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sábado, 15 de enero de 2022

Umbral.

A veces no se puede solo contra los adversarios. Se requiere humildad para aceptar ayuda, una intervención favorable.

El enemigo no siempre ha de ser una persona. Puede ser una enfermedad que persiste largo tiempo.

Una afección que te ha acompañado cual lastre malogrando momentos que pudieron ser más plenos.

De pronto surge la oportunidad y tomas la decisión de extirpar el mal que te minaba. Ahora tienes fuerzas nuevas.

Nuevas fuerzas y una atención más libre, que de momento quizá no sepas en qué emplear. Pero has recuperado algo valioso.

Algo que pudiera acercarse a la felicidad es el momento en que te libras de ese padecimiento de años, gracias a la ayuda recibida y la decisión tomada.

Quizá este rigor tiene su aspecto absurdo e innecesario. Pero resistir una dolencia veinticinco años debió forjar el umbral de dolor.

martes, 6 de abril de 2021

Tío Pedro.

Otra vez, la muerte rondando.

A mediodía me contactó por dm una tía que vive lejos. Mi tío agoniza (usó ese término) en el hospital. No me dijo la causa y en estos casos nunca oso preguntar pero ella contactó al resto de mis tíos y pudieron despedirse por teléfono, algo que dentro de la tragedia podríamos considerar bueno. Fuerte pero benévolo al menos, para todos. Estoy al pendiente de otro mensaje.

Traté muy poco a mi tío Pedro porque dejó esta ciudad hace treinta años. Luego de eso lo vimos dos veces más, primero por la muerte de mi madre y cinco años después por la muerte de mi abuelo. Luego lo añadí a facebook pero jamás conversamos, sólo intercambiamos uno que otro comentario en alguna foto. Tenía talento para el dibujo pero nunca se dedicó a eso (aunque se lo inculcó a mi primo). Se decidió por la tecnología donde entonces había un nicho bastante bueno. Sumado eso a la mala racha que lo ahogaba aquí, se aventuró lejos, al norte del país. No lo deifico, era un tipo normal con sus fallas. Tenía este rasgo desfavorable de perder la calma algunas veces (supongo que por las pocas posibilidades de descollar aquí) y era como decimos en México, "medio cabrón". Un old school clásico, cinéfilo, fan de Frazetta y Robert E. Howard. 

Se supone que en estos asuntos ya tengo experiencia (mas la que infortunadamente falta, porque somos un clan numeroso) y siempre me hallo desprovisto de palabras. ¿De verdad las palabras confortan? Son mero distractor, sino es que cliché gastado y no modifican ni suavizan los acontecimientos. Además, no existe eso de endurecerse ante la muerte: siempre es una mierda. Cuando te crees "inmune" de repente ya te atrapó si no una tristeza aguda, sí una atroz melancolía.

martes, 27 de octubre de 2020

Nómada.

Es difícil aceptar que algo puede realizarse cuando lo hemos rumiado tanto. Porque lo hemos colocado más en el plano mental que el material, precisamente de tanto meditar en cuándo y cómo iba a concretarse.  

En poco recupero mi casa, pero no estoy satisfecho ni eufórico. De hecho ya no viviré ahí. Tengo que arreglarlo para arrendarlo después. Y el ingreso no será para mi sino para saldar deudas. Ni siquiera tengo cuenta de banco.

Extrañaré mi soledad, mi gatita, no así el entorno. Desde mi adolescencia odié ese lugar, la interacción con los vecinos. Pánico y agorafobia cada día que tenía que salir. Días y semanas que ni siquiera me atreví a abrir la puerta.

El departamento, un lugar sucio, arruinado sistemáticamente por mi padre y hermano, par de negligentes. Imposible hacerse de bienes materiales y mejorar el lugar, lidiando con dos personas que boicoteaban cada atisbo de progreso.

No reniego del todo de mi vida en ese lugar. Pero, por lo menos los últimos trece años ahí fueron duros. Ahora entiendo que no fueron cualquier cosa. Y si a eso añadimos el pánico, la ansiedad y el permanente "modo supervivencia" a que estaba sometido, quizá lo mejor que me ha pasado es ser forzado a abandonar ese sitio.

miércoles, 10 de junio de 2020

Salir de la cabaña.

A pesar de mi natural introversión, intuyo que seré víctima del Síndrome de la Cabaña. La idea de regresar a la normalidad me pone alerta, lo cual no es forzosamente malo, pero no me estoy predisponiendo adecuadamente. Intuyo que presentaré más resistencias de las habituales cuando el aislamiento concluya.

Para los de mi tipo, este escenario ha tenido aspectos utópicos: distanciamiento y reducción de toda actividad social. Lo mejor ha sido la imposibilidad de comer en locales (odio comer afuera, no me gusta comer en medio de la gente ni que me vean hacerlo). 

A riesgo de parecer frívolo, es como si el mundo se hubiera alineado a favor de los introvertidos, al menos de forma temporal. Calles semi vacías, pocos autos circulando, locales cerrados. El mundo ideal de los introvertidos es un poco siniestro. Soñamos con un mundo casi sin vida de tan tranquilo.

