martes, 20 de noviembre de 2012

Rescoldos.

Siempre me acompañará ese último momento que vi a mi hermano con vida y en el cual tuve qué reprimir mi intención de saludarlo debido a la discordia sembrada entre nosotros por mi padre.

Más me enojó que desde su muerte mi padre haya cambiado su actitud con respecto a mí. Si fue muy cobarde al escudarse tras su hijo y manipularlo para hacerlo partícipe de sus conflictos, fue aún más cobarde al mostrarse amable después de su muerte, como si nada hubiese ocurrido.

La vida de mi hermano fue difícil desde su nacimiento. Tuvo algunos problemas respiratorios y permaneció en el hospital por algunos días. Su mal congénito llamado Síndrome de Moebius era desconocido a finales de los años 70. Muchos asumían que mi hermano padecía algún retraso; en realidad era un niño brillante y con chispa.

La apariencia siempre ha sido un lastre en la sociedad. Se les juzga a las personas por su aspecto y si alguien tiene rasgos inusuales o no se ajusta a los cánones de lo que se considera «normal» se le desprecia o maltrata. Mi hermano fue víctima de abuso desde niño. Recuerdo cuando acompañé a mi madre a recoger a mi hermano después de su primer día de clases en la primaria. Varios niños lo golpearon y se burlaron de él. Afortunadamente mi madre lo sacó de esa escuela y lo metió a una donde esa clase de abusos no eran tolerados. Aún así, mi hermano siempre fue blanco de abusadores a causa de su aspecto.

Hoy pienso en lo difícil que fue no solo para él sino para mis padres. Pero ignoro lo difícil que es saber que un hijo es discriminado. Eso solo lo saben cabalmente los padres cuyo hijo padezca alguna deficiencia. A mí no me queda más que especular torpemente. Solo ahora puedo columbrar lo duro que habrá sido para mis padres también.

Debo confesar que cuando niño también fui abusivo con mi hermano. Me ensañé un poco con él, no por las mismas causas sino porque era parte de mi comportamiento. Hay una etapa en que los niños somos crueles. No intento justificarme sino entender por qué me comporté así con él. Sin embargo esto cambió después y en la adolescencia, al superar la secundaria, fuimos más unidos.

Coincidimos en un par de semestres en la preparatoria; fuimos asignados al mismo salón. Ahí fui testigo directo de las dificultades que enfrentaba mi hermano en entornos sociales y más en una etapa tan crítica. No disfrutamos nada ese periodo. Me produjo la misma sensación que cuando niño, me adentré en una escuela que no era mía para recuperar mi juguete. La diferencia era que este entorno era realmente despiadado y no había un ojo protector en nuestras espaldas.

Solo hay un momento que puedo rescatar de esos días y fue cuando ambos nos fuimos «de pinta». Por entonces exhibían una película de ciencia-ficción, «El Día de la Independencia». Yo era el único que no la había visto pero él tuvo la idea de ir al cine a verla. Es uno de los mejores momentos que atesoro con mi hermano. Debo decir que él era en esencia una gran persona. Como me hubiese gustado que su vida haya sido distinta y que el destino no se haya cebado tanto con él. Definitivamente merecía algo mejor.

Incluso su funeral no fue del todo «afortunado». Debido a su sobrepeso no había ataúdes que pudieran contenerlo. Así que fue velado con su cuerpo envuelto en sábanas. Era impactante verlo así.

Su muerte doblegó drásticamente a mi padre. En este sentido gané un poco de paz pero a un precio muy alto. Al carecer de su aliado principal ya no pudo continuar su ofensiva. De repente se tornó amistoso pero no le di pie a establecer una falsa tregua. Si mi hermano estuviera con vida lo seguiría utilizando como hizo durante casi diez años. Y aunque ya no tenía necesidad de defenderme ni debía preocuparme por posibles hostilidades, nada compensa su despreciable proceder mientras mi hermano vivió.

Me entristece recordar a mi hermano. Tanto su vida como su muerte fueron trágicas. Pero debido a la incordia sostenida con mi padre hacia mi durante una década, su muerte me proporcionó un descanso psicológico porque mi padre ya no tuvo en quién apoyarse para agraviarme. No me reporta ninguna dicha que mi hermano se haya ido, pero su repentina partida me benefició: por mi padre la muerte de mi hermano cobró en mi mente un valor positivo. Eso convierte a mi padre en alguien despreciable. A veces me pregunto por qué tengo un concepto tan negativo del "mundo exterior" si los más grandes ejemplos de ruindad los tuve en casa.

Analizando cómo se dieron los hechos detecté que mi hermano se había abandonado deliberadamente. De repente ya no le preocupaba en absoluto su salud. Nunca atendió ese aspecto de su vida pero desde que obtuvo ese empleo con la familia de mi padre fue más marcada su tendencia a los excesos. Comía mucho y mal y fumaba demasiado. Pienso que mi hermano en algún momento tomó una determinación: la de vivir sin privaciones hasta donde le fuera posible, propiciando así su muerte prematura. A veces las personas toman ese tipo de resoluciones y esa fue la que mi hermano eligió para «saldar cuentas» con la vida por años de infortunios y carencias.

