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lunes, 23 de abril de 2018

Limbo.

"Man at the window", Gisèle Freund.
Intento recuperar mi antiguo ritmo de lectura (estoy recopilando libros de donde puedo), pero aquí mi concentración es frágil como cristal. La mínima distracción la hace flaquear y después de eso no la recupero. A pesar de estar solo la mayor parte del tiempo, debo tener el ordenador encendido por si recibo un mensaje. No es que me oponga a los entornos online, de hecho soy el primero en servirme de ellos y disfrutarlos. Pero actualmente nadie tiene la paciencia de esperar una respuesta, ni la voluntad de abstenerse por un tiempo de medios electrónicos. Quieren que se les responda de inmediato y entran en estado psicótico ante un “visto” o la ausencia de “like” en el meme que enviaron.

Antes vivía prácticamente solo y sin internet, y podía entregarme a la lectura en un exilio parcial, en el corazón de una ciudad atestada. Cerrando la puerta el mundo tras ella desaparecía y mi realidad devenía un solipsismo, una simulación en pausa. En ese estado los libros cobraban preeminencia y me hacían sentir poseedor de un fundamento para explicarme la realidad. Eran mi modo de abordar un mundo amenazante, un escudo con el cual protegerme, un filtro que lo atenuaba. Y así lograba algo de seguridad, una noción endeble de no estar tan indefenso.

Pero al reanudar mi participación en el mundo, éste no recobraba su brillo, excepto por su impresión de ser peligroso. Las impresiones llegaban como opacas, pero esa opacidad no alcanzaba la perenne sensación de vulnerabilidad. Que ahora, por ciertas circunstancias, esté obligado a volcarme al  exterior, no le resta nada a mi introversión y hasta parezco más ensimismado que antes. La introversión es una coraza fallida pues no me protege de sentir miedo, pánico, ira o frustración. Por lo menos mi anterior contexto era más fructífero. Mi estado actual es de limbo: porque ni estoy concentrado en mis libros ni me siento más integrado al mundo.

domingo, 19 de abril de 2015

Brecha de plenitud.

Qué bien me siento. Habría qué analizar por qué. Sé que obedece a ciertas variaciones en mis circunstancias. Pero no quiero pensar, solo quiero disfrutarlo. La vida no será mejor después de este instante.

lunes, 21 de octubre de 2013

Exilio: mi elemento.

Le pedí una semana de exilio y me la concedió. No tenía otra opción. Yo tampoco: estoy cansado. Necesito aire, soledad, reencontrarme con la sensación de aislamiento que era y es mi elemento.

Me limité a argumentar que quería pasar unos días en casa, que extrañaba mi vida previa. Y no mentí. Me alivia que haya aceptado tan simples razones porque evitamos una confrontación y en realidad mayores motivos no tenía.

Aún así, la paz no ha sido total. La tecnología impide la desvinculación completa, y nos arrastra como si fuera extensión de uno mismo. Todavía no llego al extremo de experimentar ansiedad sin mi dosis digital, pero la necesidad ya ha sido implantada, y a diario participo de las redes sociales que según aborrezco, donde se encuentra "ella": en su ausencia me acosa su fantasma virtual.

Extensos diálogos en su mayoría forzados, aunque de vez en cuando fluyen bien. No siempre se está en vena. Pero para ella uno siempre debe estar dispuesto. ¡Quéingenuidad! Como si un espíritu volátil se fuera a subordinar al capricho ajeno.

Si algo me provoca rechazo es que se me considere perteneciente a alguien, quien sea. El apego a mi persona no es algo que me halague.

Quisiera vegetar estos días plenamente, pero aquí está ella, omnipresente.

sábado, 14 de abril de 2012

Respuestas del Foro.

[Bajo la etiqueta "Archivo del Foro" rescato algunos textos y respuestas del foro en que participé ocasionalmente por un año y medio.]

¿Les gusta la fiesta?

16 de Enero de 2011.

Ahora no me gustan ni me interesan pero debo admitir que me habría gustado ser más "fiestero". Me perdí de todas esas experiencias que para los demás son parte de su vida. Mientras la gente de mi edad se la pasaba bien yo estaba en casa leyendo o dibujando (de todos modos me la habría pasado mal).

Hoy en día tolero estar en ese tipo de ambientes o eventos, pero sólo una hora o dos. No más. Después de eso comienzo a sentirme más tenso y termino por irme. Pero ya no me preocupa tanto el desenvolverme bien o que los demás noten mi actitud antisocial. Ya no hay tanta presión en ese sentido, y los que me conocen ya han desistido en sus intentos por hacer que me integre. Cuando tengo que asistir a algún evento social me voy a un rincón y desde ahí observo todo, intentando pasar desapercibido.

Pérdida de sentido.

17 de Enero de 2011.


Puede ser que estés atravesando por eso que llaman crisis existencial, que es cuando experimentas aburrimiento, hastío, o una falta de sentido en general. Es decir, las cosas a tu alrededor están perdiendo valor para ti. Quizá comienzas a verlas vanas o poco importantes. Pero es una etapa en la que tienes que revalorar tu vida en general. Es oportuno que te preguntes ¿para qué estoy aquí? ¿por qué hago esto o aquello, qué finalidad tiene? Preguntas en apariencia simples, pero créeme, son desafiantes.