Lo que me vino mejor fue que ya no me acompleja “estar encerrado” porque ahora casi todos lo están. Muchos están desempleados o sin ingresos a pesar de contar con estudios y un título. Los que se jactaban de estar por encima mío devinieron marginados como yo. No me alegra la desdicha ajena, pero este gran evento nos vino a nivelar a todos. 

Claro que ha sido un evento demoledor, no hablemos ya de las pérdidas humanas. Todos nos fuimos enterando de personas enfermas allá en lugares lejanos, hasta ver cómo la enfermedad se acercaba hasta alcanzar a algún pariente, compañero o vecino. Tengo el infortunio de contar una pérdida cercana.

No era amigo mio sino de mi novia, y jamás platicamos pero siempre fue muy amable con nosotros. Tenía sesenta años y enfermó. Pasó sus últimos doce días en aislamiento en el hospital. No es forma de terminar... en total incertidumbre, incomunicado y sin ya haber podido hablar con su familia.

La mayoría de la gente lo ha resentido hasta bordear estados depresivos y por ello enfrentará el fin del aislamiento en dos aspectos: primero, levantarse otra vez, recuperar el ritmo de vida. Segundo, reconstruir su mundo emocional. La ofuscación por el confinamiento también será pandemia.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Proscrito.

Viviendo arrimado en casa de “S” de repente extraño el aislamiento casi absoluto de mi departamento. Sin televisión ni redes sociales, el día y la tarde se hacían llevaderos con un buen libro. Pero la noche cobraba un tono extraño debido a la soledad.

Noches melancólicas, con instantes de misticismo. Mis pensamientos contemplaban el potencial que aguardaba el día siguiente si tuviera la confianza de actuar, de tomar decisiones. Entonces me regodeaba en posibilidades, que en contraste con la realidad, la hacían prometedora a la vez que triste.

Luego me daba a la reflexión: centrar mi atención en alguna dificultad en particular. Esa práctica arrojaba muchos recursos y soluciones, o por el contrario me hacía topar con pared, al confirmar que la situación en turno era inalterable. Aún así, esas sesiones de atención dirigida me hacían sentir algo de libertad y poder.

Predominaba en mis divagaciones mi precariedad. Por ejemplo, la cortina de mi ventana me producía desasosiego constante. Roída y llena de agujeros, era una cortina prácticamente inservible. Un andrajo me resguardaba del mundo externo. No podía siquiera arriesgarme a lavarla porque eso la habría deteriorado más. Aunque los vecinos no podían verla (por estar de lado a la calle) a mí me producía vergüenza. Esa cortina era reflejo directo de mi vida. “Mi vida es esa cortina”, pensé siempre. Cuando la cambié mi complejo disminuyó solo un poco, porque la reemplacé con una tela de cama en vez de colocar una cortina de verdad.

Luego pasaba lista a mi precariedad en conjunto: cuánto más durarían mis viejos tenis antes de hacerse pedazos y lo humillante que sería si eso ocurriera en plena calle. Si mi gatita pasaría hambre en días siguientes, ya fuera por faltarme el dinero para su comida o el valor para salir a comprarla. Cómo administrar los pocos analgésicos para resistir los rigores del hambre. Ante la falta de comida, ¿ cuánto debería reducir mi rutina de ejercicio?. Mi lectura obsesiva sobre diversidad de temas ¿compensará u ocultará mi poca experiencia de vida? ¿a cuántos lograré engañar?. Si recibiera una visita inesperada de algún familiar, ¿qué razón le daré de mi pobreza, de la casa descuidada, sin muebles y sin pintar, de la alacena sin despensa?. ¿Cuál es el límite de la austeridad y en qué punto se convierte en indigencia?

Sin embargo, éramos mi gatita y yo, opuestos al mundo. Pobre criatura, sólo me tenía a mí. No pudo tener peor compañero: un impedido, un socio fóbico, pasivo ante toda tragedia, incapaz de nada. Vivos de milagro. La extraño.

¿Por qué añoro aquello? Porque era mi vida. Estaba en mi elemento.

Yo era eso.

Yo soy eso y nada más.

viernes, 17 de abril de 2015

Paracetamol: un aliado inesperado.

Hallé interesante este artículo (http://www.rinconpsicologia.com/2015/04/paracetamol-alivia-el-dolor-pero-te.html). No pensé que tuviera un efecto en las emociones.

Confieso que lo tomo ocasionalmente por las migrañas que me asaltan de repente. También por los 'dolores del hambre' (extraños dolores en el cuerpo por falta de alimento) que, junto con el hambre mismo, menguan la concentración y el intelecto.

Ya había notado que en tales circunstancias, el paracetamol (una cápsula de 500mg) alivia esos dolores y restaura la lucidez durante su efecto. Pero el 'aplanamiento' emocional jamás lo he percibido. En mi caso, al librarme de los síntomas antes mencionados, podría decirse que me produce bienestar.

Me basta con eso; no necesito más. Y si la pastilla anula emociones negativas y positivas por igual, para mi es un bien prescindir de ambas, aunque sea de vez en cuando.

viernes, 6 de marzo de 2015

Auto-exterminio.