Yo no permití que su pérdida me hundiera. Dos días después me levanté y fui a trabajar. Quería entregarme a la tristeza pero no quise permitirme abandonar el trabajo así que me obligué a seguir adelante. Además pensaba que el trabajo me ayudaría a distraerme. A veces no tenía ánimos de levantarme pero también era peligroso quedarme ahí. Hube de realizar un esfuerzo tremendo para levantarme cada día pero más vale eso que dejarme abatir por la pena porque entonces me sería más difícil superarla.

No hay palabras que consuelen una pérdida. Solo uno sabe qué tan profundo es el dolor que esta nos produce. Solo no hay qué rendirnos por completo al sufrimiento, porque puede esclavizarnos. Creo que la reflexión sobre la muerte es válida y necesaria pero no hay qué perder de vista que la vida sigue teniendo cosas buenas, aunque estas sean pocas.

Tres meses después el dueño cerró el restaurante de imprevisto, colocándonos en una situación complicada pues nunca nos avisó que cerraría. No supe más de él ni del cheff. Solo seguí en contacto con mi amigo Edgar quien pronto se acomodó en una buena empresa. Yo volví un par de meses a mi vieja tendencia a la indiferencia. Me volví a quedar sin dinero y nuevamente comencé a padecer, pero dicha situación ya no me angustiaba tanto. Poco después entré a trabajar en otro restaurante que se ubicaba en la misma zona que el anterior. Ya lo había visto tiempo antes y alguna vez me prometí trabajar ahí si acaso el otro restaurante cerraba, como finalmente ocurrió. Era turno completo y pagaban mucho mejor.

Ahí conocí a quien después sería un buen amigo, Sinuhé, que entró a trabajar el mismo día. También venía de una situación en extremo difícil y platicamos mucho sobre eso. También cayó en una situación límite: quedarse sin nada y ver cómo las cosas le resultaban mal cuando su situación parecía que no podía empeorar. Ambos habíamos padecido un rigor inhumano y nos identificábamos mucho por eso.

No duré mucho ahí pero fue un excelente empleo. Lo abandoné por esa inmutable falta de confianza y esa sensación de incapacidad ante los retos. Pero sigo en contacto con Sinuhé, Edgar y otros amigos mediante redes sociales.

A veces me dejo llevar por la nostalgia y realizo paseos por los lugares en que he trabajado. Casi todos se encuentran en la misma zona. Evocan experiencias en que se me permitió sentirme diferente, integrarme un poco a la corriente de la vida y no ser siempre el compás disidente. En uno de esos paseos me encontré con Montserrat. Me atreví a acercarme a ella y saludarla pero no me recordaba. Fui muy torpe en mi conversación con ella (no podía ser de otro modo) y le causé muy mala impresión. Le habré parecido un loco o un acosador. Pero me hizo bien ese reencuentro que se dio un año después que el restaurante fue cerrado.

Seguir hablando de mi vida desde 2008 a la actualidad sería repetirme. El resto lo he volcado en blogs desde entonces. Tan solo quería hacer una recapitulación al vuelo que posiblemente solo me interese a mí. Desde tiempo atrás sentía necesidad de hacer un repaso general de mi vida y fue un ejercicio saludable. Me frenaba el sentirme inmaduro para ello pero de mantener esa idea no lo hubiera hecho nunca.

No puedo precisar qué he aprendido de todos estos años, sobre todo de la década anterior. Mucha gente me ha señalado cuánto se ha agriado mi carácter. Los más cercanos me han dicho que soy como otra persona (siempre he sido introvertido mas no adusto), que me desconocen. Atribuyen ese drástico cambio a la muerte de mi madre. Por supuesto que eso influyó. Pero la causa de tal cambio se debe más que nada a ese periodo del 2004 al 2008 en el cual se me privó de sentirme parte de algo y se me impuso el sentirme excluido.

Existe la bonita idea de que si uno se propone salir adelante, la vida nos abre sus puertas. Pero no es verdad. A veces nuestros más grandes esfuerzos darán resultados pobres o nulos. Nos toparemos con un desprecio recurrente y notaremos que a pesar de mostrar distinta actitud nuestras circunstancias no cambian mucho, lo cual genera un desgaste interno. Aún así, hay qué ser un poco osado y empeñarse en continuar. Porque la vida no puede ser eternamente desdichada ni uno tan cruel consigo mismo para resignarse a ella.

El proceso de escribir produce mucho alivio. Lo que aquí queda escrito es el mero efecto y quizá no sea tan importante. Pero creo que vale la pena atesorarlo para una lectura posterior. Además me lo debía.

Para que un diario sea honesto debe incluir todas esas experiencias significativas, tanto las buenas como las malas. Aquellas que atesoramos por la dicha que nos brindaron como las que minaron nuestro espíritu. Solo así podrá representar el cuadro de nuestra vida con mayor fidelidad.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Adiós hermano.

La pasé bastante bien esos días en el restaurante. Me acoplé de inmediato. Creí que sería más difícil pero mi mente ya no era tan susceptible. Creo que estaba cansado de angustiarme tanto por cualquier cosa. Todo el tiempo temeroso, cohibido... ya estaba harto de eso.

Aunque podía costear los pasajes de ida y vuelta, la paga era poca. Así que continué haciendo el camino a pie. Cuarenta minutos de caminata diarios me devolvieron mi buena condición y aunque no recuperé mi peso de antaño volví a tener buen aspecto. Retomé mi rutina de pesas y en pocos meses subí diez kilos.

