recomendación, etc).

Por cierto, en todo ese periodo jamás conté con ningún apoyo, ni moral ni económico. Llegó el momento en que, ya con poco dinero, debía meditar cada gasto y muchas veces debí recorrer largas distancias a pié a fin de ahorrar en pasajes y hacer rendir el dinero al máximo. También me quedé días sin comer. Es horrible irse a la cama con el estómago vacío, la angustia de la situación en general y el temor de enfrentarla al día siguiente.

Una vez encontré empleo lavando autos. Me contrataron sin necesidad de documentos. Estaba desesperado y lavé autos por una semana. Desistí debido que era extenuante y al temor de que algún vecino me reconociera, ya que el local quedaba relativamente cerca de mi casa.

Sí, era un sufrimiento absurdo (bien pude pedir ayuda), pero entonces mi fobia social se encontraba en su grado más intenso, lo que me impidió hacer cosas que de ordinario haría.

Poco después conseguí un modesto empleo en una pizzería como ayudante general. No me satisfizo (ahí sufrí un poco de bullying) pero al menos ya tenía una fuente de ingresos que me permitiría remontar un poco. Fue mi primer empleo formal por decirlo así, y tampoco duré mucho (tres meses). De hecho durante ese tiempo era bastante inestable y brincaba de un empleo a otro, con largos periodos de inactividad. Pero eso de algún modo me ayudó a ganar confianza.

Todo esto fue hace 10 años ya.

Actualmente mi vida laboral es... aceptable, por no decir mediocre. No gano tanto como quisiera, pero alcanza para pagar las cuentas y el sustento básico. Me he acostumbrado a los percances propios de cualquier entorno laboral: los conflictos, las habladurías, los abusos, pagos retrasados o incompletos, la posibilidad de un recorte de personal, etc. De cualquier modo, me encuentro mejor que antes. Esa época me desgastó demasiado y en realidad no aspiro a mucho.

¿Te sientes y estás solo día a día?

18 de Febrero de 2012.


Me siento aislado a pesar que de mi estructura de vida me obliga a convivir con otros. Pero es una convivencia superficial que no va más allá. De algún modo es como estar solo, pues jamás se comparte alguna inquietud personal. Es como introducirse a una obra de teatro cuya historia es prácticamente inalterable y en la cual no se puede incidir mucho. No es que la vida sea así. Lo es sólo para quien vive sometido por su apocamiento.

La mayor parte del tiempo estoy físicamente solo. Aunque tengo parientes jamás les hablo y ellos tampoco a mi. No voy a visitarlos, así como ellos tampoco vienen a visitarme. Amigos, pareja... ni pensarlo. Mi círculo social es limitado, por no decir inexistente. Mi compañía constante es un gato. Llevo una vida tranquila, sin emociones fuertes, pero solitaria.

Uno nunca se acostumbra totalmente. Siempre habrá la necesidad de un oído amigo que nos conceda un poco de comprensión o empatía y no juzgue. Yo sobrellevo esas carencias emocionales y períodos difíciles con un diario, meditación, lectura y ejercicio, básicamente. Antes la soledad me oprimía, la consideraba injusta. Ahora he aprendido a lidiar con ella.

¿Cuánto se puede soportar? No lo sé. Mi período de aislamiento más extenso (no salir a la calle, no hablar con casi nadie) duró poco más de un año. Experimenté una especie de "parálisis emocional" en la que no sentía nada, no me importaba nada. Las personas me parecían entes fantasmales, intangibles. Perdí contacto con la realidad y fue la necesidad económica lo que me obligó a reintegrarme a ella. Fue muy difícil porque ya no me sentía parte de este mundo. No sé qué habría pasado de seguir así. Quizá habría perdido la razón o me habría muerto de hambre.

jueves, 26 de enero de 2012

Opuestos.


Dicen que los opuestos son gemelos pero, definitivamente no creo que sea así. Mi principal opuesto siempre ha sido mi padre. Creo que soy su antítesis. Cuando yo lo conocí, él y mi madre ya estaban separados. Los motivos de su separación me los contó ella tiempo después, y no podría reseñarlos todos aquí; sólo diré que el convivir con la familia de mi padre fue para ella una auténtica pesadilla.

Nosotros vivíamos en casa de mi abuela y él iba a visitarnos regularmente. Quienes me cuidaron en ese entonces fueron mis tíos, mi abuela y mi madre, así que él era para mí un extraño. Después, mis padres decidieron vivir juntos de nuevo, ignoro por qué razón. Por entonces mi madre aún lo quería, y supongo que él supo aprovechar eso para engatusarla. Mi padre siempre se ha distinguido por su extraordinaria labia. Y reitero, extraordinaria. Es una habilidad que ha ejercitado deliberadamente y le ha rendido buenos frutos. Le ha valido respeto y admiración. La mayoría dicen de él que es muy culto, inteligente y acertado en sus conceptos. Mucha gente se acerca a él para pedirle algún consejo, y él sabe aprovechar eso para mantenerlos emocionalmente enganchados, fomentando su buena imagen.

El punto es que yo comencé a convivir con él desde los cinco o seis años, cuando nos mudamos para vivir «en familia». Él, mi madre, mi hermano y yo.

Desde niño lo recuerdo como un tipo arrogante. Tenía un complejo de superioridad exagerado. Para él prácticamente todos a su alrededor eran estúpidos, incultos e ignorantes. Era incluso racista. Tachaba a los demás de «nacos» o «indios», algo muy contradictorio siendo él mismo de piel morena. Por cierto, estas actitudes siempre las tuvo en casa. Que yo sepa, jamás tuvo el valor de expresar su desprecio directamente a aquellos a quienes se refería; por el contrario, con ellos en persona era muy «propio», amable y cortés. Un maestro de la hipocresía.

Su trato a nosotros era déspota también, aunque jamás nos faltó nada. Pero sus intentos por educarnos eran esquizofrénicos. Cada consejo suyo conllevaba algún comentario negativo hacia algo o alguien, a la vez que nos instaba a hacernos valer como si fuésemos superiores al resto. Siempre trató de inculcarnos algo así. En cambio, cuando cometíamos algún error, o no actuábamos como él quería, se tornaba en extremo despectivo y hacía lo posible por rebajarnos con largos sermones en los que se deleitaba señalando nuestras fallas. Su intención era vencernos psicológicamente a modo de controlarnos como si fuéramos robots.