I.
Estoy en mi cuarto, escribiendo naderías en un viejo cuaderno en espera de que la batería del celular se haya recargado al 100%. Es un problema porque tanto el cargador como el mismo teléfono son más que obsoletos y alguno de ellos presenta un falso que interrumpe la recarga. Mi centro de entretenimiento se reduce a una pantalla de 5x4 cms. Lamentable.

Me he acostumbrado a la pobreza, a la ausencia de recursos. Creo que he sobrellevado eso relativamente bien, sobre todo por no pertenecer a ningún círculo social. La pobreza pesa más dentro de un grupo que en solitario. La soledad no juzga; la sociedad condena. Afortunado soy, provisto de un carácter antisocial, de otro modo sería tortuoso y frustrante desear integrarme a un grupo y no poder hacerlo. Aún si tuviera un alcance monetario decente o no vergonzoso, tendería a preservar o incluso reforzar mi precioso aislamiento.

Por ahora me conforta no dar cuenta a nadie de mi cortina rota, mi habitación sin muebles o mi austero apartamento. Mi principal fuente de stress es mi novia, que ya entreve mi pobreza, aunque no en toda su escabrosa magnitud. Ocasionalmente señala el aspecto gastado de mis tenis, más seguido apunta a mis ojeras.

Me dan ganas de darle la espalda y volver a casa.

II.
A veces he pensado en dejarme morir de hambre, pero el proceso es lento y tortuoso, además de humillante. ¿Qué tal si por x razón debo salir del apartamento en avanzado estado de inanición? Qué pena dejarme ver así por vecinos y demás gente. Sentiría la necesidad de justificarme y peor aún, fingir buen semblante, decir que todo va bien... ¿que he perdido peso? ¿en verdad? Bueno, me siento excelente, me alimento bien, no sé de que hablan, je je je. Si yo siempre he sido delgado.

III.
Conseguir empleo formal, difícil en este país, a mi edad, con tan pocos recursos para alimento y transporte mientras busco vacantes, me contratan y me pagan. Casi imposible con mi suma torpeza, poca adaptación y habilidades. La entrevista de trabajo, un reto con pocas posibilidades de superar si se padece socio-fobia.

Muy seguido pienso que de torcerle la mano a la situación (obteniendo empleo y perdurando lo más posible) me enfocaría en ahorrar lo suficiente para adquirir un arma. La que sea, pero que funcione: un pase de salida. Fantaseo que un día las circunstancias me favorecerán colocándome en un accidente mortal, ahorrándome el mancharme las manos con mi propia sangre. Así quedaría oculto mi desgano de vivir y en vez de sufrir el obligado estigma de suicida, tan solo se diría "lo atropellaron", "lo asesinaron en un asalto" y al día siguiente se olvidaría el asunto.

Pero he esperado y eso no ocurre.

IV.
Aún Tengo prejuicios relacionados a terminar con la propia vida. El primero: es un acto liberador, sí, pero también un tanto indigno. Implica insuficiencia y derrota.

Otro prejuicio, el "qué dirán". De lo más absurdo, pues quien lo ejecuta ya no tiene conciencia ni presencia, es libre en la nada. El vituperio no le alcanzará donde sea que se encuentre. Y si la conciencia la crea el cerebro, muere con él.

Un tercer prejuicio corresponde al método en sí. Opto por el tiro en la cabeza por ser práctico e inmediato, además de ser el menos doloroso y dramático. Esos que se arrojan desde un puente o lo más alto de un edificio aún buscan atención. Yo prefiero la soledad y confidencialidad de mi recámara, donde podría dedicar mis últimos pensamientos a lo que me plazca, sin importunar ni ser importunado, antes de abandonar este mundo con relativa discreción. Lo que tiene de grotesco el tiro en la cabeza es el desparramiento de sesos. Es de mal gusto mencionarlo pero hay que ser realistas y encararlo: si bien no resulta tan aparatoso como el cuerpo destrozado en el asfalto o en las vías del metro, reconozcamos que tiene su dosis de "gore", por decirlo así.

Aunque también depende del calibre del arma, la trayectoria de la bala, etc. No es lo mismo el acosador de Björk que Kurt Cobain.

V.
En contraste con aquel par de personajes antes mencionado, el suicidio algunas veces alcanza lo sublime o por lo menos indulta a su ejecutor por entendible. Sócrates bebió sereno la cicuta, consolidando así su filosofía. Stefan Zweig, el escritor austríaco, eligió la muerte a vivir en un mundo que sería, creía él, gobernado por el nazismo. ¿Se les recuerda como enfermos suicidas? No, se les admira por ilustres. Perspectiva lejos de aplicarse a cualquiera de nosotros, porque el paradigma del suicidio ha cambiado (era un acto de dignidad y reafirmación) y porque ningún motivo loable antecede al suicidio actual. Subyace, más bien, un poderoso componente emocional: depresión, ruptura amorosa, desesperación. El ciudadano de a pie que se auto-extermina pasa a ser mera estadística, la tragedia del momento, local o mediática, siempre efímera.

El suicidio promedio jamás tendrá nada de ejemplar o heroico.

