miércoles, 31 de agosto de 2011

Nota sobre el blog.

En un blog anterior, que era como un "archivo muerto" destinado a entradas que pensaba eliminar, me expliqué así:
Surge el deseo de exteriorizar algo. Escribo, publico, y ha quedado plasmado lo que en ese momento sentía o pensaba. Satisfecha mi alma de haberse desahogado, ese texto se convierte en mi enemigo: un comprometido fragmento de mi psique que cuanto más sincero, más desconcertante. Un texto informe que me pone en entredicho y por tanto debe ser destruido. Porque es vano, pesimista, absurdo, soberbio o arriesgado.

Pero resulta que es mío y no puedo renunciar a él porque finalmente contiene algo que debía expresarse. Decido guardarlo en un rincón, esperando que pasado un tiempo me atreva a suprimirlo o aumente mi cinismo valor para permitir que otros lo lean.

Así que, todos esos textos incómodos por los cuales tengo un extraño apego terminan botados aquí. Es algo así como un Top Secret de mi mente, un caótico archivo muerto que quizá refleja con mayor fidelidad lo que soy. ¿No acaso el valor de un blog personal consiste en su franqueza? Sólo así cumple su función de bitácora autobiográfica.

Irónicamente, su informalidad y desenfado satisfacen plenamente mis aspiraciones como blogger.

Enero 2011.
La creación de este espacio data de Marzo de 2011. Sin embargo, he recopilado aquí entradas de aquél blog y anteriores, lo que lo hace abigarrado. Cito la reseña de ese blog porque su propósito recopilatorio continúa en éste.

viernes, 26 de agosto de 2011

Un nuevo día.

Son las seis de la mañana. Tengo un problema terrible de insomnio. Estaré somnoliento y falto de concentración todo el día. Como vivo prácticamente solo no tengo a quién rendirle cuentas por ello. Puedo hacer lo que quiera. Pero esta libertad, que desde adolescente ambicionaba, ya ha perdido su frescura.

Dentro de un momento desayunaré algo. Lo que sea. Puedo cenar un par de huevos y café, o sólo una pieza de pan. Así de simple. Mi dieta no es generosa desde que mi vida de ermitaño comenzó. Llega el momento en que uno se conforma con cualquier cosa. La soledad e indiferencia van de la mano.

Es Viernes. Amaba los Viernes porque el Sábado y Domingo se empalmaban en mi mente, lo que me proporcionaba un descanso psicológico. Ahora que todos los días son iguales, encuentro esa sensación de libertad refugiándome en la lectura o escribiendo yo mismo cualquier cosa, acompañado de música celta, New Age, Lounge o de los 60s.

Y eso es la cumbre emocional en mi vida. Los fines de semana tienen su límite recreativo en la individualidad. Mientras la gente de mi edad comparte su vida con su pareja e hijos o en alguna reunión social, yo saboreo el próximo capítulo del libro en turno o intento capturar con las palabras adecuadas, mi sentir en este diario personal.

¿Alguien quiere café?


martes, 23 de agosto de 2011

Revalorando una amistad.

Hace unos días reflexionaba sobre cómo los amigos llegan a alejarse. Ahora quisiera expresar mi sentir sobre las pequeñas muestras de hostilidad o desprecio por parte de algunas amistades hacia mi, lo cual las pone en entredicho.

No me gustaría que se pensara de mi que soy del tipo quisquilloso o volátil. De hecho no soy muy bueno detectando indirectas o señales de aversión. Aquí me referiré particularmente a una persona. He pensado mucho en ella porque... bueno, son las personas que más queremos quienes más daño pueden causarnos y a quienes les perdonamos todo, ya sea justificando sus actos o minimizando sus gestos antagónicos.

Tampoco quiero victimizarme o difamarle gratuitamente. Estoy lejos de ser ejemplo de comportamiento. Cometo muchos errores en mi trato con la gente. Pero para mi, el lineamiento básico de la amistad es sencillo: si le resulto desagradable a alguien, me alejo sin aspavientos. Si alguien me resulta antipático, simplemente le evito. No estamos forzados a entablar amistad con quien no queremos. No viene al caso ser falso. Si no soy un amigo digno, ¿por qué no decirlo abiertamente?