Si mi madre intervenía, la bombardeaba con argumentos sobre la «ética» y «el buen comportamiento» que ella no era capaz de refutar, no por su certeza sino por la habilidad con que los exponía (bien ensayados los tenía el tipo). Claro, intercalaba disimuladas ofensas en su discurso: de pendeja no la bajaba. «Pinche Rosa pendeja, tú no educas bien a estos cabrones», le decía. Por supuesto, él no cometía errores y jamás se equivocaba. Al día siguiente nos llevaba de paseo a visitar a la familia o a algún restaurante, y si en apariencia eramos una familia sana o normal, en el fondo vivíamos bajo cierto «terrorismo psicológico», constante y sostenido de su parte, imperceptible para el resto.

De niños, había contra nosotros otro tipo de abuso, y ésta es la primera vez que lo menciono. Él solía tocarnos, a mi hermano y a mí, ocasionalmente, de modo inapropiado, pasando su mano por debajo de nuestra espalda, cuando entrábamos a la cocina y debíamos pasar por el sillón en que se sentaba. Recuerdo la molestia que esto me causaba, pero con nueve años era incapaz de discernir si era abuso o no. Mucho menos se me habría ocurrido denunciarlo. Mi madre observó varias ocasiones esta conducta suya, y aunque la desaprobaba, él reía y se justificaba con algún argumento barato, «Oh pendeja, ¿qué tiene? Son mis hijos...».

No voy a relatar aquí todo el drama familiar; esto es un comentario tangencial solamente. Pero a medida que íbamos creciendo, se fue marcando una división en el círculo familiar. Yo siempre fui muy, muy apegado a mi madre. Incluso, ya con diez u once años, me entristecía el no estar cerca de ella. En cambio, entre mi padre y hermano siempre hubo preferencia mutua. Ya entrados en la adolescencia mi padre comenzó a perder autoridad, así que su estrategia fue variar los abusos, que no disminuirlos. Ya no los dirigía directamente a nosotros; ahora éramos objeto de sus indirectas. Ya no se atrevía a golpearnos; pero sí dañaba nuestras posesiones materiales.

Debo decir algo. Fueron sólo contadas ocasiones en que nos golpeó. Yo recuerdo tres o cuatro. A mi madre la golpeó un par de veces; son las veces lo presencié. Pero más que desquitarse físicamente con nosotros, lo hacía con los objetos de la casa. Una vez que mis padres discutían, él se levantó, tomó una silla y comenzó a azotarla contra la televisión. En otra ocasión, en que mi madre señaló una mentira suya, tomo objetos de su tocador y comenzó a aventarlos a las paredes del cuarto. Su último desplante de violencia fue por mi causa, hace siete años. Entró a la cocina y comenzó a romper los platos, azotándolos contra el suelo. Yo me encontraba presente, pero no me dijo absolutamente nada. Y esto me obliga a reseñar cómo perdió todo valor y autoridad.

Su autoridad fue, no sólo cuestionada sino derrumbada definitivamente cuando mi madre se encontraba enferma por el cáncer. Cuidada por mis tíos (con quienes tengo una deuda infinita), comenzó a sentirse mejor y decidió visitar la casa. La tensión entre mi padre y ella era evidente, ya que él nunca fue a visitarla esos días. Pues comenzaron a discutir en la sala. Déspota y altanero como siempre, se levantó y comenzó a esgrimir uno de sus clásicos discursos. Jamás he sido una persona violenta. Pero el ver a este imbécil balbucear, en voz alta, justificaciones a mi madre, indefensa y ya debilitada físicamente por la enfermedad, hizo que me hirviera la sangre. Sólo recuerdo que salí de mi cuarto, me paré enfrente de él y le dije, «¿¡Quieres que te rompa tu pinche madre, cabrón!?». Se sentó y comenzó a decir cosas que no entendí, pero ya en voz baja. Esperaba que respondiera pero no lo hizo; se encontraba bastante contrariado. Mi madre intervino y me dijo que me calmara... no sé cómo me contuve pero, por ella no fue él a parar al hospital. Siguieron discutiendo pero esta vez yo estaba presente, cuidando que él no volviera a subir su tono.

Claro que no dejó de ser soberbio, pero ahora ya sabía que «las reglas del juego» habían cambiado. De ahora en adelante, encontraría oposición y resistencia que él no era capaz de contrarrestar directamente.

Unos meses después, en Enero de 1999, ella sufrió una recaída de la cual ya no se recuperó. Y aquí entra en juego la marcada división familiar que mencioné antes. Aunque la muerte de mi madre nos obligó a una «tregua», no significa que la enemistad se haya desvanecido mágicamente, mucho menos que la tragedia disolviera nuestras diferencias. Es ingenuo pensar que las cosas se olvidan y ya. Yo no puedo cegarme y hacer como si nada haya pasado. Es una idiotez pensar que estrechar la mano de tu enemigo hace que éste suspenda sus hostilidades. También considero una estupidez eso del «perdón», porque implica una actitud pasiva, propia de alguien que se tiene en tan poco, que permite ser abusado y aprobar esos abusos.

Bien, pues nuestras diferencias comenzaron a emerger nuevamente, con un elemento distinto: el incondicional apoyo de mi hermano hacia él. Mi hermano comenzó a adoptar sus métodos y actuar en «mancuerna» para hacer mi estancia en la casa un tanto «incómoda» y propiciar mi salida de ella, lo cual no sucedió. Mi padre fue muy hábil y paciente trabajando esa predisposición que mi hermano ya tenía para conmigo. Y me molesta que lo haya colocado en tan desfavorable posición. Lo que mi padre buscaba era una confrontación física entre nosotros, alimentando su odio hacia mi, lo cual tampoco se dió. Pero sé que él hubiera disfrutado ver a mi hermano agarrarme a golpes. Sin embargo, sí le causó mucho daño a mi hermano, quien finalmente dejó de ser él mismo; su personalidad se diluyó en la de mi padre, formando ambos una extraña relación co-dependiente.

Pero yo no tenía empacho en señalarle a mi hermano las intenciones de mi padre, y muchas veces me pareció que, a pesar de que la influencia de aquél era casi total, llegó a tomar en cuenta mis observaciones. Le dije cosas muy duras y lamento que mi padre, cobardemente, lo haya usado como arma y escudo. Pero debo decir que todo lo que ambos montaron en mi contra, fracasó. Sí, experimenté mucho coraje, mucha impotencia, pero más que descender a su nivel realizando actos similares a los suyos (que sí llegué a hacerlo) aproveché esos incidentes para conocerme y fortalecerme internamente. Ya sabía yo que al llegar a casa, encontraría ora basura en mi cuarto, ora algún objeto roto, ora mi gatito con la boca sangrando, ora la llave de gas cerrada, ora un diálogo entre ellos plagado de indirectas.

