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sábado, 9 de junio de 2018

Ideas de venganza.

Se han vuelto recurrentes ciertas ideas de venganza. Quiero pensar que son solo una etapa pero se han vuelto crónicas. Las tengo en cualquier momento del día sin siquiera alimentarlas o darles juego. Aunque no aparecen de la nada: en el fondo sigo molesto por la pérdida. No fue algo así como un robo común: todo registro fotográfico de mi madre y mi hermano desapareció, terminó en la basura, desechado con indiferencia por la gente más detestable. Vamos, no fue como perder un estúpido iphone.

El estrés de las audiencias me ofuscó y cuando estas terminaron, entré en un estado de «sedación» emocional. No sentía nada. Quería alimentar sentimientos de victoria por haber sentado a esos idiotas frente a un juez, pero la realidad es que no se hizo justicia. Y aunque ya lo había previsto no quedé del todo satisfecho.

Cuando volví a mis estados emocionales habituales fue que esas ideas de venganza emergieron. Supongo que es normal experimentar eso por un tiempo, pero tales pensamientos no me parecen sanos. De hecho son bastante atroces y sería de mal gusto detallarlos. Baste especular de qué sería uno capaz si le fuera posible aplicar justicia propia contra un delincuente.

Jamás llevaré a cabo nada de lo que imagino, y no lo haría aunque tenga la posibilidad. Si bien esa gente y sus actos merecen castigo, no seré yo quien lo imparta y tampoco las leyes, que a diario muestran su ineficacia. De hecho lo más común en el sistema de ¿justicia? penal actual es condonar los delitos y liberar a los infractores. Cada vez que veo las noticias me es más evidente que toda esta supuesta justicia que según procura el sistema penal en mi país es sólo teórica, inaplicable al mundo real.

De ahí que el ciudadano común, en su desesperación, en su anhelo de equilibrar la balanza a su favor, sueñe con, o de hecho busque «alternativas». No es difícil en México contratar matones o sicarios que le den caza a las lacras que nos perjudicaron, en reemplazo de una justicia inexistente. Infortunadamente no tengo el estómago para hacer eso, pero si llegara a tenerlo, de qué serviría. No recuperaría lo perdido.

Aunque el mundo sería mejor sin esa gente.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Calaña.

La mayoría de las veces que
genero sospechas sobre alguien, el tiempo eventualmente las confirma. No es una cualidad; no es instinto. Tan solo sentido común: existe una alta posibilidad de que alguien cercano a nosotros, tarde o temprano nos agredirá de algún modo.

¿Profecía auto-cumplida? No.
Más bien indicios. Si tal persona cercana tiene desavenencias o conflictos constantes con los demás a su alrededor, su patología apuntará eventualmente hacia nosotros.

Menciono esto por un incidente hace poco en casa de "S". No voy a contaminar mi diario con cada incidente de bajo nivel de que soy víctima o testigo en ese lugar. Tan solo quiero asentar cuán distante me encuentro de esa gente. "Mezquindad" es el término que viene a mi mente cada vez que recapitulo mi trato con esa calaña.

sábado, 1 de septiembre de 2012

De mi ex aprendí...

A no volver a involucrarme con nadie si quiero conservar mi salud emocional, mi libertad y paz interior.

A revalorar mi soledad e independencia.

A no abandonarme y seguir andando con el alma hecha pedazos.

A ser prudente y desconfiado, y a mirar con sospecha las muestras de afecto.

A restringir mi apego a lo que dependa de mi y no me vuelva vulnerable.

A cultivar un estado de sana indiferencia.

Lo falso, frágil e inestable que puede llegar a ser un vínculo emocional.

Que fallé al otorgarle el poder de hacerme sentir el más dichoso o el más miserable.

Que el alma es resiliente y aunque se desquebraje, puede reconstruirse poco a poco del golpe más brutal.

jueves, 26 de enero de 2012

Opuestos.


Dicen que los opuestos son gemelos pero, definitivamente no creo que sea así. Mi principal opuesto siempre ha sido mi padre. Creo que soy su antítesis. Cuando yo lo conocí, él y mi madre ya estaban separados. Los motivos de su separación me los contó ella tiempo después, y no podría reseñarlos todos aquí; sólo diré que el convivir con la familia de mi padre fue para ella una auténtica pesadilla.

