Ayer me 'sucedió' algo curioso en una red social. Recibí la notificación de un 'like' en una publicación que compartí de otra página. Al revisarla el 'like' ya no estaba. Pero luego revisé la publicación original y el autor del 'like' la comentó: escribió mi nombre.
Quién iba a imaginarse que sería aquella que en su momento casi le rendí culto. Pero esos indicios, lejos de entusiasmarme, más bien me dieron impresión de 'creepy-pasta' raro. Me refiero a que si se pretende originar una posible reanudación de contacto, es preciso ser directo y claro, y no servirse de artilugios ambiguos, dizque misteriosos, que podrían interpretarse mal.
El punto es que, a cuatro años de distancia, esa persona no me interesa para nada.
domingo, 7 de agosto de 2016
sábado, 16 de julio de 2016
La dicha según Joseph Campbell.
Leía sin mucho interés un artículo de Joseph Campbell, "Cómo encontrar su dicha. Lo que se necesita para tener una vida plena. Tiene que aprender a reconocer su propia profundidad". Ya tengo poca resistencia a cualquier texto con tufo a superación personal, el peor y más deshonesto género literario. Pero por la reverencia general que goza el autor ahondé vacilante el artículo con el ingenuo propósito de hallar en él una síntesis de su 'filosofía' sin necesidad de leer un libro suyo.
Dice que basta hallar un propósito dichoso y en consecuencia, la vida que deseamos, despuntará. Este es el clásico disparate new age que afirma que basta un acto volitivo para ver cómo germinan nuestros anhelos hasta su cumplimiento. Luego sugiere (esto me agradó) que para descubrir nuestro propósito nos es preciso un 'espacio sagrado', un rincón de soledad meditabunda, "...un lugar para simplemente experimentar y revelar lo que es y podría llegar a ser. Este es un lugar de incubación creativa. Al principio es posible que nada surja. Pero si usted se mantiene en ese lugar sagrado y lo utiliza, eventualmente algo ocurrirá..."
Me constan y son familiares esos estados de lucidez y creatividad que sólo se manifiestan en plena soledad. Pero no pasan de ser brechas lumínicas sin repercusión alguna en el mundo real. La filosofía de Campbell es propia de alguien que ha descollado sin grandes dificultades, que no se le ha nulificado hasta abrazar el determinismo. Es tan confiado que se atreve a extrapolar su feliz e irreal visión del mundo a un plano universal.
Visión que no toma en cuenta a los impedidos, los marginados, aquellos ya incapaces siquiera de contemplar un propósito, a quienes ya su mero planteamiento resulta lastimoso. Que tanto se han internado al páramo con poca posibilidad de volver. Que sienten estar de más en el mundo. Las palabras de Campbell resuenan lejanas e incomprensibles, casi extraterrestres. Su prédica resulta ofensiva y chocante para el que deambula exiliado...
Señor Campbell, no tengo la menor idea de qué esta usted hablando.
lunes, 2 de mayo de 2016
La vida como trastorno.
He tenido tiempo de sobra para cualquier cosa, excepto escribir.
Durante estos meses estuve haciendo de peón irregular para un modesto local junto con 'S'. La paga, miserable, acorde al tipo de empleo. Quiero pensar que lustró un poco a los ojos de la gente mi casi extinta faceta de 'hombre trabajador'. Ningún plan de vida más allá de eso.
Como no hay bomba de agua que suministre al departamento de 'S' y sus vecinos de arriba, asumí la tarea de acarrear agua desde la cisterna para ambos. Según esto limpia mi conciencia y compensa la percepción (propia y ajena) de ser un parásito. Mi presunta aportación, mi acción noble y desprendida.
A estas alturas tengo más 'trato' (saludar en cada encuentro) con los vecinos de 'S' que los de mi propio entorno. Me siento inferior a cualquiera de ellos sin importar lo humilde de su oficio. Me traen a la mente mi inutilidad.
Durante un mes no puse un pie en casa. En semejantes abandonos comienzo a imaginar que al llegar hallaré a mi gatita muerta de inanición o a mi padre ya inerte de vejez y mala alimentación... ambos en oscuridad. Es que el asunto de la luz (carecemos de ella desde Octubre) parece inmutable. Refleja perfecto lo bien que nos hemos habituado a vivir mal.
Cumplí 37 años en Abril. Traté de ser indolente a tal fecha pero igual le dio fuerza a la perenne sensación de vivir en el fracaso. Más me golpeó el entusiasmo de 'S' por celebrarme. El abrazo, el pastel, el regalo, los detalles, todo me hizo sentir como basura.
Durante estos meses estuve haciendo de peón irregular para un modesto local junto con 'S'. La paga, miserable, acorde al tipo de empleo. Quiero pensar que lustró un poco a los ojos de la gente mi casi extinta faceta de 'hombre trabajador'. Ningún plan de vida más allá de eso.