Tienes todo el derecho a cuestionar significado de las cosas y puedes darle la espalda al mundo por un tiempo, pero no te abandones. Aprovecha este periodo a tu favor. Puedes leer, puedes escribir, ponte a hacer ejercicio. Dale un valor constructivo a la experiencia, saca algo bueno de ella. Pero no te encierres en ti mismo, apóyate también con un terapeuta o un psicólogo. Estas etapas tienen su lado bueno y su lado malo. El bueno es que puedes aprender mucho de ti mismo y convertirte en una persona mejor. El malo sería caer en una espiral descendente, en la que cada vez te sientas peor, cada vez más vacío, deprimido, al grado permanecer completamente inactivo. No tiene por qué ser así. Todo depende de tí. Tienes poder de elección.

martes, 7 de febrero de 2012

El valor de una mascota.

"Hoy traicioné a mi mejor amigo y le hice dormir..."

Hace unos días encontré una noticia sobre un actor neoyorquino que, sintiéndose traidor a su mascota por sacrificarla, decidió suicidarse. Fue una de esas notas «de relleno» que se prestan a la burla y se olvidan pronto. Pero me llamó la atención.

«Ante la reglas de condominios que prohíbe tener perros de razas grandes en Manhattan, incluidos los pitbull como Rocco, el actor Santino prefirió pagar una multa que deshacerse de su compañero; sin embargo, tuvo que sacrificar al perro ante la norma».

Hace dos años también tuve que sacrificar a mi mascota (pudiendo salvarla de haber tenido el dinero) y, como el protagonista de la nota, también me sentí un traidor. De hecho, no me he sentido peor desde entonces. Me han pasado muchas cosas en todo este tiempo pero nada supera aquello. La diferencia es que el actor se suicidó. Yo simplemente seguí viviendo con depresión y culpa.

Parece que la valoración de estas cosas (el cariño de alguien por una mascota) cambia según la importancia de la persona. Si yo dijera que mi mascota es mi sostén emocional, sería ridiculizado. Pero si lo dice alguien famoso, es admirable.

"Así es, yo no quería estar aquí, pero tampoco quería matarme. Tan sólo quería presionar un botón y desaparecer. Creo que no había salido de casa por cuatro o cinco meses, y estaba sentado en el armario, durmiendo ahí por alguna razón, en mal estado, y sólo recuerdo que estaba pensando, 'Oh, hombre, si yo hago esto...' Y entonces miré a mi perro, Lowjack, e hizo un sonido, un sonido casi humano. No tengo niños, los perros se han convertido en todo para mí. El perro me miraba como diciendo: '¿Quién va a cuidar de mí?'". Mickey Rourke.

Si algo me ha marcado, fue estar en compañía de mi mascota cuando me estaba muriendo, me iba mal y a nadie le importaba; sólo estaba ella junto a mi. No puedo decir que esos tiempos fueron totalmente malos porque ahí estuvo ese gatito alegrando mis días.

Estoy hablando de una mascota que me hizo compañía por más de una década. Eso la ató a mi corazón y la convierte en un ser más valioso que cualquier persona con que traté esos días aciagos.

Sólo una persona que ha experimentado el abandono y soledad descarnados puede comprender el valor de una mascota. Sentimiento que se debe ocultar a fin de mantener a raya el escarnio.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Lo que se ha perdido.


Hace algunos días sostuve una conversación en la que bordeamos el tema de la soledad. No suelo hablar de esto con casi nadie, pero me sirvió para verlo desde otro enfoque. Cierto es que los pocos con quienes de ella he hablado no la conocen como yo. No la han experimentado a profundidad. El término «soledad» se vuelve entonces relativo, porque cada quien la concibe en distintos grados.

He de admitir que las concepciones ajenas sobre la soledad me parecen superfluas, incluso risibles. Le llaman soledad a encontrarse en casa un fin de semana a falta de un evento social. Otros dicen sentirse solos siendo su círculo social amplio y ellos queridos y apreciados. Hace tiempo una persona me preguntó cuánto tiempo hacía yo sin pareja. Le inventé que tenía seis meses solo (para entonces jamás había tenido pareja). Se sorprendió y me dijo «eso es mucho tiempo, ¿no?»

Una ocasión (hará unos diez años), unos vecinos organizaron una fiesta de cumpleaños. Me enteré por terceros y por el ruido característico de ese tipo de eventos. Creo que esa vez mi soledad sí me causó cierta molestia. Pude experimentar el contraste entre ellos y yo: la gente que fluye con la vida y el que permanece rígido en el encierro. Acostado en cama boca arriba, ponía atención a la música y demás mezcla de sonidos. Intenté visualizar a los presentes y lo que hacían. Me pregunté si no me estaba perdiendo de algo.

Por esa misma época salí una vez a visitar a mis abuelos. Dos o tres vecinas se encontraban cerca de las escaleras, donde solían reunirse y platicar. Cuando pasé, silencio absoluto; parecían haber visto una aparición. Una de ellas dijo en voz baja, «hasta que sale». En primer lugar, me sentí hostilizado, ya que evito cualquier tipo de intervención social y como no me meto con nadie, espero a cambio lo mismo. En segundo, me incomodó que fueran conscientes de mi modo de ser.  Y en tercero, me molestó que me juzgaran con tanta facilidad y ligereza, sin conocer las causas. Pero ahora lo entiendo. La soledad no es de su mundo; les sorprendió presenciarla.