Nosotros vivíamos en casa de mi abuela y él iba a visitarnos regularmente. Quienes me cuidaron en ese entonces fueron mis tíos, mi abuela y mi madre, así que él era para mí un extraño. Después, mis padres decidieron vivir juntos de nuevo, ignoro por qué razón. Por entonces mi madre aún lo quería, y supongo que él supo aprovechar eso para engatusarla. Mi padre siempre se ha distinguido por su extraordinaria labia. Y reitero, extraordinaria. Es una habilidad que ha ejercitado deliberadamente y le ha rendido buenos frutos. Le ha valido respeto y admiración. La mayoría dicen de él que es muy culto, inteligente y acertado en sus conceptos. Mucha gente se acerca a él para pedirle algún consejo, y él sabe aprovechar eso para mantenerlos emocionalmente enganchados, fomentando su buena imagen.

El punto es que yo comencé a convivir con él desde los cinco o seis años, cuando nos mudamos para vivir «en familia». Él, mi madre, mi hermano y yo.

Desde niño lo recuerdo como un tipo arrogante. Tenía un complejo de superioridad exagerado. Para él prácticamente todos a su alrededor eran estúpidos, incultos e ignorantes. Era incluso racista. Tachaba a los demás de «nacos» o «indios», algo muy contradictorio siendo él mismo de piel morena. Por cierto, estas actitudes siempre las tuvo en casa. Que yo sepa, jamás tuvo el valor de expresar su desprecio directamente a aquellos a quienes se refería; por el contrario, con ellos en persona era muy «propio», amable y cortés. Un maestro de la hipocresía.

Su trato a nosotros era déspota también, aunque jamás nos faltó nada. Pero sus intentos por educarnos eran esquizofrénicos. Cada consejo suyo conllevaba algún comentario negativo hacia algo o alguien, a la vez que nos instaba a hacernos valer como si fuésemos superiores al resto. Siempre trató de inculcarnos algo así. En cambio, cuando cometíamos algún error, o no actuábamos como él quería, se tornaba en extremo despectivo y hacía lo posible por rebajarnos con largos sermones en los que se deleitaba señalando nuestras fallas. Su intención era vencernos psicológicamente a modo de controlarnos como si fuéramos robots.

Si mi madre intervenía, la bombardeaba con argumentos sobre la «ética» y «el buen comportamiento» que ella no era capaz de refutar, no por su certeza sino por la habilidad con que los exponía (bien ensayados los tenía el tipo). Claro, intercalaba disimuladas ofensas en su discurso: de pendeja no la bajaba. «Pinche Rosa pendeja, tú no educas bien a estos cabrones», le decía. Por supuesto, él no cometía errores y jamás se equivocaba. Al día siguiente nos llevaba de paseo a visitar a la familia o a algún restaurante, y si en apariencia eramos una familia sana o normal, en el fondo vivíamos bajo cierto «terrorismo psicológico», constante y sostenido de su parte, imperceptible para el resto.

De niños, había contra nosotros otro tipo de abuso, y ésta es la primera vez que lo menciono. Él solía tocarnos, a mi hermano y a mí, ocasionalmente, de modo inapropiado, pasando su mano por debajo de nuestra espalda, cuando entrábamos a la cocina y debíamos pasar por el sillón en que se sentaba. Recuerdo la molestia que esto me causaba, pero con nueve años era incapaz de discernir si era abuso o no. Mucho menos se me habría ocurrido denunciarlo. Mi madre observó varias ocasiones esta conducta suya, y aunque la desaprobaba, él reía y se justificaba con algún argumento barato, «Oh pendeja, ¿qué tiene? Son mis hijos...».

No voy a relatar aquí todo el drama familiar; esto es un comentario tangencial solamente. Pero a medida que íbamos creciendo, se fue marcando una división en el círculo familiar. Yo siempre fui muy, muy apegado a mi madre. Incluso, ya con diez u once años, me entristecía el no estar cerca de ella. En cambio, entre mi padre y hermano siempre hubo preferencia mutua. Ya entrados en la adolescencia mi padre comenzó a perder autoridad, así que su estrategia fue variar los abusos, que no disminuirlos. Ya no los dirigía directamente a nosotros; ahora éramos objeto de sus indirectas. Ya no se atrevía a golpearnos; pero sí dañaba nuestras posesiones materiales.