VI.
Yo simplemente estoy cansado. La vida no me parece triste, pero sí monótona y en mis condiciones, innecesaria. Vivir con hambre, pendiente de la opinión ajena, en la mediocridad y la pobreza es estéril. Ya sé qué esperar de la gente, el mundo lo tengo más o menos visto (o leído). Tengo noción de lo mejor y lo peor de mi tiempo. Así que el móvil de mi exterminio es simple hartazgo.

Quien lea esto deducirá falta de sentido en mi vida. Ya enumeré y validé mis cualidades, ya evalué mis opciones. Engañoso paliativo, mero lavado de cerebro que impide explorar la médula de la propia inclinación al Hades o al olvido. La "búsqueda de sentido" tan popularizada por Viktor Frankl, se reduce a darle prioridad a algo. Yo solo he podido priorizar la supervivencia más básica, y eso no tiene sentido alguno.

VII.
El lector casual pensará "este escrito es su forma de pedir ayuda". ¿Ayuda? No necesito ser "salvado". ¿De qué, de la muerte? No busco palabras de aliento, ni ser persuadido.

Escribo porque es un tema tabú. El solo término ensombrece el ánimo, interrumpe el aliento. Si un suicida aborda el tema, el resto calla o censura. Otra razón por la que escribo es que el discurso del suicida común es visceral, mal estructurado, vacío y hasta aburrido. Un cliché que se limita al "ya no quiero vivir", "nadie me quiere", "mi pareja me abandonó"; tonterías infantiles que ni conmueven, ni inspiran ayuda, ni suscitan reflexión, nada aportan. Solo quise esbozar un testimonio más o menos racional de una mente que ha asumido la muerte como escape. Una mente que ya dejó atrás el chantaje, el deseo de atención, el orgullo alimentado por el falso valor que implica pegarse un tiro en la sien, y a la que quizá le tome años consumar su proyecto de muerte (se puede vivir toda una vida sin esperanza). Para que algún terapeuta o curioso del tema tenga una pieza honesta y directa, sin apología ni lamentación.

martes, 6 de enero de 2015

Lo imprevisto.

El Viernes 19 de Diciembre del año pasado, 'S' me pidió que fuera a verle pues se sentía mal. Cuando llegué estaba recostada; venía de ver a un doctor que le recetó hormonas para evitar el desprendimiento del bebé. Tenía amenaza de aborto.

Al día siguiente fuimos a otro hospital. 'S' pasó a consulta. El médico en turno le dijo que permaneciera en cama, pero nada le dijo sobre el estado del bebé, una negligencia de su parte. Ya en la noche, 'S' sufría hemorragias y fuertes dolores. Después de medianoche ocurrió lo que temíamos: aborto espontáneo.

Para qué narrar a detalle el posterior sufrimiento, para qué ahondar en los pormenores de la pérdida. Fueron días amargos. Cuando menos 'S' se recuperó rápidamente en lo físico, lo que aminoró la preocupación, no así la pena.

Confieso que la idea de ser padre me pesaba bastante. Cuando 'S' me informó del embarazo, no lo tome con la mejor actitud que digamos. Pero ella se había forjado muchas ilusiones y de algún modo también yo me estaba mentalizando. Pero, a riesgo de parecer insensible, pienso que no habría sido del todo idóneo la llegada de un niño, no por el niño en sí, sino por factores en torno a él con los que habría sido difícil lidiar.

En primer lugar (y no por materialista sino por poner 'pies en tierra'), su manutención. Siendo franco, si a la fecha no puedo conmigo mismo, ¿cómo iba a ser proveedor para el niño? En segundo, la aberrante situación de formar una familia con 'S': a la fecha no sabe con exactitud mi domicilio ni la he invitado a visitarlo, ya sea por vergüenza de mi precario estilo de vida, ya sea por mantener una barrera. No hay qué engañarse. ¿No es acaso, a dos años de relación y con o sin un niño de por medio, una circunstancia anormal? (sin ir tan lejos, qué dirá 'S' actualmente a sus amigos: que en dos años de relación conmigo aún la tengo en ese aspecto marginada).

Tercero, lo que más me hacía 'corto circuito': la cuestionable influencia de la madre de 'S' en el niño. Tan solo visualizarlo bajo su tutela me revolvía el estómago. En este punto podría extenderme bastante y espero no se me malentienda, pero por dicha razón esta tragedia se me figura a veces como un mal que se evitó: ese inocente niño no padecerá la nociva influencia de una mente manipuladora y enferma.

Por último menciono lo obvio. ¿Qué clase de niño habría sido conmigo por padre? ¿cuál habría sido su destino como hijo de un socio-fóbico esquizoide?

Así que todo vuelve a como era; la relación regresa al viejo 'estira y afloja'.

Creo que es la mujer quien padece con mayor intensidad este tipo de pérdidas, porque es ella quien gesta en su interior ese nuevo ser, entablando un lazo más profundo. Es la mujer quien más se ilusiona y sueña. Para un hombre es, por lo general, más fácil desentenderse o por lo menos enfocarse en lo 'técnico': la manutención, la planeación de gastos, etc. Especulo solamente, pues no pude hacer la experiencia y a fin de cuentas no estoy capacitado para ella, pese a la creencia de que el 'chip' de padre se 'activa' ante el nacimiento del niño. Es lo que se dice. ¡Qué sabré yo!