Mi amigo que el primer día me pareció malhumorado resultó ser bastante liviano. Pero mi inseguridad me hacía prejuzgar a las personas como malintencionadas. Mis expectativas siempre eran negativas pero no era mi culpa. Aprendí a predisponerme a lo malo para evitar decepciones.

Pero todos ahí eran buenas personas. El único que tenía cierta tendencia al conflicto era el cheff pero sus agresiones eran menores. Sin embargo conformábamos un buen equipo y el ambiente era muy agradable. Debo decir que me sentía mejor ahí que en casa. A pesar de ser el empleo en que menos dinero he ganado, ha sido el más satisfactorio. Cumplía mis pocas expectativas. Me proporcionaba algo de dinero, tres comidas diarias y un horario que me permitía hacer otras cosas. Para mí era más que suficiente.

Ocasionalmente veía pasar a una chica por el local o las calles cercanas. Era muy bonita y de hecho su belleza destacaba del promedio. Pelirroja y de ojos verdes, lucía hermosa a pesar de que no siempre se esmeraba en su aspecto. Así son las mujeres que se saben bellas: se dan el lujo de dejarse ver un poco desarregladas. Y aún así me dejaba sin aliento cuando coincidíamos por ahí. Mi amigo la conocía y por él supe que se llamaba Montserrat. «Esa chica es guapa», decía mi amigo acertadamente.

Una vez de camino al trabajo me la encontré y me sonrió. Le devolví la sonrisa y desde entonces la saludaba cuando coincidíamos en la calle. Pero en esa época jamás me atreví a entablar conversación con ella. No tenía habilidad ni soltura para eso. En cambio mi amigo técnicamente era un macho-alfa. Tenía muchas amigas que lo visitaban en el restaurante. Él era todo lo contrario a mí.

Una vez, ya cerrando el restaurante llegó un par de amigas suyas. Se sentaron a platicar en una mesa y me las presentó. Yo regresé a la cocina por mis cosas para irme. Mi amigo me invitó a quedarme un rato a platicar lo cual le agradecí. Pero le dije que sería mejor en otra ocasión y me fui. Nos dimos la mano y mi amigo regresó al restaurante, sin embargo lo noté consternado. Sé que lo normal era aceptar y convivir un rato pero nunca fui buen conversador y nunca había tenido esa experiencia de sentarme a platicar con dos mujeres a las que además no conocía. Solo pensaba en regresar a casa para leer y escuchar la radio.

Nuevamente la temporada navideña se encontraba cerca. Esperábamos que con ella el negocio remontara, ya que se encontraba en declive. Había muchas cosas que no hacían bien. La comida era buena pero el servicio era... bueno, bizarro. El dueño, que había residido gran parte de su vida en Estados Unidos, era del tipo rockero. Era baterista en sus tiempos libres y su aspecto no era adecuado para atender en un restaurante. Era una muy buena persona pero no causaba buena impresión. No es que hubiera algo mal con ser rockero; simplemente estaba fuera de contexto. Trabajar en restaurante no era lo suyo, sin embargo se aventuró para probar suerte.

En casa las cosas habían mejorado un poco. Mi hermano había entrado a trabajar con los parientes de mi padre y comenzó a prosperar. Sin embargo a veces se mostraba fastidiado debido sus intromisiones en su vida personal. Mi hermano, dos años mayor que yo, necesitaba emanciparse un poco de mi padre, pero este se había convertido en una plasta. No lo dejaba tomar sus decisiones libremente y se inmiscuía en todos sus asuntos. No quería perder autoridad sobre él y siempre temió ser relegado, como ocurre naturalmente en toda relación padre/hijo.

Por cierto, aunque mi hermano se dedicaba a algo que le gustaba y ganaba bien, no se sentía satisfecho. Su ambiente laboral era muy nocivo. Debía tratar todos los días con la familia de mi padre: su hermana y sobrinos. Gente poco agradable y al igual que mi padre, invasiva, manipuladora y enferma. Mi hermano prosperaba en lo material, pero emocionalmente se encontraba ya agotado. Creo que por eso solía buscarme a veces para charlar. Necesitaba desahogarse un poco del asfixiante entorno en que se encontraba inmerso.

Qué ironía de ironías. Mi hermano que, al igual que mi padre, hizo escarnio de mi situación, ahora iniciaba conversaciones conmigo el indeseable, el aprovechado. Una vez mi hermano, antes de salir de casa, musitó «deberías irte de la casa». Por supuesto no lo tomé en serio porque era clara la influencia de mi padre sobre él. Pero ese tipo de manipulaciones constantes ya comenzaban a cansar a mi hermano. Quizá se percató del perjuicio que los consejos no pedidos de mi padre le causaban. Sin embargo le faltaba juicio crítico para refutarlo, el cual por cierto nunca pudo desarrollar precisamente por la constante «terapia mental» de mi padre.