Debo decir algo. Fueron sólo contadas ocasiones en que nos golpeó. Yo recuerdo tres o cuatro. A mi madre la golpeó un par de veces; son las veces lo presencié. Pero más que desquitarse físicamente con nosotros, lo hacía con los objetos de la casa. Una vez que mis padres discutían, él se levantó, tomó una silla y comenzó a azotarla contra la televisión. En otra ocasión, en que mi madre señaló una mentira suya, tomo objetos de su tocador y comenzó a aventarlos a las paredes del cuarto. Su último desplante de violencia fue por mi causa, hace siete años. Entró a la cocina y comenzó a romper los platos, azotándolos contra el suelo. Yo me encontraba presente, pero no me dijo absolutamente nada. Y esto me obliga a reseñar cómo perdió todo valor y autoridad.

Su autoridad fue, no sólo cuestionada sino derrumbada definitivamente cuando mi madre se encontraba enferma por el cáncer. Cuidada por mis tíos (con quienes tengo una deuda infinita), comenzó a sentirse mejor y decidió visitar la casa. La tensión entre mi padre y ella era evidente, ya que él nunca fue a visitarla esos días. Pues comenzaron a discutir en la sala. Déspota y altanero como siempre, se levantó y comenzó a esgrimir uno de sus clásicos discursos. Jamás he sido una persona violenta. Pero el ver a este imbécil balbucear, en voz alta, justificaciones a mi madre, indefensa y ya debilitada físicamente por la enfermedad, hizo que me hirviera la sangre. Sólo recuerdo que salí de mi cuarto, me paré enfrente de él y le dije, «¿¡Quieres que te rompa tu pinche madre, cabrón!?». Se sentó y comenzó a decir cosas que no entendí, pero ya en voz baja. Esperaba que respondiera pero no lo hizo; se encontraba bastante contrariado. Mi madre intervino y me dijo que me calmara... no sé cómo me contuve pero, por ella no fue él a parar al hospital. Siguieron discutiendo pero esta vez yo estaba presente, cuidando que él no volviera a subir su tono.

Claro que no dejó de ser soberbio, pero ahora ya sabía que «las reglas del juego» habían cambiado. De ahora en adelante, encontraría oposición y resistencia que él no era capaz de contrarrestar directamente.

Unos meses después, en Enero de 1999, ella sufrió una recaída de la cual ya no se recuperó. Y aquí entra en juego la marcada división familiar que mencioné antes. Aunque la muerte de mi madre nos obligó a una «tregua», no significa que la enemistad se haya desvanecido mágicamente, mucho menos que la tragedia disolviera nuestras diferencias. Es ingenuo pensar que las cosas se olvidan y ya. Yo no puedo cegarme y hacer como si nada haya pasado. Es una idiotez pensar que estrechar la mano de tu enemigo hace que éste suspenda sus hostilidades. También considero una estupidez eso del «perdón», porque implica una actitud pasiva, propia de alguien que se tiene en tan poco, que permite ser abusado y aprobar esos abusos.

Bien, pues nuestras diferencias comenzaron a emerger nuevamente, con un elemento distinto: el incondicional apoyo de mi hermano hacia él. Mi hermano comenzó a adoptar sus métodos y actuar en «mancuerna» para hacer mi estancia en la casa un tanto «incómoda» y propiciar mi salida de ella, lo cual no sucedió. Mi padre fue muy hábil y paciente trabajando esa predisposición que mi hermano ya tenía para conmigo. Y me molesta que lo haya colocado en tan desfavorable posición. Lo que mi padre buscaba era una confrontación física entre nosotros, alimentando su odio hacia mi, lo cual tampoco se dió. Pero sé que él hubiera disfrutado ver a mi hermano agarrarme a golpes. Sin embargo, sí le causó mucho daño a mi hermano, quien finalmente dejó de ser él mismo; su personalidad se diluyó en la de mi padre, formando ambos una extraña relación co-dependiente.

Pero yo no tenía empacho en señalarle a mi hermano las intenciones de mi padre, y muchas veces me pareció que, a pesar de que la influencia de aquél era casi total, llegó a tomar en cuenta mis observaciones. Le dije cosas muy duras y lamento que mi padre, cobardemente, lo haya usado como arma y escudo. Pero debo decir que todo lo que ambos montaron en mi contra, fracasó. Sí, experimenté mucho coraje, mucha impotencia, pero más que descender a su nivel realizando actos similares a los suyos (que sí llegué a hacerlo) aproveché esos incidentes para conocerme y fortalecerme internamente. Ya sabía yo que al llegar a casa, encontraría ora basura en mi cuarto, ora algún objeto roto, ora mi gatito con la boca sangrando, ora la llave de gas cerrada, ora un diálogo entre ellos plagado de indirectas.