Entretanto 'S' se consuela pensando que, al menos por tres meses, fuimos padres, una familia nuclear. Consuelo que a veces comparto a pesar de mi escepticismo ante mi rol como posible padre. Y entiendo su insistencia en presionarme, en comprometerme con intentar la concepción de otro hijo en un par de años... pero de eso no estoy seguro y nada debo prometer.

sábado, 1 de marzo de 2014

Esperanza... ¿buena o mala?

Creo que depende del tipo o grado de esperanza y el momento en que ésta se presenta. Si atravesamos por un periodo particularmente aciago, una esperanza desbordada solo aumentará nuestra desesperación.

Apostaría por una esperanza moderada y realista, que nos auxilie en el momento oportuno y no genere un contraste punzante con la adversidad en turno.

jueves, 4 de octubre de 2012

Sobrevive.

Ignoro quién sea su autor pero esta imagen (o texto sobre fondo negro) resume la actitud que a veces estamos obligados a asumir.


Sopórtalo todo.
Prepárate para lo peor.
No te alteres por nada ni nadie.
Eres la única persona que se preocupa por ti.
Que ganar o perder signifique lo mismo para ti.
Tómalo todo con calma.
Tus preocupaciones te pertenecen solo a ti.
Tú puedes ayudarte a ti mismo más que nadie.
No esperes nada de la vida.
Lo que sea que te otorgue, bueno o malo, acéptalo.
Lo que eres es lo que mereces.
Aprende a estar solo.
Aprende a vivir con dificultades.
Sobrevive.

lunes, 6 de agosto de 2012

Ese fuego que consume el alma.

"Amor, siempre contarás conmigo..." 
"Y", un Domingo 30 de Enero de 2011.

"...¿Te confieso algo? A veces me haces falta. Como que me siento vacía cuando no sé de ti... estoy loca, ¿cierto? Te siento como parte de mi. Y cuando no sé de ti se me vienen muchas cosas a la mente.

Me siento muy orgullosa de tenerte a mi lado..."
"Y". Sábado 19 de Febrero de 2011.

 "– Mi amor, si llega el momento en que encuentres a alguien que te haga vibrar mucho más y dejes de sentir lo mismo por mí, por favor dímelo.
 – Mi vida, ¿por qué dices eso?
 – Porque posiblemente suceda amor... si dejas de sentir lo mismo, por favor dímelo, no sólo te alejes, sólo te pido eso.
 – Amor, me duele que pienses eso y no se por qué lo dices.
– Si ocurre dímelo. Te juro que no haré dramas ni nada de eso. Por ejemplo, me puedes decir 'Daniel, ¿qué crees? Sé que esto será difícil, pero he conocido a alguien y me gustaría intentar una relación con esa persona'. Yo entenderé..."
Fragmento de mi conversación con "Y", del Martes 22 de Marzo de 2011. 

Ayer Domingo supe que "Y" ya tiene una relación formal. Ha sido un día abrumador que aún no digiero y me ha espantado el sueño.

Creo que uno de los peores sufrimientos es ver cómo un vínculo que considerabas tan sólido y profundo se desvanece como si hubiera sido un espejismo. Llegué a pedirle, a suplicarle, una explicación clara de su resuelto alejamiento y jamás me la concedió. Me ignoraba deliberadamente y jamás supe por qué (cometí un error con ella pero su reacción fue desproporcionada; en fin, ahora ya no importa). Solo me descartó como si nada. Hubiera preferido que me confesara abiertamente su desprecio; eso me habría dado paz. Pero guardó total silencio.

He enfrentado magnas adversidades que aún no supero del todo. La muerte de mi madre. La muerte de mi hermano. La nociva dinámica familiar a que nos sometió mi padre. Ese horrendo año 2004, que me hizo coquetear con el suicidio. El cargo de conciencia por no visitar a mi abuela durante sus últimos años siendo yo su nieto consentido. El sacrificio de mi más querida mascota.

Y el doloroso tránsito del amor a la indiferencia de "Y" me ha atormentado tanto como cualquier adversidad anterior. No es la indiferencia en sí lo que hiere sino de quién proviene. Ella que alguna vez aseguró quererme y juró jamás olvidarse de mi, se fue distanciando poco a poco hasta ignorarme por completo. Y esa sensación de desconcierto por perder a alguien así y sin una causa que lo justifique te destroza el alma.

Es increíble cómo cambia la gente. Un día significas todo para una persona y al día siguiente no te recuerda. Ese tipo de rupturas causan un trauma e infunden la idea de que los vínculos son inestables o falsos, lo que hace que desconfíes de cualquier persona que dice apreciarte, porque temes que de súbito te trate como si no existieras. Incluso rompe tus esquemas de lo que consideras real. Yo comencé desarrollar una desconfianza hacia la realidad misma... ¿qué certeza puede ofrecer un mundo donde lo que más valoras puede dejar de existir en cualquier momento?

No creo exagerar al decir que en algún momento crucé la frontera de la cordura a la demencia y regresé porque mi psique apenas resistió, lo que no quiere decir que se haya recuperado. Por dentro estoy hecho pedazos. Para el ojo ajeno resultará un sufrimiento absurdo e innecesario. ¡Qué fácil es mandar al diablo a quien nos da la espalda! Pero hay personas que nos dejan marcados. Ella es el amor de mi vida, mi Talón de Aquiles.