Otra ocasión, en la acera de frente, solía detenerse una pareja de jóvenes a platicar y prodigarse afecto. Yo los observaba desde mi ventana, analizando su lenguaje corporal y comportamiento en general. No me causaba placer ver aquello, sino curiosidad. Eso es algo que yo jamás he hecho y también me generó bastantes interrogantes. ¿Serán importantes ese tipo de prácticas? ¿serán necesarias para el desarrollo psíquico o vitales para la felicidad? Si yo hubiese tenido la oportunidad de experimentar algo así, ¿sería diferente o mejor persona? ¿no acaso las relaciones traen consigo miles de conflictos?

En mi última conversación sobre el tema, mi interlocutor declaró cosas que yo sospechaba pero aún así me sorprendieron por la franqueza con que las expuso: «Yo soy de la idea de que, para qué nos hacemos pendejos si a  todos nos gusta coger (en México, «coger» se usa como sinónimo de realizar el acto sexual)»; «para qué forzar o justificar relaciones amorosas si lo único que quieres es cogerte a la persona»; «insisto, si nos gusta coger, ¿cuál es el problema? No tiene nada de malo, no hay que ser hipócrita»; «digo, tampoco ando de cama en cama ni de hombre en hombre pero no veo mal que ejerzas su sexualidad como quieras, con quien quieras y con cuantos quieras mientras te cuides...»

Lo que me sorprende es la familiaridad con que otros hablan de algo que me es tan ajeno, tan lejano, extraño. Pero esto ellos no lo saben. Asumen que he tenido una vida sexual normal o constante, porque para ellos así es. No conciben una soledad casi absoluta y castrada. Desde el principio la razón me ha dictado que no me he perdido de mucho: no son mas que tonterías. Pero el ego aparece de repente y se siente incompleto y frustrado. Es un conflicto que enfrento regularmente. Ese descalabro emocional de saber que ya no soy joven y me perdí experiencias irrecuperables.

Recientemente tuve una extraña racha, en que varias personas me dieron a entender que no les era físicamente indiferente. En parte mi ego se sintió halagado. Por otro lado, mi reacción fue de rechazo. La soledad ha penetrado mi psique de tal modo que la posibilidad de resultarle atractivo a alguien me parece insoportable. Incluso es frustrante... ¿por qué llega esta racha hasta ahora? ¿por qué no cuando era joven y aún tenía cierta capacidad para disfrutar esta clase de cosas?

No quiero nada.

Toda esta gente no sabe qué es la soledad. Lo que es no hablar con nadie por meses. No recibir un abrazo en años. No ser valorado en poco o mucho. No tocar, no sentir. No ser olvidado siquiera, sino inexistente. Gente que en mi caso enloquecería, aunque a veces me cuestiono si la soledad no ha trastocado ya mi cordura. Posiblemente lo ha hecho en cierto grado, pero no tengo modo de darme cuenta.


miércoles, 19 de octubre de 2011

Una vida patética.

Ya es Miércoles 19 de Octubre, casi cuatro de la mañana. El tiempo pasa volando, pero no se lleva consigo la desazón.

Una semana difícil. Nuevamente, he decepcionado a mi otrora musa. Me insinuó una invitación a tomar un café para charlar porque se sentía muy mal. Aunque conversamos hasta la madrugada por Messenger, no es lo que ella quería. Por más que lo intento, no puedo dejar de quererla. Pero no soy capaz de demostrarlo como ella esperaría (sí, prometí dejarla en paz, y suspendí comunicación con ella. Pero una noche, simplemente ya estábamos charlando como antes, y admito que sentí mi alma restaurada).

Otra curiosidad. De la nada, una persona con quien jamás imaginé entablar amistad (o quizá algo más) me da visos de aprobación. Me sorprendió muchísimo. Lo hubiese esperado de algunas personas excepto de ella. Por el momento estamos «rompiendo el hielo» poco a poco. Esto debería ser motivo de alegría. Pero todo es una ilusión que sólo traerá consigo un saldo negativo. No pasará del flirteo y se aburrirá de que no se concreta porque yo no hago nada. Se aburrirá y alejará, frustrada por haber perdido su tiempo.

¿Cómo explicarle los estragos de la soledad a una persona común, para quien flirtear y conocer personas son elementos intrínsecos a su vida? ¿Cómo hacerle ver que existen vidas en las que el factor básico es ser un cero a la izquierda, y que es prácticamente imposible romper con eso? He de decir a mi favor que al menos he sido amable, discreto y respetuoso. Pero tal vez ella quisiera ir más allá, y es a lo que le temo. Lo sé. Tarde o temprano se decepcionará, pero estoy pensando en cómo decepcionarla pronto, antes de que esto (que no sé si es amistad o flirteo) avance más.

A veces me parece aberrante estar rodeado de gente tan valiosa. Yo, un hombre irrelevante, he sido afortunado al conocer a esas personas. Siempre trato de darles lo mejor de mi (lo poco que hay), no con intención de ganarme su aprecio o quedar bien con ellos, sino con la intención de devolverles algo de lo que me han dado. Como me gustaría retribuirles más, y ser para ellos lo que esperaban. Pero soy un ser humano insuficiente, antisocial, insensible, torpe, pobre de espíritu. ¿Qué derecho tengo yo de involucrarme con ellas?

Suficiente por hoy. Me siento agotado y falto de concentración. Necesito descansar para lo que pudiera ocurrir mañana. 

Veamos con qué me sorprende la vida.


jueves, 6 de octubre de 2011

Como un fantasma.


Encontré una frase en un libro, dice «Cada día debe contaros sus hazañas». ¿Realmente cada día puede hacerlo? ¿En verdad se puede configurar una vida de tal modo que cada día nos reporte algún evento importante o al menos destacado?