Recuerdo una de nuestras últimas charlas. Mi hermano me lanzó una indirecta, refiriéndose a «los idiotas que se la pasan leyendo». Le dije que claramente no era consciente de lo que habíamos perdido. Nuestra educación trunca nos negó una cantidad invaluable de conocimiento, y yo lo único que hacía era tratar de compensar esa tara educacional. También le dije que jamás ha ocurrido que alguien se vuelva idiota por leer regularmente, y que en cambio, el alcohol, el sedentarismo y las emociones negativas sí que deterioran a la gente.

Quería y quiero mucho a mi hermano. Pero debido a las manipulaciones de mi padre, tengo sentimientos ambiguos hacia él.

Mi hermano padecía obesidad mórbida y falleció de un repentino infarto, a sus 30 años, en Enero del 2008. Entonces mi padre se quedó sin su principal herramienta, y desarmado, suspendió definitivamente toda hostilidad hacia mi. Incluso se ha tornado «amistoso». Hace dos años me invitó a comer a un Vips. Creo que, más que intentar compensar sus acciones movido por la culpa, lo hace para protegerse. Quizá teme que yo tome ventaja. Lo haría si quisiera, pero no viene al caso importunar a alguien que no ha sabido proceder en la vida de forma honorable. Sin embargo, si mi hermano aún estuviera vivo, seguirían practicando la misma vieja dinámica. Debe ser frustrante para él no poder hacerlo, y tener qué fingir benevolencia. Pero estoy seguro que jamás se arrepentirá de lo que hizo. En su mundo, él siempre ha hecho lo correcto. Somos nosotros, los pendejos y jodidos, quienes nada sabemos de ética, responsabilidad, integridad, reciprocidad, etcétera.

Pero debo nivelar la balanza. No todo fue estrictamente malo. Como familia tuvimos muchísimos buenos momentos. Con respecto a lo material, no puedo quejarme. Fui el clásico niño consentido, y tuve cada juguete codiciado en su momento. Siempre en vacaciones viajábamos a Oaxtepec, Vista Hermosa, etc. Pasamos Navidades y Años Nuevos entrañables. Muchas veces mi padre jugaba con nosotros. Recuerdo una vez que mi hermano y yo arrojábamos globos con agua a la gente. Mi padre se nos unió, llevando el juego más allá, arrojando dos globos de agua a una patrulla. Me pareció excesivo, pero debo admitir que también gracioso.

En lo que a mí respecta, estamos a mano. No tengo y jamás tuve malas intenciones para con él. Pero sí me da risa cuando algún conocido me pregunta ingenua y estúpidamente, «¿Ya te llevas bien con tu papá?».

No he escrito esto para despertar compasión, ni para victimizarme o difamar a mi padre. Simplemente hoy estaba en vena para tocar el tema. Además, se dice que «quien no critica al padre, se convierte en el padre», y creo que es necesario observar y reconocer tan nefastos hechos para no reproducirlos. Además, nunca he hablado de esto con nadie, y creo que al menos tengo el derecho de escribir vagamente sobre ello.


viernes, 29 de octubre de 2010

Om.

Ahí está, importunando. ¿Es mi imaginación o realmente es tan malo? Parece que se empeña en ser desagradable y lo consigue exitosamente, para hacerse notar. Intento hallarle cualidades que modifiquen mi concepto sobre él: no las tiene. Bueno, debo ser justo. Su única virtud es su ausencia, pero esta aún no se hace presente. Tendré que esperar.

Está por demás sugerirle algún cambio. Hacerle notar a una persona sus defectos, que esta los acepte e intente cambiarlos, eso jamás ha sucedido. Aquí todos somos perfectos. Tendré que buscar las causas de mi rechazo hacia este ente en mí mismo: no es él sino mi intolerancia.

Por este tipo de gente coqueteo con el Ateismo. Si Dios existiera no le concedería a estos seres el privilegio de vivir. Dios, si realmente estás ahí, y eres tan piadoso como presumen tus creyentes, no te pido que lo elimines, ni que lo arrojes por una eternidad al Hades, solo que lo expulses a algún lejano páramo donde no moleste a nadie.

Sigue aquí. En efecto, Dios no existe. Al menos lo intenté.

