jueves, 11 de agosto de 2011

Así se entretiene un ermitaño.

"El ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente es el último resultado de la civilización". Bertrand Russell.

Mis principales estímulos se reducen a: lectura, ejercicio, música, dibujo y meditación.

Lectura: en la madrugada leí un cuento corto, «El Extranjero» de Albert Camus. Bastante surrealista. La narativa inicial es semejante a un diario, en que el personaje da cuenta de los eventos que atraviesa. Registra un evento tras otro, casi mecánicamente. Vive, pero no está ahí. Trabaja, tiene amigos, pareja, pero todo le es indiferente (incluso la muerte). Así va por la vida, con una frialdad que asusta. Temo que en momentos, yo mismo he llegado a ser así. Ahora estoy por releer "El Hombre Mediocre", de José Ingenieros.

Ejercicio: estos últimos días he suspendido mi rutina. A pesar de tener ya 32 años confío en la capacidad de recuperación de mi cuerpo. Se dice que el cuerpo tiene memoria, y «recuerda» los esfuerzos anteriores. Responde siempre que lo presiono. He pasado semanas de sedentarismo, pero bastan 3 días de entrenamiento para que el cuerpo retome su ritmo. Sin embargo, últimamente he debido reducir mi dieta, y por ende ahorrar energía física. Sin mencionar ese extraño agotamiento en días recientes.

Música: tengo bastantes piezas en esta computadora. No me canso de escuchar a Clannad o Mozart. Es la música que me suele acompañar mientras escribo. En realidad escucho casi de todo, pero prefiero aquello que tienda a lo armónico; esto excluye todo tipo de sonido para sub-humanos, como reggaetón, corridos, hip-hop, norteña y demás inmundicias. Aunque también gusto de escuchar estilos que exaltan, como metal épico (Rhapsody of Fire) y sinfónico (Nightwish). Mi límite de lo «pesado», Cradle of Filth.

Dibujo: dejar de dibujar crea cierta enemistad con el papel. La inspiración también se aleja. Retomar esta actividad se me antoja a volver como traidor a un lugar donde se era querido, y uno debe hacer méritos para obtener el indulto. Hasta que el papel no nos cause temor y la inspiración vuelva a abrazarnos a fuerza de empeño y constante práctica. Me he estancado en mi estilo, y me atrevería a decir que mi trazo no ha mejorado en los últimos 5 o 6 años.

Meditación: con esta palabra me refiero a todo trabajo interno. Afortunadamente mi ritmo de vida es tal, que me permite darme un tiempo cada día para observar y corregir mis pensamientos. No busco encerrarme en mi mundo interno. Por el contrario, busco expandir mi conciencia tanto externa como internamente, y percibir cada vez más elementos de ambos mundos con precisión y detalle. Modificando y perfeccionando también, mi modo de sentir  y pensar, lo cual NO se refleja en nada de lo que escribo.

domingo, 7 de agosto de 2011

"¡A darle átomos!"


Ayer en la noche, como a eso de las 10 PM, hice algunos estiramientos, alcé esas mancuernas y ejecuté una pequeña rutina. Amo ese dolor que despierta el cuerpo. Y debo decirlo: me alegra darme cuenta que, a pesar de haber abandonado la rutina un tiempo, no he perdido condición. Incluso antier que salí a caminar me puse a prueba, y encontré que no pierdo el ritmo. No me permito caminar lento y recorro siempre la misma despiadada distancia sin problema. Me encanta ese dolor posterior a un gran esfuerzo. Realmente lo necesitaba.

No tendré condición a nivel de atleta, pero vamos, que este cuerpo de 32 años aún se defiende. Todavía hace un par de meses me tomé una foto y la verdad no tenía tan mal aspecto. Creo que lo que me ha beneficiado enormemente es la falta de vicios: no fumar, no tomar, no drogas. Mis únicos vicios (que perjudiciales pero no tanto como aquellos) son el café negro y trasnochar. Pero, ¡qué rayos! Esas noches valen la pena.

Sí, es muy extraño el horario para eso, pero debía despejarme un poco. Llevaba horas leyendo.

Así se forja un guerrero, ¿o no?

sábado, 6 de agosto de 2011

Día cero.


El día de hoy no redituó mucho. Sin embargo intento aprovechar el tiempo libre leyendo. Otra vez los libros. Varias cosas, muchas de ellas circunstanciales y otras voluntarias me estrechan a este «pasatiempo» (no me gusta el término; siento que le resta seriedad).

En primer lugar, la costumbre. Tiempo atrás debí renunciar a muchas cosas y las fui compensando con lectura. Gran recurso, accesible y que no requiere mucho, ha absorbido la mayor parte de mi tiempo libre. En segundo lugar, el compromiso personal de mantener mi cerebro estimulado. Forma parte de mi vago e indefinido sentido de vida, que apunta a superarme de algún modo.