Recuerdo una de nuestras últimas charlas. Mi hermano me lanzó una indirecta, refiriéndose a «los idiotas que se la pasan leyendo». Le dije que claramente no era consciente de lo que habíamos perdido. Nuestra educación trunca nos negó una cantidad invaluable de conocimiento, y yo lo único que hacía era tratar de compensar esa tara educacional. También le dije que jamás ha ocurrido que alguien se vuelva idiota por leer regularmente, y que en cambio, el alcohol, el sedentarismo y las emociones negativas sí que deterioran a la gente.

Quería y quiero mucho a mi hermano. Pero debido a las manipulaciones de mi padre, tengo sentimientos ambiguos hacia él.

Mi hermano padecía obesidad mórbida y falleció de un repentino infarto, a sus 30 años, en Enero del 2008. Entonces mi padre se quedó sin su principal herramienta, y desarmado, suspendió definitivamente toda hostilidad hacia mi. Incluso se ha tornado «amistoso». Hace dos años me invitó a comer a un Vips. Creo que, más que intentar compensar sus acciones movido por la culpa, lo hace para protegerse. Quizá teme que yo tome ventaja. Lo haría si quisiera, pero no viene al caso importunar a alguien que no ha sabido proceder en la vida de forma honorable. Sin embargo, si mi hermano aún estuviera vivo, seguirían practicando la misma vieja dinámica. Debe ser frustrante para él no poder hacerlo, y tener qué fingir benevolencia. Pero estoy seguro que jamás se arrepentirá de lo que hizo. En su mundo, él siempre ha hecho lo correcto. Somos nosotros, los pendejos y jodidos, quienes nada sabemos de ética, responsabilidad, integridad, reciprocidad, etcétera.

Pero debo nivelar la balanza. No todo fue estrictamente malo. Como familia tuvimos muchísimos buenos momentos. Con respecto a lo material, no puedo quejarme. Fui el clásico niño consentido, y tuve cada juguete codiciado en su momento. Siempre en vacaciones viajábamos a Oaxtepec, Vista Hermosa, etc. Pasamos Navidades y Años Nuevos entrañables. Muchas veces mi padre jugaba con nosotros. Recuerdo una vez que mi hermano y yo arrojábamos globos con agua a la gente. Mi padre se nos unió, llevando el juego más allá, arrojando dos globos de agua a una patrulla. Me pareció excesivo, pero debo admitir que también gracioso.

En lo que a mí respecta, estamos a mano. No tengo y jamás tuve malas intenciones para con él. Pero sí me da risa cuando algún conocido me pregunta ingenua y estúpidamente, «¿Ya te llevas bien con tu papá?».

No he escrito esto para despertar compasión, ni para victimizarme o difamar a mi padre. Simplemente hoy estaba en vena para tocar el tema. Además, se dice que «quien no critica al padre, se convierte en el padre», y creo que es necesario observar y reconocer tan nefastos hechos para no reproducirlos. Además, nunca he hablado de esto con nadie, y creo que al menos tengo el derecho de escribir vagamente sobre ello.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Evaluando el presente y el pasado.


Ayer leía mi diario escrito entre 2006 y 2007. Realmente no recuerdo mucho de lo que entonces escribí. Más que analizar mis circunstancias, desde entonces mi intención primordial ha sido capturar la viveza de aquellos fenómenos psíquicos e intentar traducirlos en palabras.

Es imposible capturarlos fielmente. Sin embargo, lo que ayer leí me pudo transmitir algo de la desesperación, la desazón y desolación experimentada en esos días nefastos. Por otro lado, dos párrafos capturaron mi atención. Uno en el que tomo la decisión de limitarme a un estilo de vida básico (debido a mis inalterables circunstancias) y otro en que manifiesto mis deseos de «volver al mundo».

A pesar de la constricción externa e interna en que me hallaba, aún conservaba cierta esperanza. La de mejorar mi vida en todos aspectos: un sueño lejano entonces y ahora. La posibilidad de una vida mejor me parece remota, incluso más que antes.

No tengo una medida de comparación, pero creo que mi vida en general, aunque lúdica o serena en apariencia, es muy dura y violenta. Sólo que estos elementos no se perciben a simple vista, y quizá no se reflejen en mi actitud o comportamiento. Me gustaría saber si habrá otras personas con idéntico estilo de vida y cómo les ha afectado.

He sido huésped en otros lugares y he podido participar de su estilo de vida. También enfrentan sus dificultades, problemas familiares, etc. Pero esas estancias temporales me han parecido unas placenteras vacaciones. Mi hogar es un santuario a la soledad y el rigor, y por ende al cultivo de las facultades psíquicas sin descanso. Un campo de entrenamiento.

No tengo televisión ni radio, pero libros de sobra en formato físico y electrónico. No tengo pareja o descendientes, pero existen recuerdos de una vida familiar.  No tengo un amigo o conocido con quién hablar abiertamente, pero tengo un diario y un gato, que no juzgan y son incondicionales. Si bien puede existir remotamente, alguien a quien mis condiciones le parezcan envidiables, la verdad a veces llegan a ser asfixiantes.

Se me podría acusar de perezoso, pero leer sostenidamente llega a aburrir. Creo que el cerebro requiere más estímulos de los que provee un libro, por bueno que éste sea. La soledad es una ventaja poco común en una ciudad atestada de gente, pero sí llega a extrañarse el ser importunado o invitado a comer. Callar los padecimientos  y reservarlos para las noches de reflexión fortalece y modera el alma, pero esto no colma el deseo ocasional de compartirlos a viva voz con un interlocutor empático y racional.

Pero esas alternativas no son posibles.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Lo que se ha perdido.


Hace algunos días sostuve una conversación en la que bordeamos el tema de la soledad. No suelo hablar de esto con casi nadie, pero me sirvió para verlo desde otro enfoque. Cierto es que los pocos con quienes de ella he hablado no la conocen como yo. No la han experimentado a profundidad. El término «soledad» se vuelve entonces relativo, porque cada quien la concibe en distintos grados.