Mi hermano siempre fue muy ambiguo debido a esto. A veces se liberaba parcialmente de la influencia de mi padre y se acercaba a mí. Al día siguiente me ignoraba por completo. Después de unos días me saludaba como si fuéramos grandes amigos y un día después volvía a ignorarme. Quizá lo hacía involuntariamente debido a la confusión que experimentaba. En lo personal no me preocupaba si me hablaba o dejaba de hacerlo. Consciente del poder de mi padre sobre él, había dejado de tomarlo en serio hacía tiempo. Cuando mi padre nos veía platicar se sentía traicionado por mi hermano. Así colocaba a mi hermano en un dilema, haciéndolo sentir incómodo por atreverse a comunicarse conmigo. Nunca le prohibió hacerlo, pero entre líneas le dio a entender que hacerlo lo convertía en traidor. De inmediato mi padre le preguntaba cualquier tontería a mi hermano para interrumpirnos y ganar atención. A mi hermano no le quedaba más que atenderlo. Nunca le reproché nada a mi hermano, pero sí le llegué a decir que debía imponerse y comenzar a liberarse poco a poco.

Realmente mi padre tenía poder sobre él porque él mismo se lo otorgaba. Alguna vez fui duro con él al decirle que no era más que un peón de mi padre. No lo hice por competir por su atención sino porque me desesperaba que no hiciera el intento por despegarse de ese parásito psicológico que era mi padre.

Llegó la Navidad, que pasé tranquilamente en mi habitación, leyendo con mi gato recostado en mis pies. Fue una noche muy dichosa a pesar de que no cené nada especial. Fue como una noche cualquiera, sin celebración alguna. Años atrás esas fechas habían perdido significado para mí, y aunque pude haber aceptado alguna de las invitaciones que se me ofrecieron, decidí permanecer solo. El Año Nuevo lo pasé igual. Me sentía a gusto y contento.

Fue una época muy fría, la más fría que recuerdo. Desde el primero de Enero mi hermano se enfermó y durante toda la semana faltó al trabajo. Exhibía todos los síntomas de un resfriado. Tos, congestión, dolor de cabeza, dolor muscular. Cuando mi hermano se resfriaba invariablemente pasaba unos días en cama. No noté nada fuera de lo normal. Lo veía levantarse, ver televisión, hablar por teléfono. Sin embargo pasaba gran parte del tiempo recostado, lo cual no me parecía fuera de lo normal tratándose de un resfriado.

El 7 de Enero me alisté para ir al trabajo y mi hermano se encontraba en el sillón de la sala, revisando los mensajes en su celular. Me sentí aliviado al suponer que se había recuperado o que al menos se sentía mejor. Eran las 11 de la mañana. Al pasar frente a él lo volteé a ver y me sentí tentado a saludarlo pero como seguía absorto en su teléfono no quise ser inoportuno. Abrí la puerta y salí.

Durante todo el día en el trabajo me sentí muy extraño. Tenía un mal presentimiento. Una especie de sensación no racional de que algo andaba mal. Era muy incómoda pero traté de ignorarla. Por lo general la razón neutraliza esas intuiciones como sensaciones temporales y sin fundamento. Concluí la jornada como de costumbre y regresé a casa.

Al regresar vi una ambulancia en el estacionamiento. Lo primero que imaginé fue que algún vecino de edad avanzada se había enfermado de gravedad. También pasó por mi mente otra posibilidad, aún más trágica, de que algún ladrón haya accedido a la unidad habitacional y herido o ultimado a algún vecino por oponerse al asalto. Subí las escaleras y noté muchos vecinos afuera de mi casa. Yo los saludé y ellos me observaron con pesar. La puerta de mi departamento se encontraba entreabierta. Lo primero que vi al entrar fue un par de paramédicos. Luego, en el sillón, se encontraba mi hermano muerto.

Fue una sensación abrumadora. Mi impresión fue tal que trascendió todas las emociones. No sabía lo que estaba pasando. Me encontraba en shock. Uno de los paramédicos me preguntó «¿Usted es pariente del fallecido?» «¿Es el hermano?» Yo respondía mecánicamente. No sabía a dónde voltear. A los paramédicos o al sillón donde... ¿estaba mi hermano muerto? Aún no sé si sus preguntas me impidieron superar el shock o por el contrario, evitaron que me dominara por completo. No recuerdo con precisión sus palabras, solo unas frases sueltas. «...Debido a su sobrepeso...» «...infarto fulminante...» No recuerdo qué otras preguntas me hicieron ni las respuestas que les ofrecí. Mi padre se encontraba en el sillón respondiendo preguntas también.

No supe qué hacer o qué sentir. Sentía como estar en un sueño. En los sueños la sensación de lucidez es difusa, como poco clara. Así me sentía en ese momento. Me dirigí a mi cuarto de dejar mis cosas y a sentarme en mi cama. Necesitaba recuperar claridad y tratar de discernir si lo que estaba ocurriendo era real. No sentía tristeza ni pánico. Mis emociones estaban desactivadas por el shock.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La bestia domesticada.

Un día, en una absurda y literal interpretación de un texto búdico, me senté en mi cama a meditar indefinidamente. Superé el hambre, la violencia y el rencor. Entré en un estado  de euforia en que nada me afectaba. Logré la indiferencia máxima en ocho horas sostenidas de meditación. Me había vuelto un tirano espiritual para conmigo mismo. Mi  intención era encontrar la paz en medio de mis circunstancias. Pensaba que si lograba un estado de felicidad en tan malas condiciones entonces podría ser feliz en cualquier situación. Así que debía presionarme al máximo. Estaba entregado a una enfermiza lucha contra mis impulsos básicos.