Me da risa ese consejo que siempre alguien ofrece en esa situación. "¡Pues mándalo/a al diablo! Si no le importa lo que sientes, al diablo con él/ella; no vale la pena..." Ojalá fuera tan fácil activar o desactivar nuestras emociones a voluntad; entonces todos seríamos felices. La realidad es que puedes estar peleado con medio mundo o ser ignorado por él sin que te afecte para nada. Pero si aquella persona que tanto quieres rompe el vínculo que te une a ella... eso te destruye.

Me he planteado una pregunta que me asusta. ¿Volveré a enamorarme tan intensamente de alguien más como me enamoré de "Y"? Creo que es imposible. Ella llevó mi cerebro, mi psique y mis nervios al límite. Me hizo conocer estados de obsesión, ansiedad, melancolía y desesperación tan agudos que dudo volver a experimentar una mezcla de emociones tan brutal. Simplemente mi interior no es capaz de tolerar algo más potente. Y no puede existir estímulo más violento que ella.

Estoy tan cansado... este año y medio ha sido un verdadero padecimiento. Tengo qué liberarme de esta terrible dependencia. Reconstruir mi vida y mi mundo interno. Y recuperar esa relativa paz que mi ardiente amor por "Y" me arrebató.

jueves, 19 de abril de 2012

Situaciones límite.

[Bajo la etiqueta "Archivo del Foro" rescato algunos textos y respuestas del foro en que participé ocasionalmente por un año y medio.]

Encierro total.

17 de Enero de 2011.


Estuve como tú. Tampoco salía de casa, no hablaba con nadie por días y pasaba mucha angustia ante la idea de salir, o incluso al recibir alguna visita, que se mostraba sorprendida de mi estado desaliñado, lo que me hacía sentir más hundido. Lo que hice fue obligarme a salir. Primero a darle vuelta a la cuadra, resistiendo esa angustia y examinándola al mismo tiempo. Al regresar a casa me daba cuenta de que el temor a salir o ser visto no residía en el hecho en sí, sino en mi propia inseguridad. Pero al día siguiente el temor se había re-implantado en mi mente, y de nuevo me obligaba a salir, recordando la noción a la que había llegado el día anterior. Así fui ganando terreno.

Todavía siento algo de temor a salir, pero éste ya no me frena ni me gobierna. No lo he vencido del todo, pero ya no me siento petrificado al salir o convivir con otras personas. Te recomiendo ese "ejercicio", lo importante es que antes de salir te relajes (así, como Spiderman). No te tenses ni adoptes una actitud defensiva, porque eso incrementa la angustia. Piensa que las personas que te llegues a encontrar no son mejores que tú, son sólo simples mortales.

Sé que se leerá obvio, también te sugiero acudir con un profesional. Y no hagas caso de lo que tu familia dice. Que tu objetivo sea salir adelante. Lo importante es que quieres cambiar tu situación. Así que la voluntad la tienes. Sólo te falta esa pequeña ayuda la cual, la mayoría de las veces no llega sola. Tienes que buscarla. Y también tienes este foro.

Primeras experiencias laborales.

16 de Enero, 2012.


Las primeras experiencias laborales no fueron muy gratas. Para empezar, mi búsqueda de empleo fue bastante penosa. El temor me obstaculizaba siempre. Me ponía nervioso de sólo pensar en tocar una puerta o entrar a un local y solicitar empleo. Simplemente no lo soportaba. Muchas veces el miedo a hablar con otras personas era tal, que pasaba de largo frente a los locales donde solicitaban gente. Así perdí varias oportunidades. También, era constantemente rechazado por no llevar algún documento (CURP, una carta de recomendación, etc).

Por cierto, en todo ese periodo jamás conté con ningún apoyo, ni moral ni económico. Llegó el momento en que, ya con poco dinero, debía meditar cada gasto y muchas veces debí recorrer largas distancias a pié a fin de ahorrar en pasajes y hacer rendir el dinero al máximo. También me quedé días sin comer. Es horrible irse a la cama con el estómago vacío, la angustia de la situación en general y el temor de enfrentarla al día siguiente.

Una vez encontré empleo lavando autos. Me contrataron sin necesidad de documentos. Estaba desesperado y lavé autos por una semana. Desistí debido que era extenuante y al temor de que algún vecino me reconociera, ya que el local quedaba relativamente cerca de mi casa.

Sí, era un sufrimiento absurdo (bien pude pedir ayuda), pero entonces mi fobia social se encontraba en su grado más intenso, lo que me impidió hacer cosas que de ordinario haría.

Poco después conseguí un modesto empleo en una pizzería como ayudante general. No me satisfizo (ahí sufrí un poco de bullying) pero al menos ya tenía una fuente de ingresos que me permitiría remontar un poco. Fue mi primer empleo formal por decirlo así, y tampoco duré mucho (tres meses). De hecho durante ese tiempo era bastante inestable y brincaba de un empleo a otro, con largos periodos de inactividad. Pero eso de algún modo me ayudó a ganar confianza.

Todo esto fue hace 10 años ya.