En tercer lugar, debo admitirlo, leer es una especie de «fuga», un modo de despreciar el mundo material y darle preferencia al mundo de las ideas. El mundo tiene problemas que no puedo resolver, y las ideas me reconfortan de las frustraciones que el entorno impone.

Existe la idea de que la lectura constante lo convierte a uno, automáticamente, en alguien culto o inteligente. Personalmente he podido comprobar que no es así. Quizá mis conceptos se han ampliado un poco, pero eso no me ha hecho mejor. Lo cual contradice mi propósito, pues la adquisición de conocimiento no garantiza un crecimiento interno. La ganancia real consiste en que, si no he logrado superarme, al menos no me he permitido decrecer... quiero pensar que es así.

Recuerdo periodos en que me sentía internamente pletórico, ensanchado. Me encuentro ahora, de algún modo, obstruido, incapaz de elevar mi entendimiento como lo hice alguna vez. Me imagino que algo así debe sentir el pugilista retirado que, sentado en un sillón, recuerda sus pasados días de gloria, pero tiene que seguir adelante porque «la vida continúa». Ya no se tiene la fortaleza de antes, ya se encuentra uno «quemado». Pero hay que seguir viviendo.

Es un poco decepcionante, por fin, haber al menos vislumbrado un propósito genuino y no poder llevarlo a cabo. Pero creo que mejor me detengo. Ya hizo presa de mi esa tendencia al pesimismo.

viernes, 5 de agosto de 2011

La disensión en mis sueños.

Mi noche de Jueves para amanecer Viernes estuvo plagada de los sueños más extraños. Me soñé recorriendo una ciudad abandonada, en la que había tal silencio que se escuchaba el soplar del viento. Iba en auto no recuerdo con quién. Esa persona conducía, yo era el copiloto. Intercambiábamos comentarios ocasionalmente, sobre a dónde ir o dónde dar vuelta en la soledad que nos rodeaba.  Buscábamos otros seres humanos pero en su lugar nos topábamos con bestias mezclas de felino y perro, pero casi tan grandes como el auto en el que viajábamos.

-Hay que mantener los vidrios cerrados- me dijo mi acompañante, que era una mujer, pero no recuerdo quién. Sin embargo, en el sueño la sentí familiar (¿Señorita "Y"?).

Por fin llegamos a una especie de escuela abandonada, en la que aún había cristales pero éstos eran completamente oscuros, así que no se podía ver hacia dentro. Le di la espalda a esos salones, esperando desvanecer con ello también el temor que me provocaban. En el silencioso y deteriorado patio me encontré con algunos familiares. Todos se encontraban bien, felices. Sin embargo yo me sentía incómodo y desprotegido en ese lugar. «¿Cómo pueden estar riendo si nos encontramos expuestos al peligro?» Sentía que debía protegerlos a la vez que me sentía impotente para hacerlo. Peor aún, debía guardarme mis tensiones y poner buena cara ante ellos.

Predominó en el sueño una sensación de desolación, a pesar de que en él «no estaba solo».

En otro sueño estuvo presente mi hermano. Aunque no lo vi, estaba presente mediante su sola voz. Se encontraba furioso con mi padre, por las cosas que éste había hecho. Recuerdo las reclamaciones de mi hermano a nuestro padre: tenían relación con sus engaños, su manipulación. Era un discurso bastante articulado, cosa curiosa, ya que por lo general los sueños (al menos los míos) carecen del mínimo orden.

Mi hermano no vacilaba en su recuento de daños. Su voz ahogada en ira despertó la mía, y traté de calmarlo haciéndole ver el fracaso total que nuestro padre enfrentaba en vida: estancado en un empleo mediocre, que no le satisface ni económica ni emocionalmente. Le señalé en tono irónico cómo nuestro padre, en sus «días de éxito», tildaba de estúpidos a todos a su alrededor. «Todos son unos pendejos, yo soy bien chingón», era su actitud entonces. Y cómo actualmente, cualquiera de los que solía denostar tan despóticamente, tiene una calidad de vida que ya quisiera él.

-Él no necesita castigo. Su propio modo de ser lo ha condenado. Pobre tipo, da pena- le dije en el sueño a mi hermano, con quien me sentía, valga la redundancia, hermanado. Sentimiento ausente mientras él vivía debido a las diferencias que mi padre marcó entre nosotros. Lo curioso es que esta vez he soñado a mi hermano como aliado. Usualmente aparece en mis sueños hostil hacia mi, siempre retándome en duelos retóricos bastante perniciosos, cosa que él nunca hizo en vida.

Creo que ese sueño destapó más bien mis propios deseos de ajustar cuentas con mi padre. Me trajo sentimientos negativos e intensos: rabia, impotencia y deseo de venganza. Claro que no consumaré venganza alguna. Por el contrario, reflexiono sobre cómo proceder correctamente en mi vida en general y evitar los errores y defectos de quien se supone debió ser mi «modelo a seguir».

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