En lo que a mi respecta, no. A menos que las hazañas «interiores» también cuenten, entonces me declaro triunfante por el simple hecho de combatir a diario con el tedio, el pesimismo, etc. No puedo operar cambios en el exterior, debido a mi entorno y posibilidades económicas. Pero nada me impide observarme a mi mismo.

Lo que podría considerarse triunfo externo no es mas que rutina: ejercicio, lectura, escritura... lo mismo de siempre. Precisamente los libros me permiten superar las barreras culturales a que me sujeta mi contexto. No puedo viajar ni conocer gente. Pero sí puedo ampliar mi conciencia del mundo leyendo.

Y no es que haya renunciado del todo a la vida corriente. Aún guardo cierta esperanza de vivir esas cosas que para otros son comunes, pero también sé que si esas experiencias se presentaran, no las recibiría muy bien. Me parecerían una jugada extraña de la vida, una especie de trampa puesta ahí para colocarme fuera de balance.

Lo malo es que comienzo a quedar rezagado en mis conversaciones con otros. Mi charla siempre tiende a lo que he leído en tal libro o lo que cierto autor escribió y está circunscrita a ello. De ello resulta un conflicto, pues al momento de compartir algo más mundano, me quedo en blanco.

Creo que esto me ha aislado aún más. Soy el tipo más ignorante en cuanto a vivir se trata. Y se siente rarísimo pues cuando la vida me pone en una situación inusual, intento fingirme acostumbrado a esa clase de eventos. A la vez, siento que no engaño a nadie, y que lo ermitaño se me nota en el rostro. Es muy incómodo.

Más que nada, me siento muy fuera de lugar. Por ejemplo, me parece chusco que un muchacho de 20 años me supere por mucho en cuanto a experiencia social y sexual. En ambos casos, mi experiencia ha sido escasa y fallida. Sé que la edad no tiene qué ver, pero es algo que me ha llamado la atención últimamente.

¿Y qué hago para compensar esa inexperiencia? He bajado algunos libros de internet para darme una idea de cómo es ese mundillo de la atracción, el ligue, etc. Pero, desde mi punto de vista, la visión de estos libros es muy sesgada; tiende hacia la manipulación de la mujer como un trozo de carne a ser conquistado para obtener placer. Lo cual no me parece la realidad, sino la acomplejada visión personal de quienes escribieron esos estúpidos libros.

Sé que la mayoría piensa de modo similar. Ven a una mujer y de inmediato se desatan en su mente pensamientos bajos. Pero quiero pensar que existe alguna porción de la sociedad que sí respeta a la mujer, y para quien las relaciones sociales son cosa seria y no un medio para un fin. Una porción de gente que no esté obsesionada ni enferma.

Por el momento, no me siento a gusto ya con nadie. Ni siquiera con quienes suelo charlar regularmente, pues también ellos me han rebasado en experiencia, y ya no estoy a la altura cuando de compartir vivencias se trata, lo cual aumenta las sensaciones de inferioridad, ignorancia y aislamiento.

Me faltó esa pieza para no sentirme tan rezagado.



lunes, 5 de septiembre de 2011

Un tipo extraño.


Últimamente tiende mucho a pensar en voz alta. Dicen que hablarse a sí mismo es síntoma de locura. No cree estar totalmente cuerdo, pero tampoco ser un «loco» en todo el sentido de la palabra. Aunque tiene ciertas manías (además de la mencionada) que le convierten en una persona... extraña.

Tiene un extraño rito antes de salir cada mañana. Ya a punto de abrir la puerta, regresa al espejo y se observa, tratando de convencerse de que su aspecto es aceptable. Hay un ángulo de su rostro que no le gusta nada porque le hace lucir enfermo. Razona sobre su inseguridad con un «exagero; hay peores que yo».

Durante el trayecto a casa intenta mantenerse concentrado a pesar del bullicio. Hay un defecto que a veces le traiciona, y es voltear a ver a alguna chica bonita. Muchas veces se entrega a esa debilidad y mira. Pero siempre intenta no voltear y se obliga a mantener la vista al frente.

Le gusta jugar con su gatita al llegar a casa. La trata como a una niña. Piensa que es lo único que le da vida a su casa. Le encanta que sea completamente «maleducada» y se suba a todos lados. Ayer no le dejaba dibujar; se acostaba en la hoja y jugaba con el lápiz. Le decia «¡niña, deja eso!», como si fuera a entenderle.

A veces llega directo a acostarse y meditar. Recapitula el día y trata de equilibrarse. Pero de pronto su meditación es interrumpida por ensoñaciones, y en vez de repasar el día de modo realista, comienza a fantasear con cómo le gustaría que hubiese sido.

En la noche, se conecta a Internet. Lleva meses buscando algún libro sobre cómo escribir un diario. Ha dado con artículos muy buenos, pero le interesa saber si algún autor ha profundizado más en el tema desarrollando pautas definidas. Es decir, qué debe decirse y qué no. Todos los días se debate en esa cuestión.

viernes, 26 de agosto de 2011

Un nuevo día.

Son las seis de la mañana. Tengo un problema terrible de insomnio. Estaré somnoliento y falto de concentración todo el día. Como vivo prácticamente solo no tengo a quién rendirle cuentas por ello. Puedo hacer lo que quiera. Pero esta libertad, que desde adolescente ambicionaba, ya ha perdido su frescura.