En realidad no soy exigente con mis poquísimas amistades. Las acepto como son, tal y como ellos me aceptan con mi cúmulo de defectos. Pero creo que entre amigos no debe haber guiños de menosprecio o rechazo. Si bien a veces la convivencia llega a fastidiar, y la idiosincrasia de nuestros amigos nos resulta chocante, después de un tiempo todo vuelve a ser como antes y la amistad no sufre mella. Ni siquiera es resiliente sino que permanece intacta.

Pero hay que saber distinguir entre los gestos del malhumor pasajero y los que evidencian un desdén hacia nosotros. Éstos últimos no son muy notorios. De hecho, el desprecio se deja entrever en los detalles. Guiños que en su momento noté pero no consideré importantes. No los reseñaré aquí. Sólo quería hacer un comentario general y decir que más vale el examen posterior de los hechos que nunca darse cuenta de ellos.

Comportamientos que deberían parecer nimios, cobran mucha importancia debido a de quién provienen. En este caso, son de alguien que constantemente decía apreciarme incluso por encima del resto. Esta actitud resulta decepcionante de quien se presenta ante nosotros como amigo o dice querernos mucho. Tardé en darme cuenta de todo el bluff. Pero afortunadamente esta clase de eventos siempre pueden ser rectificados.

Llega un momento en que se debe dar por terminado un vínculo, porque "charlar y aclarar las cosas" sólo prolonga su deshonestidad.

domingo, 21 de agosto de 2011

Las calles que me esperan.


Hace unos días se me antojó salir a caminar. Evito hacerlo entrada la tarde por toparme con algún vecino, algo casi imposible viviendo en condominio (en cambio no me produce conflicto mezclarme en una muchedumbre de desconocidos).

Por eso tengo ya mis rutas favoritas para recorrer a pie. Lugares relativamente cercanos a mi casa (estoy peleado con mi entorno) pero que se distinguen marcadamente de lo que se supone son mis rumbos y con los cuales debería estar familiarizado. Basta cruzar un puente para respirar un ambiente distinto.

Me gusta mucho recorrer esas calles, porque cada vez recojo cierta nostalgia. He tenido varios trabajos en esa colonia, y cuando paso por esos lugares me gusta ver qué ha cambiado, o si me encontraré casualmente con un antiguo compañero de trabajo. ¿Me reconocerían? Y si eso ocurriera, ¿me saludarían?

Odio esa indiscriminada construcción de condominios, que no solo alteran sino que además atentan contra el encanto que tienen mis calles. No hay terreno baldío que no sea utilizado para colocar un maldito condominio, lo que deteriora la estética (si se le puede llamar así) de la colonia.

Había una chica que vivía por ahí y me gustaba mucho. Tengo la fantasía de que tal vez en alguna ocasión coincida con ella. Me sentiría complacido si eso ocurriera. Pero temo que ya no soy el mismo, y quizá tenga la osadía de importunarla saludándola y preguntándole su nombre.

Recuerdo las primeras veces que me aventuré por esos rumbos. Me sentía como un invasor, alguien que no debería estar ahí. En efecto, no pertenezco a ese lugar; siempre he residido del otro lado del puente. Pero he establecido una extraña conexión con la colonia, conexión ausente con mi propio ambiente.

Después, con la guía de un amigo (cuyo padre había montado, años atrás, un negocio en esa área) profundicé en esas calles. Así me fui familiarizando cada vez más con ellas. Ya no era invasor sino explorador. Mis calles jamás me han producido tal interés. De hecho, me producen temor y rechazo.

Sí, lo he pensado bastante y lo tengo en mente siempre: en cuanto pueda, viviré allá. Aunque quizá es ese contraste el que le otorga a esa colonia su brillo. Y si me mudara a las calles que amo, se tornarían tan monótonas y hostiles como las que me rodean desde hace más de veinte años.

Esas caminatas, que para el ojo común serían un sinsentido, son para mi una terapia, un rito, una aventura. Hay cierto lugar que evito, donde se halla un establecimiento en que solía trabajar y abandoné. A cinco años de haber sido empleado ahí, me atemoriza un poco pasar por enfrente.

Hoy tengo el día libre. Quizá me dé una vuelta, por pura nostalgia.


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