He de admitir que las concepciones ajenas sobre la soledad me parecen superfluas, incluso risibles. Le llaman soledad a encontrarse en casa un fin de semana a falta de un evento social. Otros dicen sentirse solos siendo su círculo social amplio y ellos queridos y apreciados. Hace tiempo una persona me preguntó cuánto tiempo hacía yo sin pareja. Le inventé que tenía seis meses solo (para entonces jamás había tenido pareja). Se sorprendió y me dijo «eso es mucho tiempo, ¿no?»

Una ocasión (hará unos diez años), unos vecinos organizaron una fiesta de cumpleaños. Me enteré por terceros y por el ruido característico de ese tipo de eventos. Creo que esa vez mi soledad sí me causó cierta molestia. Pude experimentar el contraste entre ellos y yo: la gente que fluye con la vida y el que permanece rígido en el encierro. Acostado en cama boca arriba, ponía atención a la música y demás mezcla de sonidos. Intenté visualizar a los presentes y lo que hacían. Me pregunté si no me estaba perdiendo de algo.

Por esa misma época salí una vez a visitar a mis abuelos. Dos o tres vecinas se encontraban cerca de las escaleras, donde solían reunirse y platicar. Cuando pasé, silencio absoluto; parecían haber visto una aparición. Una de ellas dijo en voz baja, «hasta que sale». En primer lugar, me sentí hostilizado, ya que evito cualquier tipo de intervención social y como no me meto con nadie, espero a cambio lo mismo. En segundo, me incomodó que fueran conscientes de mi modo de ser.  Y en tercero, me molestó que me juzgaran con tanta facilidad y ligereza, sin conocer las causas. Pero ahora lo entiendo. La soledad no es de su mundo; les sorprendió presenciarla.

Otra ocasión, en la acera de frente, solía detenerse una pareja de jóvenes a platicar y prodigarse afecto. Yo los observaba desde mi ventana, analizando su lenguaje corporal y comportamiento en general. No me causaba placer ver aquello, sino curiosidad. Eso es algo que yo jamás he hecho y también me generó bastantes interrogantes. ¿Serán importantes ese tipo de prácticas? ¿serán necesarias para el desarrollo psíquico o vitales para la felicidad? Si yo hubiese tenido la oportunidad de experimentar algo así, ¿sería diferente o mejor persona? ¿no acaso las relaciones traen consigo miles de conflictos?

En mi última conversación sobre el tema, mi interlocutor declaró cosas que yo sospechaba pero aún así me sorprendieron por la franqueza con que las expuso: «Yo soy de la idea de que, para qué nos hacemos pendejos si a  todos nos gusta coger (en México, «coger» se usa como sinónimo de realizar el acto sexual)»; «para qué forzar o justificar relaciones amorosas si lo único que quieres es cogerte a la persona»; «insisto, si nos gusta coger, ¿cuál es el problema? No tiene nada de malo, no hay que ser hipócrita»; «digo, tampoco ando de cama en cama ni de hombre en hombre pero no veo mal que ejerzas su sexualidad como quieras, con quien quieras y con cuantos quieras mientras te cuides...»

Lo que me sorprende es la familiaridad con que otros hablan de algo que me es tan ajeno, tan lejano, extraño. Pero esto ellos no lo saben. Asumen que he tenido una vida sexual normal o constante, porque para ellos así es. No conciben una soledad casi absoluta y castrada. Desde el principio la razón me ha dictado que no me he perdido de mucho: no son mas que tonterías. Pero el ego aparece de repente y se siente incompleto y frustrado. Es un conflicto que enfrento regularmente. Ese descalabro emocional de saber que ya no soy joven y me perdí experiencias irrecuperables.

Recientemente tuve una extraña racha, en que varias personas me dieron a entender que no les era físicamente indiferente. En parte mi ego se sintió halagado. Por otro lado, mi reacción fue de rechazo. La soledad ha penetrado mi psique de tal modo que la posibilidad de resultarle atractivo a alguien me parece insoportable. Incluso es frustrante... ¿por qué llega esta racha hasta ahora? ¿por qué no cuando era joven y aún tenía cierta capacidad para disfrutar esta clase de cosas?

No quiero nada.

Toda esta gente no sabe qué es la soledad. Lo que es no hablar con nadie por meses. No recibir un abrazo en años. No ser valorado en poco o mucho. No tocar, no sentir. No ser olvidado siquiera, sino inexistente. Gente que en mi caso enloquecería, aunque a veces me cuestiono si la soledad no ha trastocado ya mi cordura. Posiblemente lo ha hecho en cierto grado, pero no tengo modo de darme cuenta.


jueves, 17 de noviembre de 2011

La última vez que lloré.

Cuando murió mi gatito. Esa vez lloré como nunca lo había hecho desde hacía años. Creo que el contener el llanto hace que éste se acumule. Aquella vez lloré no solo por su pérdida, sino también por lo miserable que consideré toda mi vida en ese momento. Más de 10 años de virtual aislamiento en los que sólo tenía a ese compañero, que me acompañó mientras leía en en ese cuarto con muebles viejos; mientras escribía para sobrellevar las preocupaciones; mientras contemplaba planes imaginarios que nunca se realizarían; etcétera.

Trece años que vinieron a mi memoria de golpe, en los que mi único sostén emocional fue él. Pensaba haberme ya embrutecido con la soledad, y que ya nada podía afligirme, pero siempre subyacía el temor a su muerte. Cuando ésta se dio, me di cuenta que ese pequeño ser mantuvo con vida mi capacidad de demostrar afecto, la cual murió con él.

Esa fue la última vez que lloré, hace casi dos años. A veces creo que lo merezco. En la vida he sido bastante mezquino, y tomo su pérdida (a la cual, en un acto de inconsciencia, contribuí) como un castigo.

martes, 25 de octubre de 2011

Apoyo psicológico on-line.