Dentro de un momento desayunaré algo. Lo que sea. Puedo cenar un par de huevos y café, o sólo una pieza de pan. Así de simple. Mi dieta no es generosa desde que mi vida de ermitaño comenzó. Llega el momento en que uno se conforma con cualquier cosa. La soledad e indiferencia van de la mano.

Es Viernes. Amaba los Viernes porque el Sábado y Domingo se empalmaban en mi mente, lo que me proporcionaba un descanso psicológico. Ahora que todos los días son iguales, encuentro esa sensación de libertad refugiándome en la lectura o escribiendo yo mismo cualquier cosa, acompañado de música celta, New Age, Lounge o de los 60s.

Y eso es la cumbre emocional en mi vida. Los fines de semana tienen su límite recreativo en la individualidad. Mientras la gente de mi edad comparte su vida con su pareja e hijos o en alguna reunión social, yo saboreo el próximo capítulo del libro en turno o intento capturar con las palabras adecuadas, mi sentir en este diario personal.

¿Alguien quiere café?


domingo, 21 de agosto de 2011

Las calles que me esperan.


Hace unos días se me antojó salir a caminar. Evito hacerlo entrada la tarde por toparme con algún vecino, algo casi imposible viviendo en condominio (en cambio no me produce conflicto mezclarme en una muchedumbre de desconocidos).

Por eso tengo ya mis rutas favoritas para recorrer a pie. Lugares relativamente cercanos a mi casa (estoy peleado con mi entorno) pero que se distinguen marcadamente de lo que se supone son mis rumbos y con los cuales debería estar familiarizado. Basta cruzar un puente para respirar un ambiente distinto.

Me gusta mucho recorrer esas calles, porque cada vez recojo cierta nostalgia. He tenido varios trabajos en esa colonia, y cuando paso por esos lugares me gusta ver qué ha cambiado, o si me encontraré casualmente con un antiguo compañero de trabajo. ¿Me reconocerían? Y si eso ocurriera, ¿me saludarían?

Odio esa indiscriminada construcción de condominios, que no solo alteran sino que además atentan contra el encanto que tienen mis calles. No hay terreno baldío que no sea utilizado para colocar un maldito condominio, lo que deteriora la estética (si se le puede llamar así) de la colonia.

Había una chica que vivía por ahí y me gustaba mucho. Tengo la fantasía de que tal vez en alguna ocasión coincida con ella. Me sentiría complacido si eso ocurriera. Pero temo que ya no soy el mismo, y quizá tenga la osadía de importunarla saludándola y preguntándole su nombre.

Recuerdo las primeras veces que me aventuré por esos rumbos. Me sentía como un invasor, alguien que no debería estar ahí. En efecto, no pertenezco a ese lugar; siempre he residido del otro lado del puente. Pero he establecido una extraña conexión con la colonia, conexión ausente con mi propio ambiente.

Después, con la guía de un amigo (cuyo padre había montado, años atrás, un negocio en esa área) profundicé en esas calles. Así me fui familiarizando cada vez más con ellas. Ya no era invasor sino explorador. Mis calles jamás me han producido tal interés. De hecho, me producen temor y rechazo.

Sí, lo he pensado bastante y lo tengo en mente siempre: en cuanto pueda, viviré allá. Aunque quizá es ese contraste el que le otorga a esa colonia su brillo. Y si me mudara a las calles que amo, se tornarían tan monótonas y hostiles como las que me rodean desde hace más de veinte años.

Esas caminatas, que para el ojo común serían un sinsentido, son para mi una terapia, un rito, una aventura. Hay cierto lugar que evito, donde se halla un establecimiento en que solía trabajar y abandoné. A cinco años de haber sido empleado ahí, me atemoriza un poco pasar por enfrente.

Hoy tengo el día libre. Quizá me dé una vuelta, por pura nostalgia.


jueves, 11 de agosto de 2011

Así se entretiene un ermitaño.

"El ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente es el último resultado de la civilización". Bertrand Russell.

Mis principales estímulos se reducen a: lectura, ejercicio, música, dibujo y meditación.

Lectura: en la madrugada leí un cuento corto, «El Extranjero» de Albert Camus. Bastante surrealista. La narativa inicial es semejante a un diario, en que el personaje da cuenta de los eventos que atraviesa. Registra un evento tras otro, casi mecánicamente. Vive, pero no está ahí. Trabaja, tiene amigos, pareja, pero todo le es indiferente (incluso la muerte). Así va por la vida, con una frialdad que asusta. Temo que en momentos, yo mismo he llegado a ser así. Ahora estoy por releer "El Hombre Mediocre", de José Ingenieros.

Ejercicio: estos últimos días he suspendido mi rutina. A pesar de tener ya 32 años confío en la capacidad de recuperación de mi cuerpo. Se dice que el cuerpo tiene memoria, y «recuerda» los esfuerzos anteriores. Responde siempre que lo presiono. He pasado semanas de sedentarismo, pero bastan 3 días de entrenamiento para que el cuerpo retome su ritmo. Sin embargo, últimamente he debido reducir mi dieta, y por ende ahorrar energía física. Sin mencionar ese extraño agotamiento en días recientes.

Música: tengo bastantes piezas en esta computadora. No me canso de escuchar a Clannad o Mozart. Es la música que me suele acompañar mientras escribo. En realidad escucho casi de todo, pero prefiero aquello que tienda a lo armónico; esto excluye todo tipo de sonido para sub-humanos, como reggaetón, corridos, hip-hop, norteña y demás inmundicias. Aunque también gusto de escuchar estilos que exaltan, como metal épico (Rhapsody of Fire) y sinfónico (Nightwish). Mi límite de lo «pesado», Cradle of Filth.