Hay males que son inevitables. Ante la impotencia que estos producen, es mejor cambiar nuestra actitud hacia ellos y tratar de darles un sentido elevado, por ejemplo, como medio de superación espiritual: la vida me ha colocado en una situación de convivencia con este ente para desarrollar paciencia, tolerancia y comprensión. Y aunque se roba mi oxígeno, también tiene derecho (inmerecido, dicho sea de paso) a existir.

Esta es la única ventaja que se me ocurre sacar de mi desafortunada situación, de su presencia pestilente. Literalmente. El tipo mantiene contaminado el ambiente fumando inmisericordemente. Su organismo no parece resentirlo. Me pregunto si algún día lo hará. No es que lo desée...

jueves, 7 de octubre de 2010

Los vecinos.

Una detestable entrada que nunca publiqué en mi blog "oficial". Estaba "cabreado" cuando la escribí. Data de Febrero del 2010, según recuerdo. Soliloquio incómodo para mí, pero que no me atrevo a eliminar, no sé por qué. Quizá porque contiene algo de verdad. En mi soberbia hasta me atreví a citar a Wilde.

"Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo."
Oscar Wilde.

Los vecinos. Esos seres reptantes que rompen sistemáticamente con cada norma de convivencia; que irrumpen en tu casa sin entrar en ella, gritándose los unos a los otros por no haber aprendido a hablar, gruñendo cual cerdos en rastro. Te enteras de todas sus problemáticas sin salir de tu casa.

Que observan a otros con desdén, convencidos de su superioridad (o tal vés fingiéndola), basada posiblemente en algun bien adquirido recientemente, como un auto o un otro bien; o talvés en una gran hazaña como haber tenido sexo, disparado un arma o matado a alguien. Seres determinados por el entorno, incapaces de contener una sola pasión. Obtienen su mayor realización en robar un auto o cualquier otra indignidad.

Se tornan hostiles a quien perciben distinto, e intentan parecer altivos ante él, como marcando su territorio, lo que parece un esfuerzo por hacerse notar, quizá porque en el fondo se saben insignificantes. Gente sin poder, inferiorizada.

Vacíos, carentes de humanidad y nobleza, viven como animales. Guiados por su instinto, por supervivencia, por placer; criados por la inercia de las circunstancias, sin ningún tipo de influencia que los refinara. ¿Libros, música, arte? No existen en su mundo. Ellos idiotizan su cerebro con televisión.

Él, un obrero agobiado por las deudas y el trabajo, incapaz de vislumbrar el mínimo aspecto del verdadero sentido de la vida. Su esposa, o la p****e perra, como él le llama a gritos, se dedica a cocinar y cuidar a los hijos. Éstos, pequeños sub-humanos que no respetan a nadie por imitación de sus padres. Una prole miserable que se reproducirá infinitamente, socavando a la sociedad.

Sus fines de semana, definidos por los estímulos de siempre: alcohol, música y una "conversación" que siempre girará en torno a la defensa de un equipo de futbol o un partido político, y que finalmente degenerará aún más en misoginia y albures. Reuniones que siempre terminan en golpes. Su "música", primitiva. Reggaetón, duranguense, norteña, rancheras, cumbias, narco-corridos. Música para aturdir los sentidos, la favorita del populacho. Sus días de descanso, prestos para ver "el fut", comiendo tacos y bebiendo cerveza o una michelada "pa' la cruda".

Tal es su modus vivendi, embrutecedor. Tales son ellos, seres innecesarios. Hijos de la masa que reducen todo a su medida.

martes, 13 de julio de 2010

Habla mi Sombra.

Las primeras entradas de un blog en el que pensaba darle salida a cuestiones un tanto escabrosas:

— Introducción.

Este blog aloja esos aspectos de mi personalidad que podrían considerarse pesimistas o negativos y conforman mi lado oscuro, la otra cara de mi alma.

Quienes me "conocen" se sorprenderían si lo leyeran. Pensarían que no soy yo el que escribe. Posiblemente se escandalizarían y no tardarían en cuestionarme y juzgarme. La gente hace eso automáticamente, clara muestra de su incomprensión. Por eso escribo para mí aquí y desde el anonimato, para evitar esa condena.

No pretendo ofender a nadie, tan sólo exponer conceptos que han atravesado mi mente y cuya existencia asumo. Esto es un ejercicio parcial de sinceridad. Lo ideal sería vincularlo a mi perfil pero no tengo el valor para ello. Quizá despues.

Considérense estos pensamientos como simples borradores que no me atreví a publicar en mi blog oficial.