El Viernes 8 de Abril del 2011, en mi desesperación, envié un correo a Apoyo psicológico on-line, solicitando algún tipo de asistencia. Quizá sea el texto más importante de mi historia con la Señorita "Y", por la claridad con que planteo el problema (esta vez no disfrazo nada con estúpidas metáforas) y las confesiones que contiene. Lo transcribo íntegro:

Buenos días. Disculpen la molestia. Posiblemente mi inquietud resulte banal en comparación con otras que se han planteado en el sitio, pero creo que nada pierdo con indagar sobre ello consultándolos a ustedes. Por otro lado, me alegra mucho hacerlo, pues siendo especialistas me darán una respuesta objetiva y fundamentada.
Mi problema es sencillo... creo. Hace 8 meses conocí a una chica mediante Facebook, que después agregué al Messenger. Durante esos 8 meses forjamos un vínculo de amistad muy grato, pero después ella comenzó a, digamos, hacerme entender que le gustaba. Así, nuestras conversaciones adquirieron un tono, por decirlo así, más íntimo, sin ir más allá de eso, y siempre guardando el respeto. Cabe señalar que yo jamás orienté las conversaciones en ese sentido. Después ella me invitaba constantemente al cine, a tomar un café, a visitar uno u otro museo, etc; invitaciones que constantemente rechacé, dada mi incapacidad de involucrarme con la gente. 
Corto en mi trato con las personas, y siempre escéptico de mí mismo, no creía mi buena suerte. Debo decir que la chica es guapa, y aunque al principio ella me dejó claro que yo le atraía físicamente, ella no despertaba lo mismo en mí. Sin embargo, reconocí su belleza. El caso es que poco a poco logró conquistarme, y hace poco menos de un mes por fin nos conocimos en persona. En ese primer encuentro... tuvimos relaciones (y confieso que fue mi primera vez, aunque tengo 31 años). En verdad, yo no originé nada, ella siempre ha tenido la iniciativa. 
Desde entonces, todo cambió. Ya no se dirige a mí con la misma efusividad de antes. Evita el tipo de charla íntima cuando antes solía orientarla en ese sentido. En resumen: después de ese encuentro cambió su actitud. Y el problema es que fue en ese momento que me enganché realmente. Entonces se invirtieron los roles. Su conversación es ahora muy distante y formal. Irónicamente platicamos todos los días vía Internet. Le he propuesto volver a vernos (no con un interés físico, sólo deseo verla de nuevo) pero ella elude mis invitaciones. 
Es obvio que ya no siente el mismo interés por mí. Sin embargo, mantiene comunicación conmigo y dice quererme a la vez que marca su distancia, lo cual me confunde mucho. Tengo 3 teorías. La primera es que mi torpe desempeño la decepcionó, y generó mucha expectativa a pesar de que le había confesado mi tardía virginidad. La segunda es que al conocerme en persona descubrió que no soy lo que en realidad busca, pero necesitaba contrastar mi "yo" virtual con el real para darse cuenta. Y la tercera es que sólo deseaba una especie de aventura que propició durante 8 meses y ahora no tiene el valor suficiente para decírmelo, así que mantiene contacto conmigo por mero compromiso. 
Un extraño fenómeno que experimento es que, desde que conscientizé su indiferencia, aquella primera experiencia sexual se tornó irreal para mí. No es ya como un recuerdo, sino como un producto de mi imaginación. Mi mente le restó realidad a ese hecho que en verdad ocurrió. Otro fenómeno es la aprensión que ahora siento por ella, volviéndome un tanto posesivo. De vez en cuando recibe halagos por parte de terceros. En un principio eso no me afectaba, pero ahora han cobrado gran significado, provocándome ansiedad y celos. Comprendo que gran parte de lo que describo se remite a lo virtual, sin embargo son detonantes de importantes fenómenos psicológicos que percibo en mí pero no comprendo y quisiera dilucidar. 
¿Cómo aceptar que esta "relación" (ya la pongo en entredicho) ha sido fugaz, quizá ilusoria y ha terminado aunque parece continuar? ¿Por qué el interés que manifestó por mí durante 8 meses se apagó después de vernos? ¿Es que soy demasiado egoísta? Yo tengo 31 años y ella 37; no sé si la diferencia de edad influya en algo. No es mi intención reconquistarla, sino liberarme de este estado. Tampoco espero obtener una solución mágica o inmediata, tan solo una serie de pautas que me ayuden a comprender por qué ella cambió, mis procesos internos y recuperar mi independencia psicológica. En verdad quisiera comprender cómo funciona esto, para evitar en lo sucesivo volver a experimentarlo. Dicen que "el tiempo lo cura todo" pero no quiero depender de eso. Esto nunca me había pasado y quiero ordenarlo en mi mente a la luz de nueva información. 
De antemano, muchísimas gracias.

Recibí por respuesta,  una remisión a un caso similar que sinceramente no me ayudó mucho. Pero se agradece.

Corrección. Lunes, 6 de Agosto de 2012:

Cometí un error con respecto al tiempo que tenía de conocer a "Y". Dije que hacía 8 meses. Sin embargo, en otro blog tengo una entrada donde me refiero a ella como una persona que he conocido recientemente. Dicha entrada data de Junio de 2010. Así que serían 10 meses y no 8.

viernes, 7 de octubre de 2011

Justicia natural.

"El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar". Sun Tzu.

Cómo es la vida. Tú que empleabas tu (supuesto) gran intelecto para invalidar a otros, haciendo alarde de superioridad, ahora lo estás pasando un poco mal. No me alegra. Me parece triste. También me sorprende cómo yo no tuve que hacer nada. No tuve que buscar «venganza» o «devolver el flujo», como sueles decir para justificar tus actos. La propia vida hizo justicia.

Es curioso cómo tener más no significa vivir mejor. Presumías de ser próspero. Pero en el fondo nunca te has valorado a ti mismo. Evadías la realidad en una vida opulenta, pero jamás operaste un cambio esencial en tu persona. Y mientras tus condiciones materiales mejoraban, tu calidad de vida decrecía.

Dado el contraste entre nuestros distintos modos de pensar y actuar, pienso que no lo he hecho tan mal. Al menos intento superarme en algún sentido y evito las conductas auto-destructivas. Y no actúo de mala fe contra nadie por complejos, rencor o envidia.

Me siento extraño. Ahora que tus hostilidades han disminuido, creo que mi camino será más llevadero. Eso es nuevo para mi. Lo siento mucho por ti. Tantos esfuerzos invertidos en perjudicarme fueron en vano. Ojalá recapacites y puedas enderezar su vida en medida de lo posible.

Aún estás a tiempo, viejo.

domingo, 25 de septiembre de 2011

La llave.

"...Sea prudentemente sincero..."