Había perdido contacto con la realidad. Vivía prácticamente encerrado en casa, sin contacto con nadie. No tenía amistad alguna ni intención de conocer nuevas personas. Eso ya no existía. Lo único real para mí era la frialdad del mundo que me había dado la espalda, la absoluta imposibilidad de cambiar mis circunstancias y mi afán por exterminar mi ego y personalidad.

Solo salía a conseguir alimento para mi gato y estirar las piernas un poco, aunque evitaba esforzarme demasiado pues tenía que administrar mis pocas energías. No hay mucho qué  decir sobre ese año porque todos los días fueron casi idénticos: cada mañana me  levantaba a beber un café y alimentar a mi gato. Luego hacía unos cuantos ejercicios de flexibilidad (ya no levantaba pesas), después me daba un baño (el único placer que me  quedaba) y el resto del tiempo permanecía enclaustrado en mi habitación. Parecería una lúdica rutina pero la consunción me había arruinado no solo el cuerpo sino los nervios.

Mi mente se había dividido en dos: una parte se encontraba serena mientras que la otra padecía todos los tormentos. Era un fenómeno que según mis estúpidos libros de  esoterismo se explicaba como la división entre la «esencia» y la «falsa personalidad». Hoy intuyo que había caído en un estado de esquizofrenia. La idea del suicidio se había vuelto recurrente pero disfrazada como «anhelo de trascendencia». Creo que en esos días ya estaba perdiendo la cordura.

Y mi humanidad. Ya no quedaba rastro en mi comportamiento que indicara que era un ser humano. No puedo evitar sentir ternura por quienes frente a mí se han quejado de permanecer dos o tres días sin recibir visitas ni hablar con nadie. Hay personas que se deprimen si no reciben un abrazo o una llamada en una semana; sienten que su mundo se tambalea. Se indignan si se les ofrece algún alimento que no es de su agrado. Les parecería inconcebible que yo pasé casi dos años virtualmente aislado y con el estómago vacío. De rozar los 70 kilos de peso bajé a 50. Mis únicas distracciones eran mis libros, mi diario y jugar con mi gato. Ni hablar de un abrazo o una palabra de apoyo. Olvidé qué era eso.

Llegó la temporada navideña, y con ella el temor de una reunión familiar. Esta posibilidad no me causaba ilusión. Por el contrario, temía que me vieran en tan deplorable estado. No había tenido tan mal aspecto desde 2004 y no soportaría el bombardeo de consternación, conmisceración y escarnio. Ni las preguntas morbosas sobre mis actividades durante todo el año o por qué estaba tan delgado. Ni el dolor de la comparación entre mi vida marchita y las suyas, llenas de sentido. Por fortuna dicho encuentro familiar no se dio. Ni siquiera recibí una llamada por teléfono. Esto me quitó un peso de encima y pude continuar con mi estúpida lucha contra los «Yoes».

No podía evitar recordar la Navidad del año anterior. La había pasado trabajando. Me encontraba sano, era un individuo mediocre pero activo, parcialmente reconciliado con la vida. Un año después solo era una sombra de hombre: no estaba muerto ni vivo. Solo era un enjuto pedazo de carne, un intelecto enfrentado contra sí mismo y un corazón resquebrajado.

Llegó el Año Nuevo. Era algo inexplicable. Había sobrevivido un año inmisericorde y al igual que en 2004, no había lógica en ello. Mi resistencia había sido probada pero esto no me devolvió la confianza ni me dio fe. Por el contrario, había interiorizado una fobia casi absoluta a la vida. Era como un animal que ha sido aislado durante mucho tiempo y la cercanía de cualquier otro ser vivo o la exposición a un entorno abierto le crispa los nervios.

¿Qué era yo? ¿Qué motivo tenía mi existencia? ¿Por qué había sobrevivido a un año de desnutrición y demencia? ¿Qué sentido tiene una vida tan fría y descarnada? ¿Y qué diferencia hacía el tránsito de un año a otro? Ninguna. Mi férreo contexto de vida permanecía inmutable. El problema era que no sabía si podría soportarlo. Aún así, pasaron meses para llegar al convencimiento de que ya no tenía nada qué perder. ¿Qué más daba lo que mi padre o hermano dijeran o hicieran? ¿Qué podría arrebatarme ya la vida? ¿Qué clase de comentario malicioso sobre mi mal aspecto podría afectarme? Había tocado fondo. Simplemente eso, había tocado fondo. Después de eso había solo dos opciones: dejarme morir o levantarme y por pura curiosidad, intentar obtener algo.

Opté por lo segundo.

En mi cajón me quedaba un foiler, un juego de copias de documentos y dos solicitudes de empleo. Me costó trabajo llenarlas pues mi pobre experiencia laboral no cubría satisfactoriamente los espacios vacíos. Pero ya nada me importaba así que me permití introducir algunos datos falsos. ¿Qué tan graves hubiesen sido las consecuencias de eso? Seguramente no he sido el único que lo ha hecho. Repasé mentalmente los lugares que años atrás recorrí con mi amigo. Quizá encontraría una oportunidad de empleo por ahí. Lavaloza, ayudante general, empleado de limpieza. Lo que fuera, ¿qué más daba?