— Algunas puntualizaciones.

Tengo 30 años y no estoy conforme con lo que ha sido mi vida, aunque no creo que haya alguien enteramente satisfecho con la suya. Soy un hombre que no confía en las circunstancias pero está obligado a depender de ellas, así que no acostumbro hacer planes. Soy de los que sobreviven y la van llevando. Me considero objeto de ciertas injusticias que tal vez mencione, pero no me victimizo. Al contrario, soy despiadado conmigo mismo.

Pero ya que mi vida ha sido más o menos así durante estos últimos 10 años, estoy acostumbrado. Y es mejor ahora por la ausencia de ciertos factores de los cuales quizá hablaré. Cierta fortaleza se ha cristalizado en mí pero no podría definir su grado. Soy sensible a la vez que indolente, como un samurai que escribe poesía después de un combate. A pesar de las malas experiencias me jacto de no haberme envilecido tanto, sólo se ha agriado mi carácter. Pero no perjudico ni agravio a nadie porque entregarse a esas debilidades denigra la propia alma. De hecho, estas adversidades, de las cuales posiblemente escriba, me han volcado a la superación personal, así que las he canalizado bien. Hice lo mejor que pude en esas circunstancias y creo que lo sigo haciendo.

Y me siento con derecho a externar algunas cosas en este blog provisional, sin rendirle cuentas a nadie de mis motivaciones ni dar más explicaciones o detalles de los que considere convenientes.

— Lo que se lleva dentro.

Omnia mecum porto se refiere a los bienes que uno lleva dentro; esos bienes son principalmente la sabiduría y la virtud. Estoy de acuerdo con este concepto, pero en mi interior resuena con otra connotación. Lo que uno lleva dentro es lo que se ha callado por años, por carecer de un medio de expresión, no saber cómo expresarlo o no sentirse libre de hacerlo. Ese mundo interno que vive socavado por ajustarse a la norma. Ese espíritu constreñido a un silencio opresor fomentado por la consideración para con el prójimo, ante la cual cede siempre a la vez que se le niega un recogimiento pleno, libre y sano.

Lo que uno lleva dentro es la mella producto de la lid con esos entes que por más cercanos más mortales. Seres que enferman con el veneno de la envidia, la represión y la inseguridad. Que aguardan para infectar el brío con la ponzoña de la uniformidad y la anulación.

Entonces llega el momento de dirigir nuestras flechas de fuego hacia ellos y exponerlos a la luz para expulsar su influencia nefasta de nosotros. Con un furor que los haga arder hasta consumirse y nuestra alma se torne resplandeciente como originalmente era.

Hay fuego dentro de uno. Hay encono e indignación en lo profundo, demonios que hay que abrazar para restarles fuerza y perezcan. Y también hay una voluntad resciliente que se resiste a desaparecer sin asestar un justo golpe.

— Némesis.

Desde mi adolescencia, en un proceso de años que tal vez describiré en otro momento, comencé a desvincularme emocionalmente de las personas y cosas hasta reducir esos vínculos al mínimo posible, lo cual de principio no me propuse conscientemente. Creí haber logrado una indiferencia para con casi todo pero no es así. Esos escasos vínculos han cobrado importancia con el tiempo. Otros se han fraguado en mi alma por sí solos. Pero ellos mantienen en mí algo de humanidad, la poca que me queda.

Un hombre solitario sobrevalora lo poco que tiene y se aferra a ello. Pero esos lazos emotivos que son su sustento son a la vez su perdición. Si algún factor atenta contra ellos, la estabilidad emocional del auto proclamado "independiente" hombre solitario es sacudida. Ahí estaban esos vínculos latentes en su interior. En ese momento se percata de su existencia y el hombre cobra conciencia de su vulnerabilidad. Y comienza a vivir con miedo de perder lo que tiene.

La soledad y aparente independencia lo hacen a uno sentirse fuerte, libre y hasta poderoso. Cuando uno comienza a jactarse de ese encumbramiento y esa hybris interior se manifiesta orgullosa, aparece su respectivo némesis y la desploma con facilidad y precisión. Entonces uno se encuentra de súbito con la realidad: aquello que amamos, eso poco que amamos, nos puede ser arrebatado en cualquier momento y de forma despiadada. Aunque sea lo único que se tenga.

Y cuando eso sucede, uno concluye que ya no tiene nada qué perder, pero tampoco por qué luchar.



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