Actualmente mi vida laboral es... aceptable, por no decir mediocre. No gano tanto como quisiera, pero alcanza para pagar las cuentas y el sustento básico. Me he acostumbrado a los percances propios de cualquier entorno laboral: los conflictos, las habladurías, los abusos, pagos retrasados o incompletos, la posibilidad de un recorte de personal, etc. De cualquier modo, me encuentro mejor que antes. Esa época me desgastó demasiado y en realidad no aspiro a mucho.

¿Te sientes y estás solo día a día?

18 de Febrero de 2012.


Me siento aislado a pesar que de mi estructura de vida me obliga a convivir con otros. Pero es una convivencia superficial que no va más allá. De algún modo es como estar solo, pues jamás se comparte alguna inquietud personal. Es como introducirse a una obra de teatro cuya historia es prácticamente inalterable y en la cual no se puede incidir mucho. No es que la vida sea así. Lo es sólo para quien vive sometido por su apocamiento.

La mayor parte del tiempo estoy físicamente solo. Aunque tengo parientes jamás les hablo y ellos tampoco a mi. No voy a visitarlos, así como ellos tampoco vienen a visitarme. Amigos, pareja... ni pensarlo. Mi círculo social es limitado, por no decir inexistente. Mi compañía constante es un gato. Llevo una vida tranquila, sin emociones fuertes, pero solitaria.

Uno nunca se acostumbra totalmente. Siempre habrá la necesidad de un oído amigo que nos conceda un poco de comprensión o empatía y no juzgue. Yo sobrellevo esas carencias emocionales y períodos difíciles con un diario, meditación, lectura y ejercicio, básicamente. Antes la soledad me oprimía, la consideraba injusta. Ahora he aprendido a lidiar con ella.

¿Cuánto se puede soportar? No lo sé. Mi período de aislamiento más extenso (no salir a la calle, no hablar con casi nadie) duró poco más de un año. Experimenté una especie de "parálisis emocional" en la que no sentía nada, no me importaba nada. Las personas me parecían entes fantasmales, intangibles. Perdí contacto con la realidad y fue la necesidad económica lo que me obligó a reintegrarme a ella. Fue muy difícil porque ya no me sentía parte de este mundo. No sé qué habría pasado de seguir así. Quizá habría perdido la razón o me habría muerto de hambre.

martes, 17 de abril de 2012

Rutina provisional.

Para impedir el deterioro físico lo más posible, me estoy enfocando en ejercicios compuestos. Con la rutina que he diseñado no desarrollaré masa muscular pero me mantendré fuerte hasta que mis circunstancias mejoren. Cada hora realizo una rutina como esta:

  • Abdominales / 50 reps.
  • Lagartijas / 10 reps.
  • Peso muerto / 10 reps.
  • Remo con mancuernas / 10 reps.
  • Sentadillas / 10 reps.
  • Dominada en barra / 3 reps.

Por lo general la realizo tres veces al día. A veces cuatro pero no más de cinco. Es lo más que puedo hacer actualmente debido a mi astenia producto de una dieta insuficiente. Subí a Facebook un par de fotos en mi actual estado y ¡oh, ironía! los comentarios han sido positivos.

Les respondí honestamente: en persona me veo más delgado.

"Wounded Warrior", de Arno Breker.

viernes, 12 de agosto de 2011

Crónica de una preocupación vana.

— Jueves, 4 de Agosto del 2011.

Estoy inquieto. La Señorita «Y» se encuentra en Ciudad Juarez por negocios. Hace más de un mes me dijo que pensaba irse a vivir fuera de la Ciudad... lejos. Sus planes cambiaron y decidió quedarse, pero sí realizaría ese viaje a Ciudad Juarez. Le dije que se mantuviera en comunicación constante, escribiendo en Facebook (por fin le encuentro sentido real a las redes sociales) a través de su Blackberry. Salió ayer a las 4 de la mañana.

Y de nuevo, me he quedado sin Internet. Me frustra la fragilidad de la comunicación. Que el espectro de nuestro vínculo se reduzca a algo llamado «sitio web» y que éste no me sea accesible, me hace sentir estúpido. Mi preocupación se veía reducida al accesar a su muro y ver sus comentarios. Todavía en la tarde alcancé a ver un par de fotos de su viaje. No me queda mas que limitarme a la expectativa: espero que todo resulte bien y regrese pronto.

Afortunadamente no va sola, pero se me antojaban ideas quizá un tanto ilusas. Se me ocurrió intentar persuadirla a que desistiera de hacer ese viaje. Otra idea, más realista, la de ir con ella. Ambas quedaron en fantasías que ya no vienen al caso. El presente es lo importante. Y no puedo evitar pensar en los peligros reales a los que se ha expuesto al viajar allá. Peligros que nos rebasan, que no podemos enfrentar con razonamientos.

Ciudad Juarez es considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo. Ubicada en la frontera México/Estados Unidos, es la línea de guerra entre narcotraficantes. Todo tipo de crímenes se dan ahí. Secuestros, asesinatos, gente que desaparece. Tiene el índice más alto de feminicidios, alrededor de 4000. Las «autoridades» no enfrentan el problema. Por el contrario, son pasivas o peor aún, partícipes de lo que ahí ocurre. Un asalto común es lo de menos.