Aún luchaba mentalmente con las posibles represalias que enfrentaría si mi hermano y mi padre notaban algún progreso de mi parte. Pero ya no era capaz de recibir más daño. Ya no había modo de hacerme experimentar pérdida pues nada tenía.

Era todo. Lo único que faltaba era tener el valor para poner un pie en la calle. Esto fue lo más difícil. El mundo exterior era algo que había aprendido a observar desde mi ventana. Como una fantasiosa película en la televisión, así veía lo que había afuera. Un irreal conjunto de elementos que reaccionando en cadena formaban eso que llaman vida. En ella, seres humanos conviven, luchan, tropiezan, aman, odian, acumulan y comparten experiencias. Después de casi dos años debía exponerme nuevamente a todos esos componentes. Me serví del proceso llamado "aproximaciones sucesivas". La primera vez que salí solo di una vuelta por ahí para que mi psique se fuera re-acostumbrando a los estímulos: todo ese movimiento, interacción y ruidos de la calle que me inducían pánico. Poco a poco fui aumentando mis distancias hasta llegar a aquellas calles que alguna vez recorrí. Y recordé la calidad de esos paseos. Tortuosos cuando iba en compañía de mi amigo, placenteros recién abandoné el restaurante y relajantes después de renunciar a la pastelería.

Llegó el día en que salí formalmente a buscar empleo. Mi objetivo era una fábrica que se encontraba relativamente lejos de mi casa pero lo suficientemente cerca como para llegar a pie. Veinte minutos de caminata de ida y los mismos de vuelta; así me ahorraría los pasajes. Antes de llegar a ella vi un pequeño restaurante cerca donde solicitaban un ayudante general. En la puerta de entrada vi un muchacho alto y moreno, dándole una vista general a la calle como tratando de despejar su mente. Lucía muy mal encarado y tenía un mandil así que adiviné era cocinero. Me seguí de largo para tomarme un tiempo y mentalizarme. Siguiendo el viejo consejo de mi amigo, pediría trabajo ahí antes que en la fábrica. Di la vuelta y me encaminé al restaurante. Tragué saliva y entré. No había nadie. Después apareció un señor robusto que supuse era el cheff. Le pregunté por la vacante y llamó a alguien más que se encontraba en la cocina: el mismo chico que había visto minutos antes en la entrada y posteriormente, un gran amigo.

Me dio información sobre el empleo. Era de medio tiempo (solo seis horas al día) y pagaban poco. Las tareas eran sencillas y me darían de comer. Me quedé a trabajar ese mismo día.
Estaba sumamente nervioso, quizá excitado por la facilidad con que habían resultado las cosas. Muchas veces pensé por qué no lo había intentado antes en vez de padecer inútilmente un año y ocho meses de terribles privaciones.

Era Septiembre de 2007 y había encontrado una oportunidad de comenzar de nuevo. No tenía expectativas ni proyecciones. Había aprendido a conformarme con lo que la vida quisiera otorgarme. En dos años había desarrollado un carácter estoico y la mínima ganancia económica me daba igual. El ambiente laboral resultó ameno y al ser la jornada de solo seis horas tendría tiempo para el ejercicio de mis facultades, en lo cual siempre encontré refugio. Y como solo eran tres empleados (un cheff, el mesero y el dueño que hacía un poco de todo) la convivencia no sería tan pesada.

En la mañana de ese primer día me encontraba derrotado y lleno de angustia. Pero el hombre más arrojado no es aquél que goza de ventaja sino el que no tiene nada qué perder. De regreso a casa me sentía muy diferente, como despertando de una pesadilla de dos años.

Basta introducir un factor distinto en la ecuación de nuestra robótica y gris vida para que esta sufra una modificación completa. Por supuesto, no siempre se obtiene algo. Pero al menos ya no se permanece inmóvil y presa del pánico. La sola exposición a estímulos nuevos disipa muchos fantasmas que en nuestro lecho de muerte parecían tan amenazantes.

Ayudante General nunca ha sido ni será un gran empleo. Pero es suficiente para mantener un estilo de vida decente y en todo caso es mejor que nada. La disposición o anhelo de resurgir no garantiza grandes victorias como nos dice la literatura. En ella, el personaje toca que toca fondo y se levanta es recompensado con lo mejor. Aquí, en la vida real, el más grande esfuerzo puede no producir fruto alguno, ni la voluntad más implacable asegura el éxito inmediato. Pero para que ocurra algún cambio se deben realizar esfuerzos y tentativas. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

Destinado a caer.

Era extraño. No me importaba el trato denigrante. Lo aceptaba por resultar acorde a mi «dignidad». Muchas veces se me ofreció la oportunidad de aprender el oficio de pastelero, panadero o atendiendo a los clientes. Pero ya no quería poner a prueba mi capacidad de aprender, que consideraba nula y me pareció que lo adecuado era permanecer como empleado de limpieza.

Ya me encontraba físicamente repuesto. En esos días me comía un pollo rostizado entero yo solo. Me sentía relativamente bien. Creo que en el aspecto económico y social 2005 encierra la mejor época de mi vida. Pero internamente me encontraba siempre violentado. Curiosamente esa emoción jamás la notó nadie y siempre fui visto como alguien sereno y hasta «falto de malicia», como llegaron a decir de mí en el restaurante.