Hace un momento estaba buscando la llave de mi cuarto. Jamás lo cierro. Ni siquiera lo hacía cuando recibía visitas indeseables (la familia de mi padre) ni cuando solía dormirme temprano y a pesar del ruido que hacían mis fallidos antagonistas (quizá lo hacían por importunar). Pero esta nueva gatita ha hecho lo que no debía en mi cuarto ya dos veces, así que tengo el pretexto perfecto para mantenerlo cerrado mientras no estoy. Gracias, gatita.

Pasa que mi padre es muy invasivo. Siempre ha tenido la costumbre de meterse en asuntos que no le importan, bajo el pretexto de que está uno en «ocultación» (herencia pendeja y paranoica de la Cienciología). En la mañana lo encontré sentado en esta computadora. Según él, trataba de arreglar el problema de la conexión a Internet... y quizá quería aprovechar para hurgar en mis archivos.

Pero me he desviado. El punto es que, buscando la llave de mi cuarto, di con un par de libretas: una contiene anotaciones de mi madre sobre el desarrollo del espíritu. Ha sido grato hojearlo. Mucho de lo que escribió son transcripciones al vuelo de un programa de radio que solíamos escuchar, que era con Rosa Argentina Rivas. Nos gustaba mucho su punto de vista sobre las cosas. Infortunadamente le he perdido la pista. Creo que está en Radio Centro; ya veré.

En las últimas hojas, mi madre escribió una pequeña y muy justa diatriba contra mi padre (cito sólo algunas frases):

«Tú no eres el mejor de los hombres ni tampoco el mejor de los esposos... con tus manías de estar siempre con los pies sobre los sillones... saliendo del baño sin lavarte las manos... tirando las colillas de tus cigarros por todo el piso... no hay un solo mueble que no tenga quemadura de tus cigarros... desde las cortinas, la mesa y los sillones, hasta el clóset y el refrigerador... a ver si alguien te soporta ya en completa convivencia y te conozca tal cual eres...»

A veces me imagino que me encuentro con mi madre, nos abrazamos y nos ponemos a platicar. Yo le cuento cómo me ha ido, cómo la vida se ha puesto difícil algunas veces y cómo de algún modo inexplicable siempre he salido avante. Quizá me reprocharía el no llegar tan lejos en lo profesional, pero yo le explicaría que he hecho lo que he podido. Le contaría lo mal que le va a algunos que le hicieron pasar malos ratos y me disculparía con ella por descuidar la casa, aunque también le daría razones del por qué he decidido postergar su renovación, que tienen mucho qué ver con lo que ella manifestó en esa carta que quedó en borrador.

La segunda libreta es de mi hermano. Data de sus días de preparatoria, así que las anotaciones son de Química. Obviamente me trajo recuerdos. Buenos en el sentido que me recuerdan a mi hermano adolescente, malos en el sentido de que fueron días muy difíciles, cargados de tensión. Creo que ni él ni yo disfrutamos esa etapa. La adolescencia es una edad crucial: en ella se consolidan los fundamentos de la seguridad personal o se resquebrajan por completo. La crueldad e ignorancia de un entorno intervienen mucho, y mi hermano se topó con ambos: él tenía Síndrome de Moebius. Pero ya hablaré después de esto (poseo el diario de mi madre donde escribe sobre el nacimiento de mi hermano, y cómo los médicos de entonces ignoraban la existencia del síndrome y explican los síntomas según la ciencia de su tiempo).

Tengo sentimientos encontrados con respecto a mi hermano. He de confesar que yo fui el clásico niño cruel, y le causé mucho sufrimiento en la infancia. Pero después él hizo muchas cosas que tampoco estuvieron bien. Quizá para nivelar la balanza, quizá para desquitarse. Pero siento que intentó desquitar conmigo no sólo el daño que yo le causé, sino su resentimiento general contra el mundo. Lo que le perjudicó más a él que a mi, ya que el odio sólo deteriora a quien lo lleva dentro, no a quien se le dirige. Me aventuro a suponer que mi padre tuvo mucho qué ver en ello, pues lo que hacía mi hermano tiene el «sello» característico y propio del proceder de mi padre. Pienso que él le daba instrucciones a mi hermano sobre qué hacer. Ya que ambos tenían rencor hacia mi, hicieron mancuerna; pero nuevamente, esto requiere ser explicado a detalle y eso lo haré después (intenté plasmar todo esto «entre líneas» en un torpe cuento que escribí, sobre un águila que intenta volar por encima de todo).

Hubo un tiempo en que me quedé sin trabajo durante un periodo considerablemente extenso. Un día me quedé sin comer, y le dije a mi hermano que me regalara las tortillas que sobraran cuando terminara de comer (siempre comimos aparte, mi hermano con mi padre, y yo solo, desde que mi madre murió). Pues tiró las tortillas a la basura. Esto se repitió varias veces durante ese periodo. Luego adoptó la extraña práctica de hacerme la «Ley del Hielo» un día o dos, y tornarse amistoso después. Entonces volvía a su mutismo, y así alternaba sus actitudes afectuosidad/desprecio. Esto en realidad no me importó, pero pensaba que se debatía en algún conflicto interno con respecto a mi, lo que me pareció triste. No puedo evitar sospechar que eso fue una especie de «manejo» sugerido por mi padre para, según él, confundirme o algo así. Pero esta clase comportamientos hicieron que me fuera distanciando de mi hermano y dejara de tomarlo en serio. En algún momento llegué a decirle que no era mas que un peón con el cual mi padre experimentaba y ponía en práctica su Cienciología, lo cual por supuesto rechazó (que yo sepa, mi hermano jamás leyó un libro sobre esa basura).

Creo que el buscar esa llave y encontrar estas libretas abrió una puerta y descubrió muchos recuerdos. Y mucho qué resolver internamente.

viernes, 5 de agosto de 2011

La disensión en mis sueños.

Mi noche de Jueves para amanecer Viernes estuvo plagada de los sueños más extraños. Me soñé recorriendo una ciudad abandonada, en la que había tal silencio que se escuchaba el soplar del viento. Iba en auto no recuerdo con quién. Esa persona conducía, yo era el copiloto. Intercambiábamos comentarios ocasionalmente, sobre a dónde ir o dónde dar vuelta en la soledad que nos rodeaba.  Buscábamos otros seres humanos pero en su lugar nos topábamos con bestias mezclas de felino y perro, pero casi tan grandes como el auto en el que viajábamos.

-Hay que mantener los vidrios cerrados- me dijo mi acompañante, que era una mujer, pero no recuerdo quién. Sin embargo, en el sueño la sentí familiar (¿Señorita "Y"?).