Dibujo: dejar de dibujar crea cierta enemistad con el papel. La inspiración también se aleja. Retomar esta actividad se me antoja a volver como traidor a un lugar donde se era querido, y uno debe hacer méritos para obtener el indulto. Hasta que el papel no nos cause temor y la inspiración vuelva a abrazarnos a fuerza de empeño y constante práctica. Me he estancado en mi estilo, y me atrevería a decir que mi trazo no ha mejorado en los últimos 5 o 6 años.

Meditación: con esta palabra me refiero a todo trabajo interno. Afortunadamente mi ritmo de vida es tal, que me permite darme un tiempo cada día para observar y corregir mis pensamientos. No busco encerrarme en mi mundo interno. Por el contrario, busco expandir mi conciencia tanto externa como internamente, y percibir cada vez más elementos de ambos mundos con precisión y detalle. Modificando y perfeccionando también, mi modo de sentir  y pensar, lo cual NO se refleja en nada de lo que escribo.

sábado, 6 de agosto de 2011

Día cero.


El día de hoy no redituó mucho. Sin embargo intento aprovechar el tiempo libre leyendo. Otra vez los libros. Varias cosas, muchas de ellas circunstanciales y otras voluntarias me estrechan a este «pasatiempo» (no me gusta el término; siento que le resta seriedad).

En primer lugar, la costumbre. Tiempo atrás debí renunciar a muchas cosas y las fui compensando con lectura. Gran recurso, accesible y que no requiere mucho, ha absorbido la mayor parte de mi tiempo libre. En segundo lugar, el compromiso personal de mantener mi cerebro estimulado. Forma parte de mi vago e indefinido sentido de vida, que apunta a superarme de algún modo.

En tercer lugar, debo admitirlo, leer es una especie de «fuga», un modo de despreciar el mundo material y darle preferencia al mundo de las ideas. El mundo tiene problemas que no puedo resolver, y las ideas me reconfortan de las frustraciones que el entorno impone.

Existe la idea de que la lectura constante lo convierte a uno, automáticamente, en alguien culto o inteligente. Personalmente he podido comprobar que no es así. Quizá mis conceptos se han ampliado un poco, pero eso no me ha hecho mejor. Lo cual contradice mi propósito, pues la adquisición de conocimiento no garantiza un crecimiento interno. La ganancia real consiste en que, si no he logrado superarme, al menos no me he permitido decrecer... quiero pensar que es así.

Recuerdo periodos en que me sentía internamente pletórico, ensanchado. Me encuentro ahora, de algún modo, obstruido, incapaz de elevar mi entendimiento como lo hice alguna vez. Me imagino que algo así debe sentir el pugilista retirado que, sentado en un sillón, recuerda sus pasados días de gloria, pero tiene que seguir adelante porque «la vida continúa». Ya no se tiene la fortaleza de antes, ya se encuentra uno «quemado». Pero hay que seguir viviendo.

Es un poco decepcionante, por fin, haber al menos vislumbrado un propósito genuino y no poder llevarlo a cabo. Pero creo que mejor me detengo. Ya hizo presa de mi esa tendencia al pesimismo.

viernes, 20 de mayo de 2011

Viernes por fin.

Estoy cansado. Toda la semana estuve lidiando con el cansancio acumulado. Pero es mi culpa. No duermo bien, descuido mi alimentación. Hago ejercicio pero no sigo el programa todos los días. Hace 10 años me sentía en verdad fuerte. Incluso caminaba decidido, con energía, y me gustaba verme de reojo reflejado en los espejos y cristales de la calle. Una tontería, sí, pero que alimentaba mi orgullo.

Ya no soy ni sombra de aquello. Ni física ni emocionalmente. Si bien carecía de experiencia, me acompañaba la energía juvenil, y a pesar de mi eterna introversión tenía esperanza en el futuro. De joven siempre tuve la idea de que a la vuelta de la esquina algo increíblemente bueno me sorprendería. Y aunque esas sorpresas jamás se dieron siempre podía canalizar ese entusiasmo a mí mismo.

Entonces no tenía Internet con el cual zombificarme. Ahora tengo la excusa perfecta para abandonar toda esperanza en el mundo real. Volcar mis intereses a un universo de información, donde las cosas se adquieren con sólo buscarlas. Mayor certidumbre que afuera. No más ilusiones vacías. Esta máquina en la que escribo ahora compensa mis pérdidas.

Tan las compensa que llegando a casa ya no vuelvo a asomar la mirada al mundo externo para enfocarla al frío monitor. Dos, tres, cuatro horas o más. No importa, no hay nada para mí afuera. Ahogué toda vana ilusión por concretos logros. La vida, con sus anzuelos y traiciones ya no me conmueve tanto. Estas noches de Viernes, noches de fiesta, son para mí de escritura, soledad y silencio.

jueves, 19 de mayo de 2011

El hombre disociativo.

En Noviembre del año pasado me apunté en un foro de fobia social. Mi intención era compartir mis experiencias con usuarios que pudiesen entenderme. "No estás solo", reza el eslogan del sitio. Me identifiqué con muchos de ellos. Este es mi foro, pensé de inmediato.