No entablé ninguna amistad sólida en la pastelería. Pero había un compañero llamado Raúl con quien me llevé muy bien. Era dos años menor que yo pero más alto y curiosamente, físicamente éramos muy similares. Esto le sorprendió a todos en la pastelería. Muchos comenzaron a preguntarnos si teníamos un vínculo sanguíneo, otros asumieron que éramos primos. La diferencia es que él era más bien rubio y yo simplemente caucásico.

Más extraño resultó que incluso en el lenguaje corporal teníamos actitudes parecidas. Me era fácil imitarlo, lo cual causaba mucha gracia a los demás. Al poco tiempo fui más conocido como el «primo de Raúl» que por mi nombre. Y para añadir otra curiosidad, éramos afines con respecto a muchas cosas como la música o la cultura. Los demás empleados solían escuchar música de banda, norteña y salsa, géneros que ambos detestábamos. En cambio nuestros gustos musicales eran similares: rock, metal. Era un tipo estudiado. Había concluido su bachillerato y evidentemente era lector regular. Me parecía incongruente que se empleara como «mozo» si evidentemente tenía aptitudes y rango académico para mucho más que eso.

Su humor también era muy ingenioso. Dominaba la ironía con maestría y muchas veces sus bromas pasaban desapercibidas por aquellos cuyo humor se limitaba al albur. Podía ser muy bobo e inteligente a la vez. Este tipo era como una versión mía de una dimensión alterna... o quizá yo era una versión negativa suya.

Fuera de eso no tengo anécdotas rescatables de mis días ahí.

Un día estaba mi padre en la sala. Cuando yo entré a la cocina, había una caja justo sobre los platitos de comida de mi gato. La moví y regresé a mi cuarto. Al regresar a la cocina, la caja estaba nuevamente sobre los recipientes. La aventé de tal modo que quedó en medio de la sala. Entonces mi padre se alteró. «¿Qué te pasa, pendejo?», me dijo. Me acerqué a él y lo observé. Siguió despotricando pero no se levantó del sillón, que era lo que esperaba que hiciera. «No te alteres, te va a dar un infarto», le respondí y me fui a mi cuarto. Ya estando yo en mi cama se atrevió a levantarse y desde la sala me dijo, «¡¿Qué te envalentona, qué te envalentona?!». Le respondí que yo mismo. «¡Chinga tu madre!», me increpó. «¡Así de pequeño eres!» me dijo finalmente mientras hacía el ademán correspondiente a su declaración. Yo lo observé y reí. Mi hermano mantuvo su distancia y guardó silencio.

Diez minutos después llegaron sus sobrinos y entonces entendí el repentino «valor» de mi padre. Él sabía que sus sobrinos irían a visitarlo. El nimio incidente de la caja sobre los recipientes era una mera provocación; pretendía iniciar un pleito conmigo y se arriesgó pensando que yo lo agarraría a golpes. Su intención era que eso coincidiera con la llegada de sus sobrinos que entrarían a defenderlo y así entre los cuatro me derribarían. Él asumiría su rol de hombre íntegro e indefenso y yo quedaría como un muchacho conflictivo e iracundo que le levanta la mano a su respetable padre.

Su plan no resultó porque no consideró algo esencial: las personas cambian. Incluso yo. Aunque años atrás me había dejado llevar por las emociones y lo embestí con el «bate» de madera, ya había madurado un poco y tenía más control sobre mis emociones. Le habría encantado cumplir su enfermiza fantasía de golpearme entre todos pero en cambio resultó humillado y minimizado. Mi indiferencia le habrá herido más que cualquier puñetazo que le hubiese propinado. Al ver que sus técnicas de coerción ya no eran efectivas como antes se habrá sentido consternado. Por otro lado me pareció asqueroso el grado a qué estaba dispuesto a llegar en la manipulación de su hijo y sobrinos. Para él no eran familia sino peones o aliados a los que podía controlar en una guerra personal contra el «supresor». Otra cosa que también me frenó fue mi superioridad física. Evidentemente se encontraba en desventaja y por primera vez sentí lástima por él. He ahí un hombre que a los ojos de los demás parecía inteligente y aplomado, y que sin embargo era un hombre manipulador e inseguro que enmascaraba muy bien sus vicios y debilidades.

En la pastelería el dueño comenzó a quejarse de que los mozos no hacíamos bien nuestro trabajo. Y tenía razón. Algunos eran unos verdaderos holgazanes. Se acercaba la temporada navideña y la carga de trabajo aumentaba. En ese periodo la apatía de algunos compañeros se resintió un poco más pues era cuando más esfuerzo debíamos poner en compensación por su holgazanería. Para empeorar las cosas el encargado, presionado por el dueño, nos presionó a nosotros duplicando nuestra jornada.

Comenzamos a entrar a las 6 AM y salíamos a las 10 PM. Este horario me comenzó a agotar física y mentalmente. No era mi intención renunciar pero una mañana simplemente fui incapaz de levantarme de la cama debido al agotamiento. Además el día anterior nos habían entregado unos horribles uniformes que estábamos obligados a usar. Fue más mi resistencia a usar ese condenado conjunto azul que el cansancio lo que me motivó a abandonar el empleo. Aunque me hubiera gustado ver a Raúl usando ese horripilante uniforme, solo para reírme un poco de él y ver cómo tomaría semejante afrenta a su estilo y personalidad. No me quedó más que imaginarlo pues no volví a saber de él ni de los otros.