Por fin llegamos a una especie de escuela abandonada, en la que aún había cristales pero éstos eran completamente oscuros, así que no se podía ver hacia dentro. Le di la espalda a esos salones, esperando desvanecer con ello también el temor que me provocaban. En el silencioso y deteriorado patio me encontré con algunos familiares. Todos se encontraban bien, felices. Sin embargo yo me sentía incómodo y desprotegido en ese lugar. «¿Cómo pueden estar riendo si nos encontramos expuestos al peligro?» Sentía que debía protegerlos a la vez que me sentía impotente para hacerlo. Peor aún, debía guardarme mis tensiones y poner buena cara ante ellos.

Predominó en el sueño una sensación de desolación, a pesar de que en él «no estaba solo».

En otro sueño estuvo presente mi hermano. Aunque no lo vi, estaba presente mediante su sola voz. Se encontraba furioso con mi padre, por las cosas que éste había hecho. Recuerdo las reclamaciones de mi hermano a nuestro padre: tenían relación con sus engaños, su manipulación. Era un discurso bastante articulado, cosa curiosa, ya que por lo general los sueños (al menos los míos) carecen del mínimo orden.

Mi hermano no vacilaba en su recuento de daños. Su voz ahogada en ira despertó la mía, y traté de calmarlo haciéndole ver el fracaso total que nuestro padre enfrentaba en vida: estancado en un empleo mediocre, que no le satisface ni económica ni emocionalmente. Le señalé en tono irónico cómo nuestro padre, en sus «días de éxito», tildaba de estúpidos a todos a su alrededor. «Todos son unos pendejos, yo soy bien chingón», era su actitud entonces. Y cómo actualmente, cualquiera de los que solía denostar tan despóticamente, tiene una calidad de vida que ya quisiera él.

-Él no necesita castigo. Su propio modo de ser lo ha condenado. Pobre tipo, da pena- le dije en el sueño a mi hermano, con quien me sentía, valga la redundancia, hermanado. Sentimiento ausente mientras él vivía debido a las diferencias que mi padre marcó entre nosotros. Lo curioso es que esta vez he soñado a mi hermano como aliado. Usualmente aparece en mis sueños hostil hacia mi, siempre retándome en duelos retóricos bastante perniciosos, cosa que él nunca hizo en vida.

Creo que ese sueño destapó más bien mis propios deseos de ajustar cuentas con mi padre. Me trajo sentimientos negativos e intensos: rabia, impotencia y deseo de venganza. Claro que no consumaré venganza alguna. Por el contrario, reflexiono sobre cómo proceder correctamente en mi vida en general y evitar los errores y defectos de quien se supone debió ser mi «modelo a seguir».

jueves, 28 de octubre de 2010

Letras coartadas.

Tenía ganas de escribir en mi otro blog pero esa sensación de sentirme vigilado me frenó. Algunos que leen mi blog me conocen, y sin darme cuenta comienzo a escribir a la defensiva, cuidándome de no dar detalles, sacrificando mi libre expresión por temor al juicio que formen sobre mí, manifiesto o no.

Comienzo escribiendo con desfachatez, con cinismo, libremente. Acto seguido me pongo a revisar una y otra vez el texto, analizando cada párrafo, no en busca de errores ortográficos sino de contenido, omitiendo ideas y confesiones con la medida del prejuicio; suprimiendo, en cada corrección, mi sentir original. "Mejor omito esto... cambiaré también esto otro...", bastardeando el texto y quedando este completamente desvirtuado.

Me he atrevido a publicar, tal cual, alguno que otro post. Pero cuando apago el ordenador y me ocupo de otras cosas sigo pensando en corregir u omitir lo publicado. Y antes de terminar el día enciendo el ordenador de nuevo y procedo a mutilar (o abortar) el texto como es mi costumbre, esperando que nadie lo haya leído durante ese lapso de tiempo.

O se escribe plenamente desde el anonimato, o se escribe de forma calculada dando la cara. Pero quisiera ser capaz de sincerarme y decir "este soy yo, y esto es lo que pienso"; eso sería realmente válido y genuino. Sin embargo, el temor siempre mutila mi voz, y esto me causa cierta pena.

viernes, 22 de octubre de 2010

Momentos vergonzosos de mi vida.

Pienso que no hay que tomarse la vida tan serio y que uno debe ser capaz de reírse de sí mismo... lo pienso, pero me cuesta trabajo hacerlo. Narraré, grosso modo, 3 incidentes penosos que me hacen fruncir el ceño al recordarlos, esperando verles el lado chusco.

– 2do de primaria.

Tenía 7 años cuando un día de escuela tenía muchas ganas de ir al baño, pero la maestra no me dió permiso, así que debí obligarme a aguantar estoicamente hasta el recreo. Pero mi vejiga era débil y no pude resistir más. Me oriné en los pantalones en medio de la clase. Fue terrible. Lo curioso es que nadie a mi alrededor se dio cuenta sino hasta después. Para aumentar la impotencia que sentía, la maestra se desentendió del asunto, siendo ella la culpable. Fui a dar a la dirección y recibí el regaño de la directora, que me dijo, "¿Qué, eres un niño chiquito?". Con todo el sistema en mi contra, ni siquiera hice el intento de defenderme.

Para colmo, el siguiente año me sucedió lo mismo.

– Perdido en la jungla de asfalto.

Comencé a transportarme solo desde los 11 años. De la escuela a la casa debía tomar el Metro y un pesero. Pues un día no me fijé y tomé el pesero equivocado, que me llevó por rumbos desconocidos. Experimenté un pánico silencioso; me imaginé que nunca volvería a casa. Creo que el terror se me notaba en el rostro porque un pasajero me preguntó si me había pasado. Afortunadamente el pesero pasó por una calle que reconocí. Me bajé a la siguiente cuadra.

Me sentí como un verdadero idiota, pero esa sensación quedaría por mucho superada por un evento más humillante aún que sufriría años después.

– "Es que no sé andar en bicicleta..."

Era el año 2002. La necesidad apremiante me obligó a emplearme en una pizzería como Ayudante General (o sea, esclavo multiusos). El entorno laboral era pésimo, pero el sueldo era bueno, lo que me hizo pensar que permanecería un buen tiempo. La única dificultad eran las entregas a domicilio cuando eran lejos del local. Un día el gerente me ordenó entregar un pedido en bicicleta. Con toda la pena del mundo le dije que no sabía andar en bicicleta, e ingenuamente esperaba algo de comprensión.