Se atreven a contar ahí sus experiencias, algunos a pedir ayuda. Me he sentido tan reflejado que es como si se expresaran por mí; no puedo evitar sentirme vindicado. Pero no he pasado de superficiales comentarios porque a pesar el anonimato, me cuesta trabajo sincerarme.

En cambio, no me ha costado trabajo dar uno que otro consejo. He aquí un individuo cargado de complejos que no tiene empacho en aconsejar a los demás, con aires de autoridad, como todo un experto. Vamos, que ese rol no me queda ni por asomo. Qué osadía la mía de comentar así.

Pero esto me sucede también en el mundo real. Alguna vez me atreví a darle consejo a uno de los pocos amigos que tengo. No pude evitar sentir esa división interior: yo, un ser mediocre, casi hundido, escuchando y apoyando al que enfrenta una dificultad temporal. Si supiera qué bajo he caído. Pero ni siquiera lo sospecha.

Porque con el tiempo uno se vuelve hábil para ocultar las penas y padecer con una sonrisa en el rostro. Se perfecciona la máscara de la serenidad tras la cual subyacen mil tormentos. Se aprende a decir estoy muy bien ahogando el ímpetu y a sufrir la sedición con el rostro impávido.

miércoles, 18 de mayo de 2011

La vida disoluta.

Me he desvelado otra vez. El placer de trasnochar no me abandona por más que intento corregirlo. Hay temporadas que logro dominarlo, pero la complicidad entre el silencio y la soledad de la noche es irresistible; no puede desdeñarse así nada más.

Soy trasnochador desde joven. A mis 12 años de edad ya acostumbraba regalarme noches de desvelo en fines de semana dibujando y escuchando música. Esos momentos eran únicos. Entonces no requería mas que la compañía de mis materiales de dibujo: eso era la felicidad para mi mente simple.

Me emociona recordar que no necesitaba nada más. Me refugiaba en el dibujo y no me inquietaban las necesidades mundanas, la complejidad de las relaciones humanas ni el futuro incierto. La inspiración, el presente y la noche lo eran todo. Casi siento el deseo de asir con mi mano uno de esos momentos y volverlo a vivir.

Porque mis noches presentes están teñidas de un sinsabor que no se va. La preocupación por lo que he de enfrentar el día de mañana. La posibilidad de encontrarme de repente, inmerso en algún problema que no pueda resolver. Me acompañan también mi odio y decepción acumulados.

A mis 12 años ya había elegido mi destino: sería dibujante. Pero ya no dibujo con empeño desde hace años. Ahora dedico mis noches y tiempo libre a intentar asumir una realidad que no me gusta porque la idea de cambiarla se me antoja lejana. Ora escribiendo, ora contemplando el amanecer, temeroso.

lunes, 2 de mayo de 2011

Un hombre solo.

En una ciudad habitada por aproximadamente 8 millones de almas, vivía un hombre y sus pensamientos. Tan invisible como carente de personalidad, pasaba casi siempre desapercibido y no le importaba. Le agradaba este nulo efecto en la gente a su alrededor, porque era una forma de reafirmarse. Se tenía a sí mismo por esquizoide, uno de esos individuos a quienes la soledad les viene bien.

La compañía de otras personas le resultaba extraña, y aún incómoda, pero no la desdeñaba; simplemente no estaba en su naturaleza entregarse a la convivencia de forma natural. Cumplía con los roles sociales cuando debía hacerlo, aunque debiera forzarse a ir más allá de su tolerancia. Muchos lo tomaban por soberbio, otros por acomplejado. La sociedad juzga en extremos sin molestarse en mirar con más profundidad en los motivos de un hombre solo.

Pero esto le tenía sin cuidado a aquél hombre. Incluso le divertían los intentos del ojo ajeno por reducirlo a uno u otro estereotipo. Partidario del auto-conocimiento, era feliz en su andar solitario. Sus únicos compañeros eran sus viejos libros, sus fantasías y su diario escrito a mano. Las miradas externas no eran capaces de ver la dicha tras la actitud sombría y adusta. Sí, cuando alguien se muestra melancólico inspira compasión; pero si le ven feliz despierta envidia y le convierten en antagonista.

Es pedregoso su derrotero, decían unos. Es un ególatra que glorifica su soledad, afirmaban otros. Y tal vez tenían razón. Pero todo ese compañerismo del cual alardeaban, él compensaba muy bien enriqueciendo su mundo interior meditando, soñando.

Un día se enamoró, y todo el esquema de su vida se tambaleó. Sorprendido del revés emocional, se negaba a ser presa del enamoramiento. Humano, después de todo. Llegó incluso a cuestionar la rectitud del camino andado, y se lo planteó equivocado: que no hemos de vivir solos, sino que estamos aquí para complementarnos amando a alguien más. Se atrevió a expandir su mundo interior hacia fuera y probó el sabor del apego y la dependencia. Embriagado de tales emociones, descuidó la libertad del ser amado, así como la suya propia. Y entre más se aferraba a aquella mujer, más la alejaba de sí.

Pobres hombres solos que son torpes al amar. Que no confían en sí mismos y que, encerrados en su mundo, no saben lidiar con las fuertes emociones provocadas por el mundo de fuera, con el amor intenso y fugaz que se desvanece dejando una estela de sufrimiento y conflicto.

El hombre solo ya no comía, ya no pensaba, ya no soñaba. Su alma se encontraba ahora insatisfecha. Añoraba el calor, el cariño, el olvidarse de sí en la entrega a su amada. Sin embargo, esto ya no era más.