No recuerdo la fecha de mi último día de trabajo pero fue poco después del 6 de Enero, Día de Reyes. Aproveché los primeros días para descansar sin preocuparme por lo que haría posteriormente. Pero poco a poco me sumiría en un profundo estado de apatía y derrotismo. Dicho estado definiría el año 2006, uno de los más brutales para mi cuerpo y conciencia, pues reforzaría todos mis complejos e ideas arraigadas de las cuales había logrado liberarme parcialmente el año anterior. 2006 fue una sádica y enfermiza réplica de 2004. Al compararlos 2006 fue más brutal que 2004, sin embargo este último me afectó más, quizá porque por vez primera me enfrentaba a situaciones límite. 2006 fue algo así como la prueba definitiva, en la cual debía aplicar lo asimilado en 2004.

Mi mente funcionaba de un modo desfavorable. Le daba más fuerza a los eventos negativos que a mi capacidad de generar cosas positivas. Me parecía más sólida la decadencia que la creatividad ya que había visto cómo los frutos del esfuerzo pueden desbaratarse en un instante. En cambio lo destruido permanece o tiene más estabilidad. Por eso me castigué padeciendo lo más posible y llegué al límite de mi resistencia. No fue solo 2006 sino gran parte de 2007. Dos años del más estricto régimen físico y psíquico. Prácticamente mi vida se convirtió en un campo de concentración, con la diferencia de que no había alambrada. Las demás condiciones (encierro, falta de alimento, violencia psicológica) eran muy similares.

Esos dos años eché mano de toda mi «espiritualidad». No tenía con qué más defenderme así que me apegué a todos los principios y métodos esotéricos y filosóficos a mi alcance. En esa época tenía mucho interés en doctrinas relacionadas con la «evolución interior» las cuales fueron mi principal soporte. Mi técnica favorita y que me ayudó mucho fue una que inducía un estado de «objetividad». La leí en un libro de Krishnamurti. Consistía en observar la realidad circundante sin juicio, condenación o rechazo. Por supuesto no me liberaba completamente de los padecimientos pero les restaba mucho poder, al menos temporalmente. No era más que una fuga, pero no tenía muchas opciones así que me era necesaria.

Otra técnica era la meditación. Lo hacía de forma sostenida durante varias horas cada día. No logro medir hasta qué punto me benefició o perjudicó. Pero realmente mis alternativas eran pocas así que fue uno de mis principales paliativos. Prácticamente viví dos años meditando. Llegué al punto de enfrentar el hambre con pura meditación. El hambre no solo corroe los intestinos sino las conexiones neuronales. Volví a experimentar dificultades para concentrarme y era presa de una ansiedad constante debida a la falta de alimento. Así que debía neutralizar esos fenómenos de algún modo. No tenía más recursos que los internos así que me volví un fanático de la meditación. Pero rara vez alcancé un estado de paz. De hecho experimentaba fuertes episodios de rabia y frustración.

Por último recurrí a llevar un diario en el que no escribía mucho de mis adversidades sino de su efecto en mi mundo emocional. Un diario que actualmente considero tramposo pues no tuve el valor de reseñar situaciones concretas, como hago ahora. También escribía sobre mis meditaciones. Es un diario carente de referencias cotidianas, por lo tanto incomprensible. Sin embargo fue otro modo de ayudarme.

Mi principal fuente de angustia era alimentar a mi gato. Me sorprende de dónde obtuve el dinero para alimentarlo durante dos años sin ingreso económico alguno. Me convertí en un mendigo, extrayendo todo el dinero que pude de debajo de los muebles, mi ropa, mis cajones, etc. Pero debía ser paciente y esperar a encontrarme solo en la casa para explorarla a gusto. Vendí todas mis revistas y cómics en un puesto que las compraba usadas. Vendí mis pocos objetos electrónicos y conservé sólo el móvil. Realizar estas ventas me causaba profunda vergüenza. Me daba mucha pena que las personas a quienes se las vendía descubrieran mi deplorable situación. Se me revolvía el estómago ante la sola idea de salir y vender mis cosas por muy poco.

La poca comida a la que tenía acceso eran las sobras de mi padre y hermano. En este aspecto me convertí en un auténtico ladrón. Debía esperar a que ambos fueran al cuarto de mi padre a ver televisión. Entonces yo me dirigía a la cocina supuestamente a tomar agua, pero aprovechaba para revisar las ollas en busca de un último trozo de carne o pollo que hubiera sobrado. Muchas veces esas sobras las tiraban a la basura pero ya no me importaba recuperarlas del bote y engullirlas. El efecto de una raquítica pierna de pollo en el estómago es casi mágico. El cerebro libera endorfinas y los nervios se relajan un poco. Se recupera algo de lucidez y hasta de esperanza. Pero la certeza de la esclavitud nunca se disuelve. Me sentía un esclavo permanente de mis circunstancias. Y debilitado como estaba y sin recursos realmente me era difícil cambiarla.

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