-Tú ve a entregar estas pizzas- me dijo.

Debí insistir o negarme completamente, pero por no quedar mal intenté subirme a la bicicleta. Me caí varias veces. Ni siquiera el haberlo intentado me consuela. Hice el ridículo de mi vida, es decir...

El ridículo de mi vida. ¿Se entiende lo que quiero decir?

Regresé al local aceptando mi inutilidad. Los siguientes días mis compañeros me dedicaron bromas como, "le vamos a poner rueditas a la bicicleta" o "¿quieres una bici o un triciclo?". Por dignidad y fingir ante ellos que el incidente no me había afectado, seguí asistiendo durante los  siguientes 15 días. Después de eso, renuncié. A la fecha evito pasar por ahí.

Según la teoría de "ríete de tí mismo", habiendo rememorado estos sucesos, debería estar riéndome y de muy buen humor.

Cuánta risa... me siento muy mal.

martes, 13 de julio de 2010

Habla mi Sombra.

Las primeras entradas de un blog en el que pensaba darle salida a cuestiones un tanto escabrosas:

— Introducción.

Este blog aloja esos aspectos de mi personalidad que podrían considerarse pesimistas o negativos y conforman mi lado oscuro, la otra cara de mi alma.

Quienes me "conocen" se sorprenderían si lo leyeran. Pensarían que no soy yo el que escribe. Posiblemente se escandalizarían y no tardarían en cuestionarme y juzgarme. La gente hace eso automáticamente, clara muestra de su incomprensión. Por eso escribo para mí aquí y desde el anonimato, para evitar esa condena.

No pretendo ofender a nadie, tan sólo exponer conceptos que han atravesado mi mente y cuya existencia asumo. Esto es un ejercicio parcial de sinceridad. Lo ideal sería vincularlo a mi perfil pero no tengo el valor para ello. Quizá despues.

Considérense estos pensamientos como simples borradores que no me atreví a publicar en mi blog oficial.

— Algunas puntualizaciones.

Tengo 30 años y no estoy conforme con lo que ha sido mi vida, aunque no creo que haya alguien enteramente satisfecho con la suya. Soy un hombre que no confía en las circunstancias pero está obligado a depender de ellas, así que no acostumbro hacer planes. Soy de los que sobreviven y la van llevando. Me considero objeto de ciertas injusticias que tal vez mencione, pero no me victimizo. Al contrario, soy despiadado conmigo mismo.

Pero ya que mi vida ha sido más o menos así durante estos últimos 10 años, estoy acostumbrado. Y es mejor ahora por la ausencia de ciertos factores de los cuales quizá hablaré. Cierta fortaleza se ha cristalizado en mí pero no podría definir su grado. Soy sensible a la vez que indolente, como un samurai que escribe poesía después de un combate. A pesar de las malas experiencias me jacto de no haberme envilecido tanto, sólo se ha agriado mi carácter. Pero no perjudico ni agravio a nadie porque entregarse a esas debilidades denigra la propia alma. De hecho, estas adversidades, de las cuales posiblemente escriba, me han volcado a la superación personal, así que las he canalizado bien. Hice lo mejor que pude en esas circunstancias y creo que lo sigo haciendo.

Y me siento con derecho a externar algunas cosas en este blog provisional, sin rendirle cuentas a nadie de mis motivaciones ni dar más explicaciones o detalles de los que considere convenientes.

— Lo que se lleva dentro.

Omnia mecum porto se refiere a los bienes que uno lleva dentro; esos bienes son principalmente la sabiduría y la virtud. Estoy de acuerdo con este concepto, pero en mi interior resuena con otra connotación. Lo que uno lleva dentro es lo que se ha callado por años, por carecer de un medio de expresión, no saber cómo expresarlo o no sentirse libre de hacerlo. Ese mundo interno que vive socavado por ajustarse a la norma. Ese espíritu constreñido a un silencio opresor fomentado por la consideración para con el prójimo, ante la cual cede siempre a la vez que se le niega un recogimiento pleno, libre y sano.

Lo que uno lleva dentro es la mella producto de la lid con esos entes que por más cercanos más mortales. Seres que enferman con el veneno de la envidia, la represión y la inseguridad. Que aguardan para infectar el brío con la ponzoña de la uniformidad y la anulación.

Entonces llega el momento de dirigir nuestras flechas de fuego hacia ellos y exponerlos a la luz para expulsar su influencia nefasta de nosotros. Con un furor que los haga arder hasta consumirse y nuestra alma se torne resplandeciente como originalmente era.

Hay fuego dentro de uno. Hay encono e indignación en lo profundo, demonios que hay que abrazar para restarles fuerza y perezcan. Y también hay una voluntad resciliente que se resiste a desaparecer sin asestar un justo golpe.

— Némesis.

Desde mi adolescencia, en un proceso de años que tal vez describiré en otro momento, comencé a desvincularme emocionalmente de las personas y cosas hasta reducir esos vínculos al mínimo posible, lo cual de principio no me propuse conscientemente. Creí haber logrado una indiferencia para con casi todo pero no es así. Esos escasos vínculos han cobrado importancia con el tiempo. Otros se han fraguado en mi alma por sí solos. Pero ellos mantienen en mí algo de humanidad, la poca que me queda.

Un hombre solitario sobrevalora lo poco que tiene y se aferra a ello. Pero esos lazos emotivos que son su sustento son a la vez su perdición. Si algún factor atenta contra ellos, la estabilidad emocional del auto proclamado "independiente" hombre solitario es sacudida. Ahí estaban esos vínculos latentes en su interior. En ese momento se percata de su existencia y el hombre cobra conciencia de su vulnerabilidad. Y comienza a vivir con miedo de perder lo que tiene.

La soledad y aparente independencia lo hacen a uno sentirse fuerte, libre y hasta poderoso. Cuando uno comienza a jactarse de ese encumbramiento y esa hybris interior se manifiesta orgullosa, aparece su respectivo némesis y la desploma con facilidad y precisión. Entonces uno se encuentra de súbito con la realidad: aquello que amamos, eso poco que amamos, nos puede ser arrebatado en cualquier momento y de forma despiadada. Aunque sea lo único que se tenga.

Y cuando eso sucede, uno concluye que ya no tiene nada qué perder, pero tampoco por qué luchar.



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