Como no hay bomba de agua que suministre al departamento de 'S' y sus vecinos de arriba, asumí la tarea de acarrear agua desde la cisterna para ambos. Según esto limpia mi conciencia y compensa la percepción (propia y ajena) de ser un parásito. Mi presunta aportación, mi acción noble y desprendida.
A estas alturas tengo más 'trato' (saludar en cada encuentro) con los vecinos de 'S' que los de mi propio entorno. Me siento inferior a cualquiera de ellos sin importar lo humilde de su oficio. Me traen a la mente mi inutilidad.
Durante un mes no puse un pie en casa. En semejantes abandonos comienzo a imaginar que al llegar hallaré a mi gatita muerta de inanición o a mi padre ya inerte de vejez y mala alimentación... ambos en oscuridad. Es que el asunto de la luz (carecemos de ella desde Octubre) parece inmutable. Refleja perfecto lo bien que nos hemos habituado a vivir mal.
Cumplí 37 años en Abril. Traté de ser indolente a tal fecha pero igual le dio fuerza a la perenne sensación de vivir en el fracaso. Más me golpeó el entusiasmo de 'S' por celebrarme. El abrazo, el pastel, el regalo, los detalles, todo me hizo sentir como basura.
viernes, 16 de octubre de 2015
Crónica de un selfie amargo (2).
El asunto hubiera quedado ahí. Pero la madre de "S" debía intervenir. Actuando como es su costumbre, cada vez me es más difícil expresarme sobre esta persona en términos decentes. Y es que me sorprende, porque creí ya saber qué tan vulgar y corriente podría ser. Uno podría pensar que, dado el tipo de gente que convoca un evento de esos, su conducta fue más que acorde. Pero el grueso de los asistentes se comportó de forma civilizada a pesar del alcohol que consumían.
Al regresar "S" a su lugar, lo que esta señora hizo fue encararse con el elemento de seguridad próximo a nuestros asientos (el que varias veces le impidió a "S" acercarse al escenario), en actitud agresiva, como a punto de tirarle un golpe, lo que seguramente habría hecho de tener una fuerza y estatura mínimamente aceptables. La escena se antoja absurda si consideramos que esta señora apenas mide 1 metro 40 centímetros (un mísero tapón de acuerdo a los estándares que la ubicarían como "enana") y el tipo de seguridad, poco más de 1.70. Aquella, de complexión obesa; este, delgado atlético.
Por supuesto, el tipo casi se echó a reir y la ignoró por completo. Yo, absorto en mi asiento, jamás creí que llegaría a ver semejante escena. Si una actitud altanera es una actitud inmadura... ¿qué ha aprendido esta persona en 59 años? ¿en qué ayudó a su hija con ese berrinche? ¿está su sentido de la persuación tan torcido que creyó que así apelaría a la condescendencia del personal de seguridad?
¿es esa su idea de "solución"?
Lo peor es que la troglodita lo menciona con orgullo. Dentro de su corteza mono-neural, ella cree que se vió bien, que impresionó a los que atestiguamos su drama. Una persona mínimamente honorable se avergonzaría de sí misma; no así ella, que cree haberse dado a respetar al "dar la cara" por su hija. Todo lo contrario: semejante comportamiento es deleznable.
Regresó a su asiento, empujando con el hombro al elemento de seguridad, que estuvo ahí un rato. Luego llegaron otras personas de su equipo. Querían sacar a la enana ("¿nos acompaña a la salida, por favor?") pero se hizo la sorda. Imaginé cómo se la llevaban y la echaban cual bulto, lo cual no ocurrió. El personal desistió, pero tenía constante ojo sobre ella, que empezó a lloriquear pretendiendo victimismo por mal trato.
A este punto ya no tenía ánimo para estar ahí, así que le dije a "S" que debía ir al baño. La verdad quería estar solo. Me sentía rebasado por la insistencia de "S" con respecto al selfie y sus consecuencias y hastiado de la reprobable reacción de su madre. Encontré una silla por ahí y me senté un rato. Ese momento fue lo único que disfruté del evento. Pude rumiar algunas maldiciones a gusto: pensé que la situación ya no podría devenir peor. Me irritó cómo "S" y su madre tienden a arruinar las cosas, hacer de inocentes víctimas, culpar a otros y seguir tan contentas. Pero sobre todo lamenté mi pasividad... ¿por qué tengo que tolerarlas, por qué sigo en contacto con ellas, por qué no retomo mi vida, mi paz, mi libertad?