Ella se encuentra allá y yo no puedo hacer nada. Y aún si estuviera con ella... ¿qué podría hacer yo en caso de que alguna adversidad nos alcanzara? Ningún razonamiento penetra en un ser sin conciencia ni alma; en cambio un ser pensante es completamente vulnerable ante una persona cuyo poder reside en un arma. Eso destruye la idea romántica de que uno tiene control sobre su vida. La realidad es que mucho no depende de nosotros, menos en este país donde la inconsciencia manda.

Es vano angustiarse con ideas inservibles. Mañana me comunicaré por ella por teléfono. Y sólo resta esperar, con calma y paciencia, su regreso. Es todo lo que tengo.

PD: aunque no tengo conexión a Internet estoy sentado frente a la computadora, escuchando algunos audios de un programa nocturno sobre «conciencia» que solía escuchar. No está mal para despejar la mente un poco.

— Viernes, 5 de Agosto del 2011.

Mi mayor preocupación es la incomunicación en que me encuentro. Se me hizo un poco desesperante, así que en la tarde me vestí y decidí salir a caminar. Me hacía falta estirar las piernas un poco. Aproveché para recorrer esas calles que tanto me gustan y depositar saldo a mi número. No lo suficiente para hacer una llamada, pero si para enviar constantes mensajes cortos a la Señorita «Y» en lo que vuelvo a tener Internet.

La quiero mucho, la extraño. Espero que lea el par de mensajes que le he enviado y pueda responderme, aunque sea con un mensaje corto; solo eso y me sentiré tranquilo. Me preocupa no saber de ella...


— Lunes, 8 de Agosto del 2011.

Parte 1.

En verdad que estar incomunicado produce una sensación de aislamiento. No me había dado cuenta de la influencia de los medios electrónicos en mi psique. De repente me había servido de este medio para llenar muchos huecos, incluso percibo un grado de adicción. Tengo ya la necesidad de estar enterado de todo un poco, de recibir cierta dosis de información, de saber qué hacen mis amigos o personas por las que siento cariño.

No me gustan los establecimientos públicos de Internet. Además de que me parecen inseguros, no hay intimidad. Aborrezco el ojo ajeno, intrusivo con los asuntos que no le conciernen. Pero creo que mi necesidad de saber de la señorita «Y» (que no ha respondido mis mensajes de teléfono) me obligará a pisar uno de esos locales. Como la desesperación que me sacó de casa el Viernes pasado a depositar crédito en mi teléfono.

Pero es la 1 AM. Creo que es momento de descansar y dejar de pensar tanto. Mis pensamientos en nada ayudan a «Y», ni a mi.

Parte 2.

9:40 PM. Siempre he sido fatalista... al menos desde que descubrí el aspecto crudo de la vida. Ahora vivo con temor a las sorpresas negativas. Ya me ha sucedido varias veces que, cuando bajo la guardia y comienzo a disfrutar de las cosas, la vida me sorprende con algún hecho desagradable. Pero también me ha pasado lo contrario. Cuando predigo lo peor, todo resulta inesperadamente bien.

La incertidumbre es tierra fértil para el negativismo. Cuando no sé sobre alguien comienzo a tener un «mal presentimiento». Desde que no tengo noticias de la Señorita «Y», me invaden pensamientos trágicos. Cuando logre comunicarme con ella, y me informe del éxito en sus planes, me alegraré de poder reprenderla a modo de juego por no reportarse conmigo y de saber que todas mis preocupaciones fueron vanas.

Tengo otros problemas encima, pero no son nada comparados con la inquietud que me produce su bienestar.


— Miércoles, 10 de Agosto del 2011.

Es oficial: tengo una incapacidad extraordinaria para aplazar soluciones. 8 días sin Internet. La ansiedad de estar «desconectado» comienza a ser más llevadera. Será la costumbre de aceptar contrarios. O esa manía de aceptar pasivamente condiciones que me molestan.

Ocho mensajes y ninguna respuesta... eso sí me preocupa. E inmerso en un período aciago que me impide pagar una simple llamada. Soluciones que no se generan ni para los problemas más sencillos. El destino de un hombre que piensa mucho y actúa poco.

Releyendo algunas viejas conversaciones para compensar su ausencia y el no saber de ella. Hace años, en momentos de gran desesperación, al punto de sentirme abandonado, sentí la tentación de orar. Esa declaración de impotencia total, recurso del que ha llegado a su límite.

Hoy tengo una sensación similar. En mi interior surge un pequeño ruego hacia ti: señorita «Y», ojalá te comunicaras conmigo. Un mensaje breve cuando menos. Un simple «Hola, estoy bien» bastaría. Tres palabras que colocarían todo en su lugar. No pido más.

Entretanto, paciencia. Esa insípida paciencia.

— Viernes, 12 de Agosto del 2011.

Ya tengo Internet. Ella regresó a casa el Sábado 6 de Agosto en la noche. Todos los mensajes que le envié se perdieron en el limbo de su chip en desuso. No quiso proporcionarme su nuevo número. Tampoco me envió un mensaje por ningún medio para informarme de su regreso.

Su viaje fue todo un éxito.

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