Pero los solitarios están hechos de un material distinto. Resilientes como ninguno, saben recuperarse del golpe más duro. Porque a pesar de no estar destinados a grandes cosas, pasan su vida entera edificando en su espíritu evitando a su vez tragar los anzuelos del mundo exterior. A veces se dan el lujo de dejarse llevar por ponerse a prueba a modo de aprendizaje, y evocando a Odiseo que exclamó "Sufre esto, corazón mío, que cosas más duras has soportado", se regocijan en la lucha contra sus propias emociones.

El hombre se dijo: Dentro de poco, éstas impresiones, ahora tan abrumadoramente intensas, se habrán desvanecido y no serán siquiera un recuerdo. Me daré cuenta que me torturaba por nada, y que esta sensación de asfixia era solo un fantasma de mi mente. Siempre es así.

Ese amor que se tornó sufrimiento, desapareció. Se convirtió en un mero recuerdo, parte de su historia personal. El camino es tan pedregoso como enriquecedor, concluyó finalmente. Continuó su andar solitario, volvió a ser sombra. No era feliz ni desdichado. Desapareció siendo nada en la muchedumbre, pero fiel a si mismo y agradecido con la vida por poner en su camino a esa bella y tierna mujer.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Balance emocional.

"...Soy una roca,
soy una isla..."

Desde hace 5 años adopté la costumbre de realizar un balance anual sobre mi vida en general. Este año decidí dejarlo de lado; no se puede recapitular mucho de un año desperdiciado. Pero de repente me golpeó un pensamiento: este año no recibí ni un solo abrazo. No tuve una charla personal, cara a cara, con nadie.

Y no me siento mal, pero ser consciente de esto me sorprendió. Nunca imaginé que llegaría a ser tan insensible. Ni hablar ya de un beso, u otras cosas más íntimas. Jamás he tenido experiencias de este tipo y si no las busqué de joven, mucho menos ahora. A últimas fechas se me han presentado oportunidades de noviazgo que antes me hubieran hecho alucinar. Ahora no creo en ellas, no significan nada.

Todas esas experiencias que antes deseaba y me parecían imposibles, ahora son impensables. Inaccesibles o no, no me interesan ya.

Así son las cosas. Lo que me mantenía emocionalmente vivo ya no está; lo perdí todo hace ya casi 6 meses.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Con respecto a la comida...

Extraño tema, pero suscita algunas reflexiones interesantes.

Estoy acostumbrado a comer casi siempre lo mismo, no por disciplina sino por costumbre. Los días aciagos me hicieron práctico, y como vivo prácticamente solo, no tengo que preocuparme mucho por eso. Lo malo es que estoy perdiendo gusto por los alimentos, así como interés por probar otros distintos. No sé si mi dieta sea muy saludable (abuso de la comida en lata), pero me siento relativamente bien. Además no fumo ni tomo y hago ejercicio.

Pero debería variar más mi dieta. Ya hasta me da pena ir a comprar siempre lo mismo al supermercado.

Ya no me siento a gusto comiendo frente a extraños. Hace poco me invitaron a desayunar a un restaurante y no me lo pasé muy bien. Además no me gusta que otros sean serviciales conmigo. Me parece incongruente que yo sea atendido como si fuera una persona respetable. Sé que es parte del trabajo atender bien al cliente (he trabajado en restaurante), pero siento que no me corresponde serlo; prefiero estar del otro lado.

Tengo una amiga a la que le gusta cocinar y me ha invitado a su casa a comer. Nadie ha tenido ese detalle conmigo y lo agradezco. No quisiera hacerle el desaire pero aún no sé si aceptar por lo mismo: la costumbre de la austeridad (¿o estilo de vida infrahumano?) y los sentimientos de inferioridad se imponen.

A veces imagino que vivo me alimento casi como preso. Mi estilo de vida régimen alimenticio no ha de ser muy distinto al que se lleva en prisión. Me adaptaría fácilmente y no sufriría por el espacio limitado, los pocos estímulos o la alimentación rigurosa. Lo que me enloquecería es la convivencia obligada con mi compañero de celda, pero quizás no... levantaría defensas psicológicas que me inmunizarían ante su presencia, y pasaría a ser como un objeto más de la celda. Pero esta fantasía sale sobrando. Sólo quería indagar ligeramente sobre hasta dónde permea la vida en solitario.

martes, 9 de noviembre de 2010

Demasiado tarde.

Me gustaría ser de esos que publican emocionantes artículos sobre su vida de aventuras; algún encuentro entrañable, un viaje improvisado o una nueva adquisición. ¡Que va! Soy antisocial, sedentario y austero. Prefiero enriquecer mi vida interior; vivir de dentro hacia afuera. Las razones son varias: la vida me fue orientando, poco a poco, en ese sentido; luego mi falta de iniciativa para "abrirme camino" y finalmente, cuando me vuelco demasiado a lo externo, siento que me falta algo.

Quizá no es un camino que yo haya elegido voluntariamente. Pero a estas alturas ya no puedo renunciar a él, porque en verdad me hace falta. Y cuando las cosas buenas de la vida se me presentan, esa coraza que me protege contra lo malo, se alza también contra lo bueno.

Estoy olvidando cómo vivir. Entregarme a nuevas experiencias y disfrutarlas... eso está dejando de existir para mí.

Desdeño esas bellas experiencias que ahora coloca la vida frente a mí. ¿Por qué no lo hizo antes, cuando mi espíritu aún era joven y aspiraba a conquistarla?

Vida, llegas tarde; me bastan mis pensamientos.


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