Al volver a mi asiento, un elemento de seguridad del artista (no del lugar) me echó luz en la cara con una pequeña lámpara. Mediante señas nos invitó a "S" y a mí a pasar al escenario. Yo negué con la cabeza a la vez que hice un ademán de "gracias" pero insistió. Finalmente "S" se acercó al escenario y obtuvo la mentada selfie con el artista, que el mismo hombre de seguridad tomó, lo cual la anula como selfie, pero fue una buena foto, cabe decir. Y sobre todo ¡qué gran tipo! Evidentemente vio todo lo que pasó y se compadeció de "S". Al volver ella a su asiento, nuevamente le agradecí. La verdad me conmovió su gesto. No tenía por qué hacerlo; consentir un capricho no era parte de su trabajo. El tipo tenía corazón.
Terminó el evento, y ya dentro del taxi la señora me preguntó qué tal lo había pasado. "¿Qué tal un auto-exámen?", pensé. Respondí que más o menos, sin referirme a su comportamiento. No iba a decirle que lo malo residió en ellas, así que divagué en boberías sobre la calidad del sonido, el desempeño del artista, etc.
No puedo cambiar lo que son, tan solo puedo observar su comportamiento, como un explorador ante una tribu salvaje... a riesgo de ser devorado.
Al regresar "S" a su lugar, lo que esta señora hizo fue encararse con el elemento de seguridad próximo a nuestros asientos (el que varias veces le impidió a "S" acercarse al escenario), en actitud agresiva, como a punto de tirarle un golpe, lo que seguramente habría hecho de tener una fuerza y estatura mínimamente aceptables. La escena se antoja absurda si consideramos que esta señora apenas mide 1 metro 40 centímetros (un mísero tapón de acuerdo a los estándares que la ubicarían como "enana") y el tipo de seguridad, poco más de 1.70. Aquella, de complexión obesa; este, delgado atlético.
Por supuesto, el tipo casi se echó a reir y la ignoró por completo. Yo, absorto en mi asiento, jamás creí que llegaría a ver semejante escena. Si una actitud altanera es una actitud inmadura... ¿qué ha aprendido esta persona en 59 años? ¿en qué ayudó a su hija con ese berrinche? ¿está su sentido de la persuación tan torcido que creyó que así apelaría a la condescendencia del personal de seguridad?
¿es esa su idea de "solución"?
Lo peor es que la troglodita lo menciona con orgullo. Dentro de su corteza mono-neural, ella cree que se vió bien, que impresionó a los que atestiguamos su drama. Una persona mínimamente honorable se avergonzaría de sí misma; no así ella, que cree haberse dado a respetar al "dar la cara" por su hija. Todo lo contrario: semejante comportamiento es deleznable.
Regresó a su asiento, empujando con el hombro al elemento de seguridad, que estuvo ahí un rato. Luego llegaron otras personas de su equipo. Querían sacar a la enana ("¿nos acompaña a la salida, por favor?") pero se hizo la sorda. Imaginé cómo se la llevaban y la echaban cual bulto, lo cual no ocurrió. El personal desistió, pero tenía constante ojo sobre ella, que empezó a lloriquear pretendiendo victimismo por mal trato.
A este punto ya no tenía ánimo para estar ahí, así que le dije a "S" que debía ir al baño. La verdad quería estar solo. Me sentía rebasado por la insistencia de "S" con respecto al selfie y sus consecuencias y hastiado de la reprobable reacción de su madre. Encontré una silla por ahí y me senté un rato. Ese momento fue lo único que disfruté del evento. Pude rumiar algunas maldiciones a gusto: pensé que la situación ya no podría devenir peor. Me irritó cómo "S" y su madre tienden a arruinar las cosas, hacer de inocentes víctimas, culpar a otros y seguir tan contentas. Pero sobre todo lamenté mi pasividad... ¿por qué tengo que tolerarlas, por qué sigo en contacto con ellas, por qué no retomo mi vida, mi paz, mi libertad?
Al volver a mi asiento, un elemento de seguridad del artista (no del lugar) me echó luz en la cara con una pequeña lámpara. Mediante señas nos invitó a "S" y a mí a pasar al escenario. Yo negué con la cabeza a la vez que hice un ademán de "gracias" pero insistió. Finalmente "S" se acercó al escenario y obtuvo la mentada selfie con el artista, que el mismo hombre de seguridad tomó, lo cual la anula como selfie, pero fue una buena foto, cabe decir. Y sobre todo ¡qué gran tipo! Evidentemente vio todo lo que pasó y se compadeció de "S". Al volver ella a su asiento, nuevamente le agradecí. La verdad me conmovió su gesto. No tenía por qué hacerlo; consentir un capricho no era parte de su trabajo. El tipo tenía corazón.
Terminó el evento, y ya dentro del taxi la señora me preguntó qué tal lo había pasado. "¿Qué tal un auto-exámen?", pensé. Respondí que más o menos, sin referirme a su comportamiento. No iba a decirle que lo malo residió en ellas, así que divagué en boberías sobre la calidad del sonido, el desempeño del artista, etc.
No puedo cambiar lo que son, tan solo puedo observar su comportamiento, como un explorador ante una tribu salvaje... a riesgo de ser devorado.
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